4

Hola, soy un fantasma (3)

3

Ser un fantasma te permite tener, entre muchas otras facultades, una visión global del todo y, lo que es más importante, de sus detalles, por muy nimios que estos puedan parecer.

Purificación. Ese era el nombre de la secretaria de “La minuciosa”. Purificación era un pibón de tía. Pelo rizado negro como la brea, nariz excelsamente formada en línea recta que iba a descender sobre un hoyito suave encima de unos gruesos labios de esos que te están pidiendo que te los comas a la primera oportunidad. Y, además, para qué decir ya más, un cuerpo de una estética insultante en el que destacaba un redondo trasero levantado y robusto como una atalaya mora recién construida. Todos estos detalles vienen a cuento de que fue Purificación quien me dio aquella nota con la cierta displicencia que solía usar conmigo a sabiendas de que, siempre que yo tenía oportunidad, la invitaba a cenar.

—Aquí tienes un sobre a tu nombre y no, no voy a cenar contigo. Sabes que tengo novio.

—Algún día caerás —era lo que yo siempre le decía cuando Purificación sacaba a colación, como un salvavidas que no la iba a salvar de nada, a su novio Ulpiano. Ulpiano era un tipo bien parecido, todo hay que decirlo; se preparaba en una academia para ser miembro destacado de la Policía Nacional de los que pegan las hostias a los manifestantes en las manis. Por eso empleaba más horas en cultivar los muchos y variados músculos de su fornido cuerpazo que los de su cerebro. Nunca llegaría a ser comisario, pero sí que sería toda una sensación como buldog del Gobierno.

—Que haces ahí parado mirándome como un estúpido. Ya te he dicho que tengo novio.

¡Ah, sí, la nota!

Sentado ya a mi mesa de trabajo, justo frente a la de Purificación –el único despacho privado lo ocupaba Sigfredo Gálvez, el propietario de “La Minuciosa”-, y echando miradas subrepticias cargadas de lascivia bajo la mesa de nuestra adorable secretaria, por si le daba por descruzar sus preciosas extremidades inferiores bajo la escasa minifalda, cosa que me habría permitido entrever el color de la ropa interior a través de su entrepierna, abrí sin mucho énfasis aquél sobre.

Necesito hablar con usted urgentemente. Quiero que investigue los manejos de mi marido. Mi marido es alguien muy importante y muy conocido en nuestro país. Acuda al Café Gijón mañana por la tarde a las seis y le terminaré de reseñar los detalles. Seré yo quien llame su atención.

Maite

Joder, pensé.

—¿Joder, qué? —dijo Purificación, lo que me hizo sospechar que, o yo pensaba en voz alta, o que Purificación disponía de unos poderes similares a los que yo ahora, que estoy bien muerto,  disfruto sin limitación de tiempo o espacio.

—Joder, nada, Purificación.

Me guardé el sobre con la nota en el bolsillo interior de mi americana y luego me bajé a la tasca del Tono a tomarme una ginebrita con hielo y una rodajita de limón.

Allí, con el Tono poniéndome el beborcio y un platillo con panchitos, volví a leer la nota de la tal Maite. Lo cierto es que no había nada que destacar entre líneas, salvo aquella expresión rebuscada del “terminaré de reseñarle los detalles” o el de su gesto conminatorio en el “quiero que investigue”, lo que denotaba que la tal Maite era una mujer de armas tomar. Nunca jamás, en los años que llevaba trabajando en “La minuciosa”, me había topado con algo similar. El caso se presumía interesante y eso, de largo, es algo que difícilmente puede decirse de los cientos de trabajos que había tratado en la agencia en los últimos cuatro años.

—Ponme otra ginebra, Tono. Sin panchitos.

Esos recuerdos míos, sobre todo los de las ginebritas con panchitos que me metía entre pecho y espalda en la tasca del Tono me ponen un tanto melancólico ahora que soy un fiambre. Es decir que a los fantasmas sí nos afecta la melancolía.

He rememorado para ustedes todos estos detalles, para continuar teniendo una referencia de quien fui, y también, es evidente, para meterles en harina de  los detalles de mi muy prematura muerte a manos de un pistolero que, sí, ya les puedo adelantar, tenía que ver con el caso que Matilde Sonsoles de Carvajal y Lucientes -que como todos ustedes habrán ya adivinado, yo me enteré más tarde, no es otra que la esposa del presidente del Banco Industrial de Santander y Guipúzcoa- me vino a plantear al día siguiente en el Café Gijón.

Pero esto es algo que les contaré en mi próxima comunicación desde el más allá. Presumo que si han llegado hasta aquí, también tendrán interés por la siguiente entrega en la que detallaré por fin cual es el mecanismo por el que un fantasma se puede permitir la comunicación con el mundo de los vivos saltándose todos los preceptos de la lógica y la ciencia.

Pedro Avilés (C) 2012
Ilustraciones Victor Pintado (C) 2012

 

4 Comments

  1. Me lo estoy pasando genial con esta historia fantasmal. !No pares!

  2. Oye, que historia más divertida. ¿no la vas a publicar? Me está encantando.

  3. De momento en crónica semanal, sólo por aquí. Si un editor digno se presta, hablaríamos de negocios 🙂 No sé si colgar la historia también en Watpad, pero el fantasma se me puede mosquear.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *