Kehina

December 22nd, 2011

Kehina

(Un cuento de escritores)

Me dije: no podría soportar que esto no hubiese sucedido. Y me dije: pero podría igualmente no haber sucedido y ahora sería el mismo estúpido feliz que era antes de sentirme tan pleno, tan al borde del precipicio de la aventura. La aventura. Sólo una semana por delante. Tenía treinta y tres años menos que yo. Pero eso a ella no pareció importarle.

El apartamento que alquilé no tenía lavadora, pero el arrendador, un griego más interesado por los 300 euros que le pagaba al mes, que por mis problemas económicos, aseguró que podría usar la del piso de arriba, de dos habitaciones,  que aún no tenia  inquilinos en aquél momento.

—Si lo alquilo, yo avisaré de que usted tiene derecho a la lavadora —dijo adelantándose a la pregunta que le iba a hacer y ofreciéndome una copia de la llave del estudio y otra del piso de arriba. Pero no cumplió su palabra, como está estipulado que los caseros no cumplan su palabra.

Como sabía eso, cogí la costumbre de llamar a  la puerta del piso de arriba antes de meter la llave para usar la lavadora. Lo hacía cada viernes, día de mi colada, para evitar sorpresas. Al viernes siguiente descubrí que una jovencita lo había ocupado. Sobre la lavadora reposaban unas bragas usadas de niña joven. El bajo vientre me dio un vuelco y no tuve dudas: olisqueé con vehemencia sus flujos secos con aroma de mujer. Terminé masturbándome sentado en el borde de la bañera con aquellas bragas pegadas a la nariz.

El viernes de la semana siguiente ella estaba en el piso cuando llamé para recoger mi ropa. ¿Quién es usted?, preguntó viéndome con el barreño de plástico a la puerta. Yo no debía ofrecer el mejor aspecto, pero estaba dispuesto a hacerme valer.

—Verá —esbocé una absurda explicación sin mucha gana—…, alquilé el apartamento de abajo con la condición de poder usar…

—Vale, vale, pase —dijo sin más, ahorrándome el esfuerzo.

Cuando salí de su cuarto de baño con el barreño con la ropa recién lavada, le di las gracias y le tendí la mano.

—¿Desde cuándo vive usted en Atenas? Sólo llevo una semana en la ciudad. ¿Podría darme algún consejo? —preguntó.

—Tres meses. Tener cuidado, especialmente en el Metro. Hay muchos robos cuando los descuideros perciben a un extranjero.

—Me encantaría que usted me enseñase algo de la ciudad. No conozco a nadie.

—Eh, Ummm…, —volví a balbucir, porque su voz era tan joven como ella.

—¿Eso es que sí?

—Claro.

—¿Quiere tomar un café?

—Antes tengo que… —indiqué con la vista el barreño con mi ropa recién lavada.

—No se preocupe —contestó quitándomelo de las manos y colocándolo en el suelo de la cocina— Ahora mismo preparo el café— añadió dándose la vuelta. Pero no la dejé. La tomé por los hombros, la giré con suavidad y la besé sin más preámbulos. Esperé el bofetón de justicia. Pero acabamos con los últimos espasmos sobre el suelo, junto al barreño de la ropa, después de que me hubiese ceñido con fuerza de atleta la cintura con sus muslos, aupada sobre la encimera donde la había penetrado con una pasión que hacía años creía perdida. Tanta, que sentí miedo.

—¿Cómo se llama? —preguntó al acabar.

—Adiós— contesté. Me subí la cremallera del pantalón, recogí el barreño con la ropa y bajé a tenderla a mi pequeño apartamento.

Aquella noche en el hotel donde trabajaba discutí con un cliente que llegó borracho a las cinco de la madrugada. Si el tipo hubiese sido un poco discreto no le habría obligado a que la puta que lo llevó, la “Zri Finge”, pagase el peaje de la habitación. Me dejó tumbado tras el mostrador de formica de la recepción con sabor a sangre en la boca.

Confieso que al día siguiente me sorprendió verla ahí plantada en la puerta de mi estudio. Me había hecho a la idea de que no nos volveríamos a ver.

—Quiero que me lleve a lugares secretos de Atenas.

—Pasa.

—Su estudio me gusta más que mi piso.

—Pero el tuyo tiene lavadora.

Pasé al interior y me acurruqué sobre la cama del apartamento. Encendí un cigarrillo. La observé con detenimiento. Era muy bonita. Ummm. Con esa falda más, si cabe.

Se sentó a mi lado en la cama. Me miró con intensidad. Alcé la mano y le acaricié el cuello. Gimió, pero no bajó la mirada, firme, serena, escrutando qué había detrás de la mía. Bajé la mano hacia su camisa y la fui desabotonando poco a poco. No había nada que decir. Acaricié sus pechos. Eran como gorriones tímidos calentitos. Después la besé y metí la otra mano debajo de su falda. Tenía las bragas mojadas. Follamos como salvajes.

—Creo que usted esconde un gran dolor —dijo cuando acabamos.

Los días de aquella semana se fueron consumiendo uno tras otro como un ciquitraque. Y con ella nuestros encuentros diarios. El último día confesó que me amaba. Le contesté que no había lugar para nuestro amor. ¡Dígame su nombre, dígame a qué se dedica! suplicó con vehemencia.

—El amor es algo que dura hasta que el otro te dice que sí.

Cuando sacó la pistola no me impresionó demasiado. Hasta con los papeles perdidos estaba bonita. Oí el disparo.

El País/Agencias/6/2011

Muerte de novela negra en Atenas

El conocido escritor de novela negra Alberto Moravista, fue encontrado  muerto ayer en un apartamento de Atenas con un disparo en la frente. Moravista se había trasladado a la capital helena hace tres meses para documentarse en la que hubiese sido su décima novela. Para ello aceptó un trabajo en la recepción de un hotel de mala nota en la zona de Larissa, un barrio obrero y de inmigración hindú. Como consecuencia de estos hechos ha sido detenida una joven estudiante francesa de procedencia argelina de 22 años cuya identidad no ha sido facilitada. La joven cursaba una beca Erasmus de Historia del Arte en la capital griega desde hacía una semana.

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Demasiado escritor para tan poca literatura, o los escritores no nacieron sabiendo

July 25th, 2011

Durante los  siete años que permanecí en nómina de la revista  Interviú, conocí a muchos compañeros de profesión de los que aprendí mucho. Ahora, a colación del título de esta entrada, me viene a la cabeza uno de ellos, José Luis Morales, periodista y reportero de los de antes, comprometido con todo lo que fuese social, buen redactor y escritor, que tenía una mala leche de ogro de libro. Como este oficio, el de periodista, también lo es  de arribistas y advenedizos que no tienen otro sitio donde caerse muertos,  uno de los gritos de guerra más famosos de José Luis Morales era: “¡Aquí lo que hay es mucho periodista, pero poco periodismo!”.

Pues eso. Reconvirtiendo el grito de guerra de mi compañero de oficio del periodismo a la literatura, digo: aquí lo que hay es mucho escritor, pero poca literatura. Aquellos advenedizos que se arrimaban al periodismo por no tener donde caerse muertos, los vengo a sustituir yo ahora por esos cientos, miles,  de pretendientes a escritor que al calorcillo de la Internet, se arrogan el título de escritor, sin tener tampoco donde caerse muertos.

En un modo, la escritura, el hecho de escribir, se ha democratizado. Eso es maravilloso. Está muy bien. Internet es una herramienta de distribución de la cultura como nunca antes habíamos visto en la historia de la humanidad civilizada.  Y así, me asombra descubrir a algunos autores nuevos de novela, relato, cuento, poesía y ensayo, que  publican sus creaciones en la RED y que compiten en calidad con los consagrados por la Industria Editorial.

Pero también han entrado, con fuerza de corriente de río desbocado, otros “escritores” -son legión -, a los que se les puede aplicar con propiedad el dicho que dice que la ignorancia es atrevida.  Así, se atreven a airear en público sus poemas, capítulos de novelas, incluso novelas enteras, plagadas de frases inconexas, comas colocadas  al tuntún, frases subordinadas a sub- subordinadas repletas de acepciones erróneas o equívocas,  adverbios a mogollón o adjetivos detrás de cada verbo, de cada sujeto, de cada predicado,  de cada nombre, por si no nos habíamos enterado.  Y faltas. Muchas faltas de ortografía.

Todo esto se puede remediar con el estudio. Lo malo es que cuando esos atrevido “literatos”  exponen sus escritos al parecer de los demás en foros pretendidamente literarios y alguien les dice que mejor se dediquen a otra cosa (alguien cercano a los treinta ya lo  tiene difícil  de aprender si no lo ha hecho antes)  se pueden descolgar con un “es que la gramática no es lo mío” o con el salvavidas para todo de  “los escritores no nacieron sabiendo”.

No. Los escritores no nacieron sabiendo cómo aplicar el ritmo a una novela, cómo elaborar su mapa o colocar los ladrillos de palabras en una mise en place de la creación literaria previamente a su estructuración,  los trucos a utilizar en el justo momento, porque la literatura es artificio, para mantener el interés del lector. Todo eso es cosa que se aprende con el oficio, con horas y horas de escritura de menos a más, con la experiencia. Pero esos escritores SÍ llegaron al momento de encarar una novela, un cuento, un relato, un poema, un ensayo, habiendo hecho los deberes en la Primaria, en la EGB, en la  ESO: es decir, habiendo aprendido los rudimentos de la Ortografía y  la Gramática más básica. 

Yo he oído decir a estos atrevidos que cometer faltas de ortografía, o no, no tiene importancia a la hora de ponerse a escribir, que el buen uso de la gramática tampoco,  y que somos unos engreídos, unos altaneros, unos inmodestos,  los que sostenemos que solamente se pueden  permitir el lujo de incumplir la norma  los que la conocen  y manejan a la perfección. Les he oído decir que lo único importante es su voluntad de hacer aflorar sus sentimientos, sus inquietudes, en público.  Esa democratización tan positiva de la escritura a la que hice antes referencia tiene aquí su lado oscuro.  Lo que antes se quedaba en el cajón del pretendiente a poeta, del escritor en ciernes,  se expone ahora con sus miserias gramático sintácticas a los cuatro vientos digitales sin ningún pudor.  No habría problema si  estos ínclitos asumieran sus limitaciones culturales y les pusiesen remedio. Lo malo es que, además, se muestran agresivos y chulescos, amparados por  los correligionarios de la culturilla que les cobijan.  La ignorancia es atrevida, sí.  Ya digo: demasiado  escritor, para tan poca literatura. Son los tiempos que corren.

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Aprender a escribir como un subnormal

July 23rd, 2011

Cada vez sospecho más que, hoy día, salvo RARAS EXCEPCIONES, para que una EDITORIAL te publique, tienes que escribir como un SUBNORMAL.

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“Patrulla de rescate”, ganador del concurso radiofónico de “Castillos en el aire”

December 22nd, 2010

Patrulla de rescate” , mi  relato  de 200 palabras sobre  violencia contra la mujer,  ha resultado  ganador en  el concurso  organizado a tal fin  por el programa  de radio dedicado a la literatura,  “Castillos en el aire”, de Radio 21.  La ilustración que acompaña el relato es de la ilustradora  Luz  Sánchez: http://iluztracion.wordpress.com/

Me siento muy honrado y  feliz como una perdiz navideña, por ello.   No puedo añadir nada más, salvo el propio relato.

 

Patrulla de rescate

              

Eva consiguió  pulsar el botón de alarma del móvil a duras penas.

— Mírame —dijo él.

Silencio.

— Que me mires, joder.

Silencio.

— ¡Mírame, coño!

Silencio.

El camión de la basura, a las dos, puntual, carraspeó cansino en la madrugada triste del barrio popular. La luz de la farola de enfrente,  intermitente, titilante, aliada del frio, penetrando los vidrios rotos de la ventana de la cocina, iluminaba el sombrío rostro del hombre.

Estarían al llegar.

 — No me hagas esto.

Silencio.

— ¡¡Que me mires, hostia!!

Qué miedo.

Eva obedeció. Levantó la mirada desde el suelo hasta la cara congestionada de él.

El cuchillo en la encimera.

Llegarían a tiempo.

— No me hagas caso, mi amor —cambió él de registro, una mano levantada hacia el rostro de ella en ademán de caricia inconclusa—. Voy a cambiar.  Te lo juro.

Silencio.

— ¡Mírame a la cara!

Ya vendrían de camino, raudos a salvarla.

— ¿Qué tienes escondido en la mano,  so puta?

Eva escondió el móvil.

Tenían que estar en el portal; ya subían, seguro.

— ¡¡Les has llamado, cagondiós!! —repitió él, cuchillo en mano.

Llegaron a las siete. La sangre coagulada de Eva irisaba el linóleo del piso de la cocina cuando entraron.

Ya no respiraba.

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“Las mariposas sobre la tumba” Capitulo 18

December 19th, 2010

18

El Entrenador 

Septiembre de 2003

Torremolinos

El teléfono móvil que John Thompson tenía sólo para los asuntos de los chicos de la banda comenzó a sonar con insistencia. En la pantalla aparecía el nombre de Tony Ahern El Gordo. Thompson miró la cara de la jovencita que había pasado con él la noche. Era una andaluza lozana, morena, de ojos verdes y bien contorneadas formas que le había presentado en la sala de fiestas Fortuna Casino Show Luís Remis, el abogado de sus asuntos en Torremolinos. Tan sólo el dinero le permitía llevar ese estilo de vida disipada. Viendo los sobrados muslos de la joven, Thompson se pensó a sí mismo sin un euro en el bolsillo. Era un ejercicio que le gustaba hacer de vez en cuando para mantenerse alerta. Sin dinero, Rocío, que así se llamaba la joven, que no pasaba de los veintitrés, nunca habría accedido a dormir con él bajo ninguna circunstancia. Sus casi sesenta años ya no eran apetecibles para ninguna mujer. Incluso él mismo ensayaba un gesto amargo y de asco cuando veía su cuerpo desnudo reflejado en el espejo por las mañanas, después de la ducha. Sin dinero. Uff. Sin dinero se habría hartado de hacerse tocamientos. Pero tenía dinero, así que posó su mano derecha sobre el pecho izquierdo de la chica y contestó la llamada.

—Dime Tony —dijo con voz tranquila.

—Hay que solucionar el problema de Conolly y Sheehan. Estos dos mierdas se están poniendo gallitos.

—Cómo de gallitos —le contestó introduciendo su mano entre la parte alta de los muslos de la andaluza y llegando sin recato al final de su entrepierna.

Me proponen que me una a ellos y me dicen que no pagan a muertos. Sostienen que ya tienen preparada una infraestructura  suficiente como para inundar el mercado irlandés desde Marruecos pasando por Murcia.

—Son muy jóvenes. Déjalos respirar —volvió a contestar Thompson metiendo su mano bajo braguita de la joven e introduciendo el dedo corazón en su sexo mientras ella sonreía entre deleitada y sorprendida.

Quiere que traicionemos a El Fábricas.

—Espera un poco más, a ver por dónde salen —dijo ahora Thompson mientras sacaba la mano de la entrepierna de la chica y se la llevaba a la nariz husmeándola con placer para luego chuparse el dedo corazón con delectación mientras la miraba con los ojos semi cerrados.

La señora y su hija están preocupadas. Desde que murió Liam estos dos se han desmadrado. En Marruecos tratan directamente con Hicham Jarboul El Ciego. Además, me han dicho que por el momento no pueden hacer frente al pago de la deuda que doscientos mil euros que contrajeron con nosotros.

La joven se puso de rodillas delante de él, bajó la cremallera de su pantalón y comenzó a succionar con fruición.

—Movilizaré mis contactos en Marruecos. Y le pediré a Peter Mitchell que se pase por allí para que le informen en directo. Tranquilo y espera órdenes.

Después pulsó la tecla de fin de conversación de su móvil y miró hacia el Mediterráneo que se extendía majestuoso a los pies de su Villa de dos millones de euros construida en la ladera del monte y se dejo hacer por Rocío.

Thompson había llegado a Torremolinos desde Ámsterdam después de que le detuviesen junto a Brian Maher El Palizas en relación con la muerte de  Greany y en relación con las acusaciones de tráfico de drogas de las que se acusaba a Griffin. Pero él, a diferencia de Maher, no tardó en estar en libertad. Un agente de La Garda había declarado durante el juicio de Griffin y el de Maher, que tenía el convencimiento moral de que El Pelucas había sido la mano ejecutora que puso el dedo en el gatillo de la pistola que acabó con la vida de la periodista. El Pelucas fue condenado por tráfico de drogas y por pertenecer a la banda de Griffin. Brian Maher fue acusado de  conducir la moto que llevó al asesino de  Greany. Pero nunca nadie pudo probarle a él, como no le pudo probar al propio Griffin, que hubiese tenido nada que ver en el asesinato de la periodista de la que un día él fue su garganta profunda.

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“Las mariposas sobre la tumba” Capitulo 17

December 17th, 2010

17

Sólo somos dos 

Agosto de 2003

Torrevieja 

El vuelo de dos horas desde Dublin hasta Alicante les había revuelto el estómago. Llegaron al aeropuerto a las tres de la tarde aún con el recuerdo del entierro de Bernard en la mente. Todo era futuro. Durante el viaje, Shane no paró de mirar con cariño a Stephen. Stephen se sentía a gusto con Shane. Se conocían desde niños. Desde entonces se habían apoyado el uno al otro, aunque Shane era el más fuerte de los dos, además de ser el jefe de los Westies.

La infancia de Shane no había sido fácil. Su problema de dislexia le había apartado pronto de sus compañeros de clase o, por decirlo mejor, eran sus compañeros de clase quienes le habían abandonado. También los profesores. Se hizo un chico difícil desde el principio. No importaba que su familia fuese una familia de clase media alta de Blanchardstown con hijos muy estudiosos y formales. Incluso había dos científicos entre sus hermanos. Uno de ellos, Christian, que era médico alergólogo y trabajaba en una institución estatal de investigación, siempre intentó ocuparse de él. Le recordaba diciéndole que tuviese fe en sí mismo. Que era un niño muy inteligente. Que tenía el apoyo de toda la familia. Pero eso no arreglaba el que sus compañeros de clase le ridiculizasen una y otra vez por su problema de dislexia. Entonces sólo quedó una alternativa: que le temieran, disléxico y todo. Su determinación de hacerse respetar bajo cualquier circunstancia por aquellos que se reían de él,  terminó con su expulsión del centro donde estudiaba. Y con quince años, la verdad es que no hacía tanto tiempo de eso, ya fue encerrado por la Justicia por primera vez por cometer pequeños robos y luego por hacerse experto en sustraer automóviles.

Ni Beatriz ni María debían saber nada de eso. Por supuesto que no. Tampoco debían saber nunca cual fue el motivo real de la muerte de Bernard, el hermano de Stephen. Bernard había muerto de un infarto al corazón porque ya desde niño padecía una afección cardiovascular. Para ella ambos eran empresarios irlandeses asentados en la costa española, importadores de tomates de las Vegas alicantinas y murcianas. La herida de bala en su muslo derecho no era sino un accidente en su infancia, cuando intentó saltar por encima de la verja del colegio para recuperar una pelota que había salido a la calle y se quedó enganchado en los pinchos de la parte superior. Estuvo a punto de perder la vida, pero al final se salvó.

El ambiente cálido y húmedo de Alicante, que les recibió a la salida de la terminal, incrementó la sensación de bienestar en los dos jóvenes. En tan sólo dos días, se habían hastiado del ambiente frío de Dublin. Quizá había tenido que ver en ello lo desagradable del motivo de su inesperada visita. Sabían que estaban en situación de busca y captura por La Garda. El llevar pasaportes falsificados ayudaba, claro, pero alguno de los guardias del aeropuerto con especial buena memoria, quizá podía haberlos reconocido. Dublin, en el fondo, era como un pueblo. Beatriz y María les esperaban en la Terminal. Habían ido a recogerles al aeropuerto en el Mercedes plateado de Stephen. La dos chicas estaban preciosas. Habían tenido suerte con ellas. Quizá no se las merecía ninguno de los dos. Pero a qué pensar en eso. Ella estaba preciosa. Igual que aquella noche en la que la conoció en un Pub del Paseo Marítimo de Mazarrón.

—¿Qué es lo que miras?

El tipo con su pelo engominado pegado a la cabeza y rizado junto al cogote como siempre húmedo, traje de chaqueta azul de verano, camisa a finas rayas rojas sin corbata, moreno de playa sobre moreno de rayos uva, caballero español, le increpó cuando le vio encandilado con Beatriz.

—Perdona. No quería molestar. Es que creí conocer a la señorita que está con usted —dijo Shane sin mirar al español, fijos sus ojos en los de Beatriz.

Muy pronto una bella sonrisa afloró en el rostro de ella. Le encantó su acento inglés. El caballero español miró a uno y a otro, sabiendo que quedaría fuera de juego de un momento a otro. Era la primera vez que había visto sonreír a la mujer en toda la noche desde que acercó a ella y a su amiga para invitarlas a tomar una copa. Ellas ni habían dicho ni sí ni no. Pero él, siguiendo esa vieja técnica que consiste en insistir tozudamente ante lo que no había sido una negativa taxativa que en realidad quería decir piérdete, se terminó sentando con las dos. Pronto María se quitó de en medio cuando apareció una amiga con su novio, sabiendo que Beatriz podía defenderse de pesados como aquél. Beatriz aguantó un poco más hasta que el caballero español abrió la boca para decirle que era lo más bonito que había visto en toda la noche en aquél bar de copas. Justo en el momento en que le iba a decir que se largara y la dejase en paz, apareció el extranjero.

—Sí que nos conocemos —dijo ella levantándose de la mesa y yendo hacia la barra, en donde se encontraba él.

—En cuanto te he visto he sabido que podríamos ser compañeros para toda la vida si tú lo quieres —le dijo Shane cuando ella estuvo a su altura mientras le daba dos besos en la mejilla, como hacen los españoles cuando conocen a una mujer.

Beatriz le miró los ojos pícaros más de cerca, con intensidad, sonriéndole. La forma en que él le había dicho aquello tenía verdad. O al menos había sabido revestirla de verdad. Supo que no era un piropo. Aquél tipo no era un ligón de playa, como el imbécil al que había dejado a la mesa y que se debatía por levantarse y unirse a ellos para no dejar perder la presa.

—No sé si yo podría pensar eso también —le respondió.

—Bueno, así que ahora somos tres amigos para pasarlo bien en la noche murciana —el idiota se había levantado de la mesa y se intentaba unir a ellos.

—No —respondió Beatriz sin dejar de mirar a los ojos a Shane—, sólo somos dos.

Stephen condujo su Mercedes plateado desde el Aeropuerto de Alicante hasta al Complejo de apartamentos San José, a las afueras de Torrevieja, en donde vivían desde que se asentaron en la Costa. María iba junto a él en el asiento de acompañante del conductor. A través del retrovisor veía como Shane y Beatriz se besaban con pasión. Stephen le colocó una mano en el muslo a María. María le paso la mano izquierda por la nuca y comenzó a acariciarle. Cuando llegaron a la casa, ambas parejas entraron en sus habitaciones e hicieron el amor. Después, los cuatro jóvenes se encontraron en el salón.

—Dejaremos los negocios para mañana, Steve.  Tenemos que tratar de negocios en el Johnston´s Chambers

Puede que quieran invertir en nuestra empresa. Pero esta tarde la vamos a dedicar a nosotros cuatro. Ya sabes, cenar, pasear, oír música, charlar y volver a dormir temprano.

Beatriz preparaba café.

—Yo —dijo desde la cocina—he empezado a trabajar en la administración de la fábrica de turrón junto a mi padre. Mientras preparo las oposiciones es lo mejor que puedo hacer.

—Es correcto, mi amor —dijo Shane levantándose del sofá para ir a la cocina y abrazar con mucha ternura a Beatriz —. Es correcto todo lo que decidas.

En ese momento pasó una sombra de duda por la mente de Beatriz.

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Las mariposas sobre la tumba (Capitulo 16)

December 9th, 2010

16

Ding, Dong II

 

Julio de 2006

Torrevieja

 

DING, DONG. El interfono de la casa de Anthony  Ahern  era de esos con videocámara. Esperaba que hubiese alguien dentro. Eran apenas las once de la mañana.

—¿Dígame qué se le ofrese, señor? —oí una voz de mujer con un dulce acento sudamericano a través del interfono. Intenté componer una de mis mejores sonrisas a través de la videocámara mirando de frente a quién estuviese al otro lado.

—Disculpe —le dije—, busco al señor Anthony  Ahern.

—¿De parte de quién, señor?

Bien. Sergio Tusón no me había engañado al darme la dirección de  Ahern. Estaba de suerte. Al menos por el momento.

—Sí, mire, me llamo Mario Candil y soy un periodista de Madrid, de la revista Gente Magazine. Me gustaría hablar con el señor  Ahern  sobre un asunto de su interés —le dije.

No podía perder tiempo y además sabía que la Guardia Civil podía llegar a detener al sujeto de mi interés de un momento a otro. Taboada me había avisado la noche anterior en el transcurso de la cena, que no tocase a  Ahern. Pero resistirse a hacerlo habría sido una imbecilidad por mi parte.

De repente la del acento sudamericano pareció desaparecer durante un momento. Supuse que estaba recibiendo instrucciones desde dentro. No sabía si de  Ahern  o de algún otro secuaz suyo. Ya dije que en circunstancias similares, hacía ya algunos años, la adrenalina me habría salido por las orejas. Ya no.

Por fin, la mujer con acento sudamericano dio señales de vida.

Y dígame señor qué se le ofrese en concreto para el señor  Ahern , así que yo le pueda informar.

—¿Pero está o no está el señor  Ahern  en casa? —volví a insistir haciéndome el pesado.

Bueno, mire señor; mejor me dise que es lo que le trae en concreto y yo le informaré a él —contestó la sudamericana.

—¿Pero está o no está en casa el señor  Ahern? —insistí  cansino.

Pues sí señor, está, pero está ocupado ahora. Insisto que si puede desirme algo más concreto yo se lo traslado al señor  Ahern  de su parte.

Perfecto. El pájaro estaba dentro. Seguí con mi táctica de ir directo al grano. No había tiempo que perder. Era lo mejor. Nada de lloros, como hacían otros compañeros de oficio, sobre todo los pipiolos que trabajaban para los magazines de mañana o tarde de las distintas cadenas de televisión o los becarios a los que les encargaban meterse en temas de muertos, como si fuera fácil, y que se venían abajo ante el primer no. Lo de los porfavores y los tonos pedigüeños y llorosos lo dejaba para ellos.

—Bueno —aposté por la vía rápida—, la verdad es que necesitaría hablarle sobre una nave industrial que tiene alquilada en Catral. Parece que han encontrado un par de muertos en ella.

Percibí a través del interfono como mi interlocutora se revolvía en un movimiento de inquietud. La mujer no dijo nada durante unos segundos. Aquello debí causarle alguna impresión. Después, supuse que cuando hubo reaccionado, volvió a contestarme, aunque note en su voz una clara inflexión de debilidad.

Espere un instante señor. Ahora le atiendo.

Estuve parado en la puerta durante casi un minuto. Un minuto de tensión, claro. No porque pensase que estaba corriendo ningún peligro, por supuesto, sino porque para mí era del máximo interés poder hablar con Tony  Ahern  antes de que fuese detenido. El hecho de que Taboada me hubiese aconsejado que se los dejase a ellos, que no le tocase, quería decir que no tardarían en hacerlo. Al fin y al cabo, apenas habían pasado tres días desde el hallazgo de los cadáveres  de los jóvenes dublineses en su nave industrial. Ya tocaba la hora de las detenciones.

Estando en estos pensamientos, se abrió la puerta y la sudamericana me franqueó la entrada. Me hizo pasar a un salón luminoso desde el que se contemplaba una piscina de buenas dimensiones.

Tony  Ahern  era de una estatura considerable, Debía rondar el metro noventa o el metro noventa y cinco de estatura. Todo un gigantón que podría haberme tumbado de una bofetada en un abrir y cerrar de ojos si ese hubiese sido su deseo. Tenía el pelo rapado al cero, apuntando a pelirrojo, lo que le daba un aspecto formidable a su cabeza. Vestía de blanco, con pantalones de algodón y una especie de sahariana. Calzaba unos mocasines de marca y lucía un enorme y hortera reloj de pulsera. Se sentía su peso en oro tan sólo con verlo.

—Buenas tardes señor…—me dijo en español con acento irlandés al tiempo que se levantaba para darme la mano, momento en que percibí lo formidable de su hechura. Su brazo derecho era tan grueso como mi cabeza, calculé, y lucía el tatuaje de un alambre de espinos rodeando su gigantesco bíceps. Era uno de esos sujetos que bien podría haber aparecido como modelo en uno de lo anuncios televisivos de aparatos gimnásticos de La Tienda en Casa a las cuatro de la madrugada. Y lo tenía allí, delante de mí, para mí solo. Esperaba no atragantarme.

—Candil. Mario Candil —le dije sintiéndome un poco ridículo por aquello de la similitud de mi presentación con la del espía de Su Majestad que todos conocemos—. Perdone que haya venido, así de sopetón, a visitarle, Ya sabe que los periodistas somos como muñecos de guiñol, de un sitio para otro sin parar. En la agenda se nos juntan las citas. También las imprevistas. En fin, que para qué disculparme más. En el fondo somos unos maleducados y  aquí me tiene. Gracias por recibirme.

—¿De sopetón? —preguntó. Su conocimiento del castellano no había llegado hasta la lección en que se aprendía sopetón.

—De improviso —puntualicé.

 Ahern  me miró a los ojos. Le sostuve la mirada del modo más impertinente que me pude permitir. Pensé que quizá el hecho de que no me invitase a sentarme tendría que ver con eso. Pero me sentía seguro de mí mismo. Ya llevaba muchas batallas en el oficio. En un sentido, me sentía como si aquella historia, de repente, no me importase lo más mínimo y que lo único que importaba era el lugar que  Ahern  ocupaba en ella, que los muertos, si eran suyos, estaban bien muertos, que quizá se merecieran haber muerto. Y entonces ¿qué coño hacía yo allí molestándole? Para calmar esa comezón intelectual, más bien existencial, por decirlo de algún modo, y volver a la realidad, acaricié la pequeña Cannon Ixus 750 que llevaba sujeta al cinturón. Eso puso las cosas en su sitio y me recordó para lo que estaba allí.

—Bueno señor Candil ­—me dijo—, al menos pareces sincero. No todo el mundo te dice las cosas así. ¿A qué debo tu visita?

Decidí ir al grano. Parecía funcionar. Era lo mejor si quería saber si podía sacar algo de información útil en una situación en que, estaba seguro, el sujeto iba negar cualquier implicación en la muerte de los dos jóvenes irlandeses encontrados en su nave.

—Como creo que su tiempo es precioso, seguro, y el mío también, como habrá adivinado por la premura y la improvisación de mi visita, no me iré por las ramas —le dije sin dejar de mirarle a sus grandes ojos azules de fría mirada en donde parecía imposible captar ninguna emoción—. He venido a Torrevieja a hacer el reportaje sobre la muerte de de dos compatriotas suyos cuyos cadáveres han sido encontrados en una nave alquilada por usted en Catral.

—¿Y a ti qué te importa esta historia? —me espetó Ahern  siendo también directo y sin andarse tampoco con demasiados rodeos. Se veía a las claras que no le gustaba que yo hubiese entrado en su casa como por las puertas de la mía. Percibí que su sentimiento hacia mí era hostil, pero me resultaba indiferente. Estar dentro de su casa, delante de él, ya era una victoria. Pírrica, pero victoria al fin y al cabo desde el triste punto de vista de un periodista en busca de un pedacito sustancioso de historia. Y esa, Dios, sí, podía serlo si sabía cómo llevar el asunto y no metía la pata. Aquél sospechoso de asesinato, o de haber participado en él, me había permitido entrar en su feudo incluso cuando él pensaba que ni la Guardia Civil podía relacionarlo con el crimen. No me sentí demasiado excitado por el hecho. Decidí impresionarle, hacer una finta en la que mostrarle mis sensaciones como reportero de sucesos ya muy de vuelta de todo, provocando que siguiera manteniendo un cierto interés sobre mí. Mostrarme ante  él como me había mostrado cientos de veces antes en situaciones delicadas a otras personas que habían sufrido en propia carne el escarnio de un drama con resultado de muerte violenta: como si fuese un periodista al uso. Aquí era igual, sólo que a la inversa; me encontraba ante un presunto asesino, no ante una víctima. Pero la técnica, si es que  puedo llamar así al estado mental que me provocan  esas situaciones, funcionaba igual para ambos casos.

—Pues si le digo la verdad, me importa bien poco lo de las muertes de esos dos y los motivos por los que alguien decidió que tenían que morir. Considero que esos motivos son patrimonio del autor intelectual de las muertes. De hecho lo que me gustaría es estar en mi casa echando el rato con alguna amiguita o mirando el cielo de Madrid. Pero me pagan por escribirla. Y me pagan por escribirla porque mi revista puede cobrar un montón de dinero en concepto de publicidad si publica historias como estas y otras parecidas. Todas ellas se salen de lo común. Hay gente que las lee, gente a la que sí le importan estas historias. Si tuviera tiempo le contaría a usted la anécdota de un patricio romano que no quería nunca asistir al circo para ver como los leones destrozaban a los cristianos. Al final a todos los patricios termina por gustarles la sangre. Yo no soy sino un maestro de ceremonias del espectáculo. Pero no tengo tiempo. Así que debo preguntarle, en nombre de los lectores de mi revista y de los encargados de su departamento de publicidad, que cómo es que en la nave industrial que usted tiene aún alquilada en el Polígono de San Juan en Catral, han sido encontrados dos cadáveres y que si usted ha tenido algo que  ver en ello. Nada más.

 Ahern  se  quedó mirándome de modo muy fijo y tranquilo. Dios. Aquellos ojos claros infundían miedo de verdad. Si hubiera tenido una pistola en la mano apuntándome a la cara me habría desmayado. Por un momento se quedó pensativo, calibrando mis reacciones. Desde luego, concluí, había conseguido que cayese en la trampa que le había tendido para hacerle creer que no me comportaba como un periodista al uso.

—¿Y cómo sabes y das  por hecho que yo soy el arrendador de esa nave?

Debía mostrarme rápido de reflejos.

—Lo sé —le dije.

—Lo sabes. Bien. Y si yo te dijese, vamos a suponer tan sólo, claro, que sí he tenido que ver con la muerte de esos dos, ¿crees que saldrías de,…a ver como dicen aquí en España… de rositas de mi casa?

Aquello era una amenaza que ya tenía prevista. Si aquél sospechoso de asesinato hubiera querido matarme, ya lo habría hecho. Y desde luego que si tuviese planeado hacerlo más adelante, no habría perdido el tiempo avisándome con antelación. Si pretendía asustarme no lo estaba consiguiendo. O al menos no al cien por cien. Podría contar tres o cuatro situaciones jodidas, por la que había tenido que pasar en la que ya empezaba a ser mi larga vida como periodista de sucesos, en las que sí había pasado miedo de verdad.

—¿Por qué no? —le espeté con la seguridad de mis hipótesis.

—¿Por qué no, Candil? —me contestó pisando mis palabras, elevando el tono de voz, intentando intimidarme, los enormes brazos cruzados delante de su descomunal pecho moldeado en cien gimnasios e intentando hacerme comprender que mi pregunta era una estupidez fuera de lugar digna de un pobre imbécil. Debía ser rápido. Y tenía preparada mi respuesta, claro.

—Yo no soy policía señor  Ahern. Yo no voy a detenerle a usted, ni voy a salir corriendo de aquí hasta la primera Comisaría de Policía que encuentre para señalarle a usted con mi dedo acusador. No me sobrevalore. Tan sólo soy un tipo curioso.

 Ahern  se quedó pensativo un instante, valorando lo que le acababa de decir. Desde luego que debía haberle impresionado, o yo valía menos de lo que en me tengo.

—Siéntate Candil. ¿Te apetece tomar algo? —me dijo al fin. Había mordido el anzuelo.

—Una cerveza bien fresca me vendría fenomenal —y era cierto.

—¿Una pinta de Guinness auténtica, quizá una de Brown Ale?

—Mejor una pinta de Brown Ale. Gracias.

 Ahern  llamó a la empleada sudamericana que me había atendido a través del interfono y le encargó las cervezas.

—Una Brown Ale para el señor Candil y otra para mí. A ver si la sabes tirar bien, cariño —le advirtió alargando mucho las palabras—. Tengo mis propios barriles de cerveza irlandesa auténtica, como se puede imaginar. Y le he enseñado a Betty a tirarla. No se le da mal, pero estos indios no son buenos para esos menesteres —terminó de decir sin considerar si me podía o no me podía molestar su jodido comentario racista. Yo me limité a admirar las melosas redondeces de Betty, que no debía pasar de los veintidós años, y las preciosas y bien formadas piernas que lucían bajo una falda de uniforme a finas rayas azules y blancas bien planchado que subían un palmo por encima de sus rodillas. Luego me volví hacia  Ahern  y me quedé mirándole, esperando que respondiese a mi último reto. Los dos quedamos en silencio durante unos instantes.  Ahern  mostraba una expresión de apariencia divertida que era de todo menos divertida de verdad, supuse.

—Vaya —dijo por fin rompiendo el hielo, justo en el momento en que Betty llegaba con las dos jarras de cerveza, con apariencia de haber sido tiradas con total profesionalidad, sobre una bandeja—, ya veo que no eres policía ni un chivato. Y  he de confesarte que me sorprende tu punto de vista sobre que podría confesarte que he tenido algo que ver con la muerte de esos dos y que después podría dejarte ir tan tranquilo. Puestas así las cosas, de verdad que me habría gustado tener algo que ver en esas muertes para darte gusto y así habría podido comprobar cómo te las habrías arreglado para narrar todos los detalles de esta historia sin salpicarme. Pero tengo que decepcionarte: no tengo ni idea de cómo llegaron esos dos a mi nave de Catral.

Se produjo un nuevo silencio lleno de matices valorativos entre  Ahern  y yo y aproveché para dar un largo trago a la cerveza.

—Ya veo —dije dando un respingo de placer tras sentir el frescor de la aromática Brown Ale bajarme por el gaznate—. Tampoco Sergio Tusón, su arrendador. Tampoco, seguro, tiene que ver en todo este tema  que la Guardia Civil ya hubiese hecho un registro en otra nave de Tusón por un asunto de tráfico de drogas. Seguro que debo entonces suponer que usted realquiló la nave a un tercero, ¿cierto? —apoyé, dándole a entender sin ambages un cierto aire de credulidad artificiosa por mi parte.

En ese momento  la mirada de Ahern se había suavizado, se había convertido, como decirlo, casi en paternal, a pesar de que él y yo debíamos tener la misma edad.

—Cierto —contestó—. Se la realquilé a un tercero. Y ahí acaba la historia. Pero de todos modos, ya que parece que puedo fiarme de ti,  me placería informarte de cómo se habrían desarrollado los hechos si yo hubiera tenido algo que ver en esas muertes.

¡Cielos! Me iba a confesar cómo y por qué se habían cargado a los dos jóvenes dublineses.

—Adelante —le invité a hablar mientras me acomodaba más en el sofá y examinaba alguna ruta de escape rápida, por si acaso. Incluso valoré el efecto que mi cabeza podría causar sobre su estómago antes de que pudiera echarme el guante con sus hercúleas manazas.

—¿No tomas notas? —me insinuó aún sabiendo que en ese instante era lo menos importante.

—No las necesito; tengo buen disco duro —contesté.

—Pues graba esto en él. Imagina que un par de jóvenes han salido echando leches de Irlanda después de una guerra entre bandas. Son jóvenes, como te digo, y se creen fuertes. Se creen que pueden con todo, pasar por encima de los mayores y pisarles sus intereses sin más, porque son jóvenes. Podrían tener cabida, dado su valentía, en el reparto de la tarta, siempre y cuando respetaran unas reglas mínimas y mostraran afán  por aprender dónde se puede meter el pié y dónde no. Imagina que estos chicos se vienen a la Costa a organizar su negocio y que no solo intentan romper el mercado a los que ya llevamos asentados aquí muchos años, sino que además enseñan los dientes a esos mismos que ya llevamos asentados aquí muchos años. Muchos, Candil. Y esa, si quieres que te diga la verdad, es mucha gente. Están los rusos, están los italianos, los franceses y albano kosovares, los marroquíes. Pero en fin, imaginemos que hemos sido los irlandeses, que, tal como te dije, imaginando por imaginar, he sido yo el encargado de organizar su desaparición en nombre de los irlandeses. Imagínate además, que esos jóvenes deben hacer frente a una deuda contraída por el préstamo de doscientos mil euros a cuenta para la compra de trescientos kilos de polvo blanco. Imagínate que la persona encargada de cobrar la deuda muere de forma natural. Sí, no te rías, de forma natural a causa de un infarto de miocardio, y que estos dos deciden quedarse con el dinero aprovechando la tesitura  Imagina la mala leche ¿decís así? que se le queda al Boss. Y el Boss lo organiza todo para eliminarlos. Es justo ¿no es así? Se podría hacer un guión con todo ello si le metes algunos componentes más a la historia, Candil, seguro.

—Puedo imaginar —le confirmé en un hilo de voz mientras imaginaba lo que me contaba Tony Ahern porque era consciente de que me estaba confesando el móvil— y hasta casi puedo experimentar un sentimiento de empatía con lo que me dice —terminé, por continuar con mi vieja táctica de parecer cualquier cosa menos un periodista y aparentar estar del lado de los malos. Pero percibí en la expresión del gigantón irlandés, que no colaba. Quizá estaba siendo demasiado artificioso con él.

—No me engañes, Candil. No puedes sentir empatía con lo que estoy imaginando para ti que podría haber sucedido. No lo estropees.

Me quedé callado. Compuse una pose para hacerle ver, de nuevo, que me importaba bien poco su consideración sobre si mi empatía era real o fingida.

—En fin —continuó  Ahern —, estos jóvenes vinieron buscando tener más espacio que nadie al sol de la Costa.

—Y se quemaron las alas, como Ícaro, ¿no?

—Exacto, por muy vulgar que te pueda parecer, mi comparación no es exagerada. En Corduff, el barrio del sudoeste dublinés de donde estos procedían, se echa mucho de menos el sol. En Irlanda, todos echamos de menos el sol. Aquí en La Costa hay sol para todos mientras no te metas en los pantalones del otro a tomarlo.

—Y entonces fue cuando alguien ordenó que esas alas debían ser cortadas y allí estaba la nave de Catral que le tenía alquilada a Sergio Tusón, ¿verdad? Y me pregunto, le pregunto ahora, todo imaginado, claro, ¿quién es ese alguien que se puso de muy mala leche por el engaño de los chicos? —decidí ya tomar el toro por los cuernos porque tampoco era cuestión de continuar alargando una conversación que no sabía hasta dónde podía llegar. Además, por primera vez en aquella historia, un sexto sentido me indicaba un cierto peligroso en aquella situación. A veces, pensé, haber hecho tantos reportajes delicados, haber cubierto tantos homicidios y asesinatos, me podían haber hecho perder la noción de la realidad. Y la realidad era que aquél hombre me estaba confesando haber tenido que ver con el crimen. La cuestión era, y ahora una cierta paranoia me hacía ponerlo en duda llevándome por un instante a llamarme imbécil a mí mismo, si había picado el anzuelo cuando le dije con total convicción que yo ni era un soplón ni era un policía que hubiese ido a su casa a detenerle, que sólo era un tipo curioso, un maestro de ceremonias que presentaba el espectáculo en el Circo de Roma y debía conocer bien los entresijos del espectáculo para no errar la presentación.

—Demasiada imaginación, querido Candil. Pero sí, claro que hubo alguien que decidió que había eliminar a esos dos molestos jóvenes y está allí, en Irlanda.

­—Y ese alguien ­—le espeté lanzándome al vacío— tiene algo que ver con una tal Geraldine Griffin y su hija Tracey.

 Ahern  consideró un instante mi pregunta. Su mirada continuaba siendo dulce, lo que me descolocaba bastante.

—Sí —dijo endureciendo un poco el tono—. Tú lo has dicho. Veo que eres un chico listo. Para importarte poco esta historia, pareces estar muy metido en ella.

—Me está empezando a encantar la historia, señor  Ahern  —practiqué otra finta—. Ahora mi trabajo empieza a tomar sentido. En primer lugar, me puede creer, me esforzaré por dejarle a usted indemne —ahora el temor producto de la paranoia anterior me hacia reiterarle, de modo ridículo y patético, bien es verdad, que él podría confiar en mí, que podía estar seguro de que yo no era un chivato—. Tendré que citarle, claro está, con un nombre falso, pero puede creerme que respetaré su identidad real.

—Claro está —asintió  Ahern  mientras tomé conciencia por un instante de que aquél hombre podía tener más información sobre mi futuro que yo mismo, lo que me provocó una sensación muy inquietante.

—Entonces, si es así, continúe con su supuesto. Cuénteme quiénes son Geraldine Griffin y su hija.

—¿Conoces la historia de  Verónica Greany?

—No —me sentí fuera de juego.

—Fue una periodista irlandesa que murió asesinada de seis tiros en junio de 1996 en Dublin —informó—. Metió demasiado las narices en los asuntos de alguien. Indaga sobre ella y sabrás quiénes son las Griffin —me dijo como si quisiera advertirme de algo, o eso pensé, y como si quisiera ir también zanjando el tema de repente, aunque el nuevo dato, desde luego, me resultaba muy útil a la hora de desvelar la autoría intelectual del asesinato de los jóvenes cuyos cuerpos fueron encontrados en su nave industrial.

—Greany —repetí aparentando más interés del que sentía en realidad—. Permítame que esto sí lo anote en mi cuaderno de notas.

Entonces el teléfono móvil de Tony Ahern comenzó a berrear.

—Discúlpame un momento, Candil —se excusó  Ahern  mientras yo anotaba el nombre de la tal Verónica Greany en mi cuaderno de notas—. Sí, sí Adelante con ello —oí que hablaba Ahern con su interlocutor telefónico—. Más o menos en cinco minutos. Ya sabes que después nos encontraremos en Marruecos. Salgo hoy mismo de viaje para allí.

Vaya. Se iba a Marruecos. Le había pillado de auténtica chiripa. Me quedé mirándole con cierta curiosidad mientras guardaba el cuaderno de notas en mi cartera de cuero. Supe que la entrevista, por llamarlo de algún modo, estaba llegando a su fin.

—Bueno Candil,…creo que hasta aquí hemos llegado —confirmó mis sospechas—. Otras obligaciones me reclaman. Espero haberte servido de ayuda. Y supongo que puedo confiar en tu palabra. Sé que no vas a denunciarme. Estoy seguro —recalcó con un cierto sarcasmo que no supe interpretar.

Terminé de apurar la Brown Ale y me levanté. Ahern  me acompañó hasta la salida. Ya en la puerta, antes de bajar los tres escalones que daban acceso al jardincillo me volví hacia él.

—Muchas gracias por su información —le dije, y saliéndome del alma, tras tantos  años de oficio ya tengo serias dudas sobre quiénes son los buenos y quiénes los malos,  no pude dejar de advertirle: —Tenga cuidado. Yo en su lugar ya habría desaparecido de la zona.

—Adiós, Candil —respondió con frialdad  Ahern, tras de lo cual entró de nuevo en su casa. Crucé el minúsculo jardín en dirección a la pequeña cancela de salida a la calle. Entonces, concluí para mí, sonriendo como un estúpido, que la paranoia que me había atenazado no hacía ni cinco minutos, no tenía razón de ser. Como todas las paranoias. Y me sentí ridículo, como tantas otras veces me había ocurrido, por haber sentido miedo. En un sentido, con mi advertencia a Ahern para que desapareciera, estaba traicionando a mis dos protagonistas, los muertos, mis chicos, pero volví a mi pensamiento anterior sobre que a aquellas alturas no sabía dónde estaba el bien y dónde el mal. En el fondo, pensé, tantos años de experiencia no me habían llevado sino a tener más dudas. Qué pérdida de tiempo. También me sentí ridículo por esto. El perro de la casa de al lado, aullaba con voz sorda en su jardín. Esperaba que no fuese un presagio de mal agüero. Empujé la cancela que daba acceso a la Calle del Mar.

Hacía un buen rato que Tony  Ahern  no había utilizado su móvil. La rutina y el tedio hicieron bostezar al guardia encargado de oír y de grabar sus conversaciones telefónicas desde uno de los despachos de la Comandancia de Alicante. Eran las doce y tres minutos del medio día y llevaba en este cometido desde las siete de la mañana. Salvo una conversación en la que el tal Ahern le decía a alguien que un tal Sergio Tusón empezaba a causar problemas y que debía vigilar a un periodista venido de Madrid, cosa que le pareció digno de reseñar y de comentarles a los de Judicial  antes de pasarles el informe, toda la mañana el teléfono había permanecido mudo. Se rascó la calva con ojos perdidos en la pantalla del ordenador y se levantó un momento en dirección a la máquina de bebidas instalada en el pasillo. De todos modos el tipo aquél, pensó el guardia, no tardaría en estar en los calabozos de la Comandancia. Hacía ya media hora que los de la Judicial habían partido para organizar su detención. Justo cuando se levantaba de su silla buscándose unas monedas en los bolsillos del pantalón para sacar un café con leche de la máquina, Tony  Ahern  volvía a llamar  a Donald Molony. De los auriculares de los cascos que reposaban sobre la formica de la mesa salieron unas voces metálicas y lejanas que el software diseñado para tal función grababa al disco duro del ordenador:

—Lo tengo aquí mismo en la puerta de mi casa. El capullo de Tusón tenía razón. Este tipo tiene cojones y va directo al grano sin ambages. La misma receta que a Martin O´Hagan; que empiecen a aprender aquí en España que esto es también Europa.

—¿Urgente?

—Muy urgente Don… Llama a Gary ahora mismo. Tiene que ser al salir de mi casa. No me puedo arriesgar a que de aquí vaya a la Guardia Civil con el cuento de que me ha encontrado para anotarse una medalla.  Yo le  entretendré un rato. Cuando salga que caiga delante de la puerta de mi casa. No debe ir más lejos. Después yo me largo. Cuando todo haya pasado nos veremos en Marruecos.

—Gary le ha estado siguiendo a todas partes desde que salió del Hotel La Zenia esta mañana temprano. Ha estado en Alcoy en la oficina de una empresa de teatro callejero. Averiguaremos a quién ha estado viendo y para qué más tarde. Estate tranquilo. Ahora Gary ya debe estar apostado fuera de tu casa. Quizá está a punto de llamarme.

—Lo sé. Pero antes llámale tú y transmítele las indicaciones pertinentes. Supongo que llevará toda la herramienta necesaria, incluyendo el silenciador.

—Toda la necesaria, Tony. No te preocupes. Considera a este mierda como historia.

—Ahora me voy a recibirle. Le he dicho a Betty que le haga pasar. Espero que a Donald se le de bien.

—No te preocupes por eso, Tony. A Gary no le tiembla el pulso. Recuerda qué bien resolvió el problema de los Westies.

—Espero que no haya perdido práctica. Dile que deje pasar media hora y luego, esté listo y en línea. Después de pasada esa media hora  dile que me llame al teléfono móvil. Será el momento en que le confirme personalmente la orden y le de puerta al plumífero. Seré el primero en ver a través de mi ventana si el espectáculo ha tenido éxito. Adiós”.

Justo en el momento de ese Adiós, la pantalla de ordenador se quedaba en negro estaba configurada para el ahorro de energía tras dos minutos de inactividad—,  el guardia se sentaba de nuevo a su mesa, pegaba un sorbo al inmundo brebaje que la máquina expendedora llamaba café con leche, se volvía a poner los cascos en la cabeza con parsimonia y abría un ejemplar de una revista del corazón que había colocado esa mañana en su mesa de trabajo y que hablaba sobre los supuestos malos tratos que le infligió  en vida a Carmina Ordóñez su ex marido, un bailarín de segunda fila. Al otro lado de la línea no oía sino silencio. Justo a las doce y treinta y cinco movió el ratón del ordenador de forma accidental, la pantalla cobró vida de nuevo  y pudo ver las líneas de actividad de la conversación mantenida media hora antes desde el teléfono de Tony  Ahern. Rebobinó a través del software encargado de la grabación y pudo oír la orden que  Tony Ahern daba a Donald Molony para que se cargara a aquél periodista venido de Madrid. Joder qué fuerte, pensó. Pero ya era demasiado tarde.

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Las mariposas sobre la tumba (Capitulo 15)

December 5th, 2010

15

Ding Dong

 

Julio de 2006

Torrevieja

 

Ding Dong. Tony Ahern oyó el timbre. Betty, la criada ecuatoriana se dirigió a la puerta para abrir. Ahern  la paró en seco cogiéndola de la muñeca. La miró con dureza pero transmitiendo una pícara sonrisa a la expresión de sus ojos.

—Antes de abrir mira quién es, estúpida. Te lo tengo dicho cien veces. ¿Para qué coño tenemos instalado un video portero?

La mujer bajó los ojos. No conseguía acostumbrarse al trato de aquél irlandés bravucón y maleducado que miraba con lascivia sus dulces formas mientras hacía las camas o se agachaba en la cocina cuando fregaba el suelo. Pero le pagaba muy bien; bastante más de lo que cobraban otras compatriotas suyas. Ella estaba dada de alta en la Seguridad Social y tenía treinta días de vacaciones anuales. Como cualquier trabajadora española. Bien podía aguantar las miradas babosas del irlandés. Además, en cierto modo, se sentía halagada. Puede que algún día le permitiera cumplir las fantasías sexuales que, de seguro, le hacían al hombre temblar las piernas más de una vez cuando ella se contoneaba limpiando el polvo de los libros de la parte superior de la biblioteca.

Betty se dirigió al pasillo que daba acceso la cocina, frente a cuya puerta estaba instalado el video portero y vio a través de la pantalla a un hombre de unos treinta y tantos años con el pelo a cepillo, que apuntaba algunas canas, que enfrentaba la cámara con mirada franca. Su cara le resultaba familiar. Le pareció un tipo guapo. Si le hubiesen pedido describirlo habría jurado, sin dudarlo, que se daba un aire bastante cercano a un actor norteamericano de los años cuarenta, a ver, a ver… sí: a ese que era el protagonista en Solo ante el peligro, pero cuando era joven. Le habría gustado conocerle en alguno de los bares que frecuentaba con sus amigas cuando salían a divertirse los fines de semana en Torrevieja.

El hombre  volvió a pulsar el botón del videoportero una vez más.

—¿Dígame qué se le ofrese, señor?

—Disculpe —oyó una voz potente y acariciadora, como esas voces de los locutores de documentales de la televisión, con un perfecto acento castellano—, busco al señor Anthony  Ahern.

—¿De parte de quién, señor? —inquirió Betty justo en el momento en que sentía el aliento de su jefe sobre la nuca. Al darse la vuelta, Ahern  le indicó con un gesto de la cabeza que alargase lo que pudiese la conversación con el extraño.

—Sí, mire, me llamo Mario Candil y soy un periodista de Madrid, de la revista Gente Magazine. Me gustaría hablar con el señor  Ahern  sobre un tema.

 Ahern  lo supo en cuanto vio la cara de aquél tipo en la pantalla del video portero, por encima de los hombros de Betty. Supo que era el periodista de Madrid a quién el hijo de la gran puta de Sergio Tusón había puesto sobre su pista. No se andaba con chiquitas el muy maricón. Había tenido los santos cojones de presentarse en su casa, ante su puerta, sin anestesia, sin una llamada previa. Era como la Greany  cuando se plantaba delante de la Villa Ecuestre de Griffin para preguntarle sin más que cuánto ganaba con el negocio de las drogas. Quizá este fulano debía probar la misma medicina que le dieron a  la estúpida aquella de la Greany en el 96 o la que los hermanos Molony le hicieron tragar al estulto de Martin O’Hagan en 2001. En España no estaban acostumbrados a esas prácticas, ¿por qué no ahora? Todo parecía estar complicándose en exceso. No hacía ni dos días que la Guardia Civil había dado con los restos de aquellos dos miserables y aún no le habían localizado, pero sí aquél puto periodista. Si aquél imbécil que esperaba ante su puerta con esa carita de gilipollas lo había encontrado, la Policía no tardaría tampoco en hacerlo. Debía tomar una determinación rápida.

—Síguele la corriente y entretenlo en la puerta todo lo que puedas —le susurró a Betty al oído de forma que la mujer sintió un estremecimiento que le hizo endurecer los pezones—. Después le haces pasar.

Ahern  se dirigió hacia el teléfono móvil que tenía sobre la mesita de un tresillo clásico bastante hortera ubicado en el salón, frente un ventanal que daba a la piscina de la casa.

—Y dígame señor qué se le ofrese en concreto del señor  Ahern, así que yo le pueda informar.

—¿Pero está o no está el señor  Ahern  en casa?

—Bueno, mire señor, mejor me dise que es lo que le trae en concreto y yo le informaré a él.

—¿Pero está o no está en casa el señor  Ahern? —repitió el hombre, cansino, a través del interfono con su profunda y dulce voz de locutor de documental.

—Pues sí señor, está, pero está ocupado ahora. Insisto que si puede desirme algo más concreto yo se lo traslado al señor  Ahern  de su parte.

—Bueno —explicó por fin el hombre del pelo corto—neceisto hablarle sobre una nave industrial que tiene alquilada en Catral. Parece que han encontrado un par de muertos dentro.

Betty sí sintió ahora un escalofrío profundo que le recorrió la columna vertebral hasta la punta de los dedos de pies. Pero no tenía nada de sensual. Había visto la noticia en una cadena de televisión local justo aquella mañana y no sabía que la nave industrial en donde decían que habían aparecido los muertos estuviese alquilada por su patrón. Pensó que ya había entretenido lo suficiente al periodista.

—Espere un instante señor. Ahora le atiendo.

Cuando llegó al salón encontró a su jefe colgando el teléfono  móvil con un brillo especial en sus ojos.

—Parece que has visto un fantasma, Betty —le dijo  él.

—Es que este hombre dijo algo de muertos señor  Ahern…

—Lo sé, lo sé Betty. Hazle pasar y estate lista para traernos algo de beber.

El tal Mario Candil era de estatura media, como  de un metro setenta y cinco. Delgado, parecía estar en forma, aunque se veía a las claras que no tenía ni media hostia, tal y como dicen los españoles. A él, con su metro noventa y cinco y su fuerte complexión, le habría bastado un soplido para sentarlo en el sofá. Vestía de sport con una camisa  desclasificada Pret a Porter de Yves Saint Laurent a finas y casi imperceptibles rayitas azules de manga corta que ya no se fabricaría nunca más, eso sí, planchada a la perfección, unos pantalones azules de algodón y unos unos zapatos de cuero claro atado con cordones, sin calcetines. Llevaba colgada en bandolera una cartera marrón bastante gastada, de esas cuya simple apariencia inducen al cerebro a oler aromas de cuero seco.

—Buenas tardes señor…—le dijo obviando que supiera su nombre, al tiempo que se levantaba para darle la mano, momento en que percibió en él un suave y nada llamativo perfume a agua de colonia de marca indefinida pero de tonos muy secos. Quizá a madera de cedro.

—Candil. Mario Candil —le contestó el periodista. Y se quedó callado un instante, como recordando algo gracioso que le hubiese venido a la mente—. Perdone que haya venido, así de sopetón, a visitarle, señor  Ahern. Ya sabe que los periodistas somos como muñecos de guiñol, de un sitio para otro sin parar. En la agenda se nos juntan las citas. También las imprevistas. En fin, que para qué disculparme más. En el fondo somos unos maleducados y  aquí me tiene. Gracias por recibirme.

—¿De sopetón? —le preguntó  Ahern, porque aunque su castellano era bastante bueno se le escapaban aún muchos matices del idioma español.

—De improviso —explicó el periodista con su perfecto acento castellano madrileño.

 Ahern  miró a los ojos a aquél imbécil atrevido, que le sostenía la mirada de manera impertinente. No le pidió que se sentara. El tipo tenía cara dura, sí señor. Se le veía seguro de sí mismo, mostrando un temple como de estar de vuelta. Algo así, como si la historia que le había llevado hasta él le importase tres cojones en realidad. Era una extraña sensación que nunca imaginó que podría experimentar delante de un periodista, y menos delante de un periodista que acababa de, como decirlo, asaltarle de manera tan tópica. Como los periodistas de las películas. Como solía hacer  Verónica Greany.

—Bueno Candil ­—le dijo tuteándole sin más preámbulos—, al menos pareces sincero. No todo el mundo te dice las cosas así. ¿A qué debo tu visita?

—Como creo que su tiempo es precioso, seguro, y el mío también, como habrá adivinado por la premura y la improvisación de mi visita, no me iré por las ramas. He venido a Torrevieja a hacer el reportaje sobre la muerte de de dos compatriotas suyos cuyos cadáveres han sido encontrados en una nave alquilada por usted en Catral.

—¿Y a usted qué le importa esto? —le contestó  Ahern  siendo también directo y sin andarse tampoco con rodeos innecesarios. Sentía que aquél fulano no tenía por qué estar en su casa haciendo las preguntas inconvenientes que, de seguro, empezaría a hacer de un momento a otro. Supuso que la labor de informar no debía pasar de publicar el texto telegráfico que los periódicos copiaban de las notas de prensa publicadas por las agencias. Allí venía lo esencial de la noticia. Meterse en más berenjenales era una mayúscula estupidez. ¿Quién le pagaba a aquél sujeto los gastos para ahora estar allí, frente a él con aquella mirada de autosuficiencia? ¿Valía tanto la información que pudiese sacar como para pagar gastos de avión, de hotel, de coches de alquiler, de dietas de comida?  Ahern  intuyó que no. Incluso aunque el reportaje que publicase Candil fuese intenso, a los dos días de publicado los ejemplares de su revista se irían marchitando en las consultas de dentistas y en peluquerías unisex, leídas por gentes que no les prestaba ni la menor atención. Sentía que aquél sujeto no tenía derecho ni a existir. Pero allí estaba de pié, delante de él, manteniendo la compostura.

—Pues si le digo la verdad, me importa bien poco lo de las muertes de esos dos y los motivos por los que alguien decidió que tenían que morir —le respondió el periodista—. Considero que esos motivos son patrimonio del autor intelectual de las muertes. De hecho, lo que me gustaría de verdad  es estar ahora echándole un polvo  a alguna amiguita, o mirando el cielo de Madrid, en lugar de en su casa. Pero me pagan por escribir una historia. Me pagan para que mi revista pueda trincar  un montón de pasta en concepto de publicidad.  También hay gente que las lee, gente a la que sí le importan estas historias. Si tuviera tiempo le contaría a usted la anécdota de un patricio romano que no quería nunca asistir al circo para ver como los leones destrozaban a los cristianos. Al final a todos los patricios termina por gustarles la sangre. Pero no tengo tiempo. Así que he venido a preguntarle a usted, en nombre de los lectores de mi revista y de los encargados de su departamento de publicidad, que cómo es que en la nave industrial que usted tiene aún alquilada en el Polígono de San Juan en Catral, han sido encontrados dos cadáveres y que si usted ha tenido algo que  ver en ello. Nada más.

 Ahern  confirmó la sensación que tuvo nada más enfrentarse cara a cara con aquél sujeto; era un tipo que sentía despego por las cosas. Recordó las palabras de Sergio Tusón cuando le advirtió que aquél periodista era un tipo listo.

—¿Y cómo das  por hecho que yo soy el arrendador de esa nave? —dijo Ahern por perder un poco de tiempo.

—Lo sé —volvió a responderle con toda seguridad el periodista.

—Lo sabes. Bien. Y si yo te dijese, vamos a suponer tan sólo, claro, que sí he tenido que ver con la muerte de esos dos, ¿crees que saldrías de,…a ver como dicen aquí en España…de rositas de mi casa?

—¿Por qué no?

La respuesta dejó sin aliento durante un par de segundos a Tony. Después le dijo con su intención más amenazante:

—¿Por qué no, Candil?

—Yo no soy policía señor Ahern. Yo no voy a detenerle a usted, ni voy a salir corriendo de aquí hasta la primera Comisaría de Policía que encuentre para señalarle a usted con mi dedo acusador. No me sobrevalore. Tan sólo soy un tipo curioso.

—Siéntate Candil. ¿Te apetece tomar algo?

—Una cerveza bien fresca me vendría fenomenal.

—¿Una pinta de Guinness auténtica, quizá una de Brown Ale?

—Mejor una pinta de Brown Ale. Gracias.

 Ahern  llamó a Betty y le encargó las cervezas.

—Una Brown Ale para el señor y otra para mí. A ver si la sabes tirar bien, cariño —le advirtió a Betty—. Tengo mis propios barriles de cerveza irlandesa auténtica, como te puedes imaginar. Y le he enseñado a Betty a tirarla. No se le da mal, pero estos indios no son buenos para esos menesteres —dijo sin pensar en que podía ofender el posible pundonor anti-racista del periodista. Aunque tan sólo observó cómo no se molestaba en disimular una graciosa mirada al trasero y a las bonitas piernas de su criada. Supuso que era un mujeriego por esa manera que tuvo de mirarla, sin tapujos. Luego el periodista se volvió hacia  hacia él y se le quedó mirando, como esperando que respondiese a su último reto. Los dos hombres quedaron en silencio durante unos instantes. Ambos mostraban una expresión de apariencia divertida que era de todo menos divertida de verdad.

—Vaya —dijo  Ahern  rompiendo el hielo, justo en el momento en que Betty llegaba con las dos jarras de cerveza sobre una bandeja con apariencia de haber sido tiradas con total profesionalidad—, ya veo que no eres policía ni un chivato. Y te he de confesar que me sorprende que hayas venido con la esperanza de oír de mis labios que he tenido algo que ver con la muerte de esos dos y dejarte salir de esta casa tan tranquilo. Puestas así las cosas, de verdad que me habría gustado tener algo que ver en esas muertes por darte gusto y por ver como habrías narrado todos los detalles sin salpicarme. Pero tengo que decepcionarte: no tengo ni idea de cómo llegaron esos cadáveres a mi nave de Catral.

Se produjo un segundo silencio lleno de matices valorativos entre un hombre y el otro, que el periodista aprovechó para dar un largo trago a la cerveza.

—Ya veo —dijo dando un respingo de placer tras sentir el frescor de la aromática Brown Ale bajar por la garganta—. Debo entonces suponer que usted realquiló la nave a un tercero, ¿cierto? —dio a entender sin ambages un cierto aire de credulidad artificiosa.

En ese momento Ahern sintió que le debía una buena historia al periodista. Algo así como concederle un último deseo a un reo antes de morir. Se lo merecía aunque tan sólo fuese porque había percibido en él el halo de  nihilismo imprescindible para ser un buen compañero de viaje. Supuso que de haberse encontrado en otras circunstancias, en otro momento, en otro lugar, quizá ambos habrían sido camaradas.

—Cierto. Se la realquilé a un tercero. Y ahí acaba la historia. Pero de todos modos, ya parece que puedo fiarme de ti,  me placería informarte de cómo se habrían desarrollado los hechos si yo hubiera tenido algo que ver en esas muertes.

—Adelante —le dijo Candil mientras se acomodaba más si cabe en el sofá con vistas a la piscina.

—¿No tomas notas?

—No las necesito, tengo buen disco duro.

—Pues graba esto en él. Imagina que un par de jóvenes han salido echando leches de Irlanda después de una guerra entre bandas. Son jóvenes, como te digo, y se creen fuertes. Se creen que pueden con todo, pasar por encima de los mayores y pisarles sus intereses sin más porque son jóvenes. Podrían tener cabida, dado su valentía, en el reparto de la tarta, siempre y cuando respetaran unas reglas mínimas y mostraran afán  por aprender dónde se puede meter el pié y dónde no. Imagina que estos chicos se vienen a la Costa a organizar su negocio y que no solo intentan romper el mercado a los que ya llevamos asentados aquí muchos años, sino que además enseñan los dientes a esos mismos que ya llevamos asentados aquí muchos años. Muchos, estimado Candil. Y esa, si quieres que te diga la verdad, es mucha gente. Están los rusos, están los italianos, los franceses y albano kosovares, los marroquíes. Pero en fin, imaginemos que hemos sido los irlandeses, que, tal como te dije, imaginando por imaginar, he sido yo el encargado de organizar su desaparición en nombre de los irlandeses. Imagínate además, que esos jóvenes deben hacer frente a una deuda contraída por el préstamo de doscientos mil euros a cuenta para la compra de trescientos kilos de polvo blanco. Imagínate que la persona encargada de cobrar la deuda muere de forma natural. Sí, no te rías, de forma natural a causa de un infarto de miocardio, y que estos dos deciden quedarse con el dinero aprovechando la tesitura  Imagina la mala leche ¿decís así? que se le queda al Boss. Y el Boss lo organiza todo para eliminarlos. Es justo ¿no es así? Se podría hacer un guión con todo ello si le metes algunos componentes más a la historia, Candil, seguro.

—Puedo imaginar —le confirmó el periodista en voz baja, poniendo cara de  estarse imaginando lo que le contaba Tony Ahern —y hasta casi puedo experimentar un sentimiento de empatía con lo que me dice.

 Ahern  no se podía hacer idea de qué tipo de empatía podía sentir un periodista hacia lo que le estaba contando. Quizá no pretendía sino impresionarle. No era empatía lo que esperaba de él. Esperaba que disfrutara como periodista de la historia que le estaba imaginando. En realidad se sentía en la obligación de colmar su curiosidad, esa a la que él había aludido para justificar su presencia allí, en su casa, en su salón. Tan sólo soy un tipo curioso, le había dicho.

—No me gusta que me engañen, Candil. No puedes sentir empatía con lo que estoy imaginando. Tú eres un bueno. Yo soy un malo. No lo estropees.

El periodista se quedó callado. Armó una expresión en su rostro como de importarle bien poco que  Ahern  dudase entre si su manifestada empatía era real o interesada.

—En fin —continuó  Ahern—, estos jóvenes fueron ascendiendo demasiado hacia el sol.

—Y se quemaron las alas.

—Exacto, por muy vulgar que le pueda parecer, mi comparación no es exagerada. En Corduff, el barrio del sudoeste dublinés de donde estos procedían, se echa mucho de menos el sol. En Irlanda, todos echamos de menos el sol. Aquí en La Costa hay sol para todos mientras no te metas en los pantalones del otro.

—Y entonces fue cuando alguien ordenó que esas alas debían ser cortadas y allí estaba su nave de Catral, ¿verdad? Y me pregunto, le pregunto ahora, todo imaginado, claro, ¿quién es ese alguien? —el periodista se estaba embalando demasiado, para el gusto de  Ahern, pero Ahern terminó de valorar que poco importaba ya que terminara de colmar su curiosidad. Moriría de todas formas.

—Demasiada imaginación, querido Candil. Pero sí, claro que hubo alguien que decidió que había que quitar de en medio a esos dos molestos jóvenes.

­—Y ese alguien ­—le espetó el periodista con su lanzada verborrea —tiene algo que ver con una tal Geraldine Griffin y una tal Tracey Griffin, su hija.

 Ahern  volvió a considerar por un instante si valía la pena decirle que lo averiguase por sí mismo. Al menos ese fue la reacción automática que se produjo en su cerebro, su primera tentación. Pero corrigió su error antes de decir nada. Aquél periodista nunca podría llegar a averiguarlo por sí mismo. A no ser que lo muertos puedan volver del más allá para averiguar cosas. De modo que decidió seguir adelante con su narración y así halagar su ego. Pensó que se lo debía. Le concedería algo de información, a modo de último deseo, como si el periodista le hubiese expresado ese gusto antes de la ejecución.

—Veo que eres un chico listo. Para importarte poco esta historia, pareces estar muy metido en ella.

—Me está empezando a encantar la historia, señor  Ahern. Ahora mi trabajo empieza a tomar sentido. En primer lugar, me puede creer, me esforzaré por dejarle a usted indemne. Tendré que citarle, claro está, con un nombre falso.

—Claro está —asintió  Ahern  siendo consciente de que tenía más información sobre el futuro del periodista que él mismo y empezando a importarle bien poco a quién pudiera citar o no en una reportaje que nunca llegaría a escribir. Aunque en el fondo, durante unas décimas de segundo, como en la tentación de un dios omnisciente, también cruzó como un rayo por su cabeza la posibilidad de dejarle vivir, de poder repetir con Candil la vieja historia que ya se había producido entre  Verónica Greany y John Thompson, y convertirse en el garganta profunda de Mario Candil por una temporada, sin el resultado final de la muerte. Candil le estaba pareciendo una criatura honesta y cabal. Manejable también, por supuesto. Pero desechó pronto la bonita idea. Nunca les había hecho falta un puto periodista que no pudiesen mantener en nómina. Y ese Candil no parecía ser de los que aceptan nóminas de nadie.

—Entonces, si es así, continúe con su supuesto. Cuénteme quiénes son Geraldine Griffin y su hija.

—¿Conoces la historia de  Verónica Greany?

—No.

—Fue una periodista irlandesa que murió asesinada de seis tiros en junio de 1996 en Dublin. Metió demasiado las narices en los asuntos de alguien. Indague sobre ella y sabrá quiénes son esas mujeres —le dijo sabiendo que ya no disponían de demasiado tiempo, sin querer meterse ya en más explicaciones, pero haciendo entender al periodista que le estaba dando un bonito hueso a roer.

—Greany —repitió Candil—. Permítame que esto sí lo anote en mi cuaderno de notas.

Entonces, como un disparo, comenzó a berrear el teléfono móvil de Ahern.

—Discúlpame un momento, Candil —dijo el irlandés.

Estoy listo frente a tu casa Tony. Todo preparado —oyó a Gary Niño de Mamá Molony a través del auricular.

—Sí, sí Adelante con ello. Más o menos en cinco minutos. Ya sabes. Después nos encontraremos en Marruecos. Salgo hoy mismo de viaje para allí.

Candil se le había quedado mirando con cierta curiosidad tras guardar su cuaderno de notas en la cartera de cuero. Ahern  supo por su mirada que  sabía que después de la llamada telefónica la entrevista había llegado a su fin. Supuso también que el periodista se debía sentir satisfecho con la información que le había trasladado. Moriría feliz el muy imbécil. No había porqué ser más cruel con él.

—Bueno Candil…, creo que hasta aquí hemos llegado. Otras obligaciones me reclaman. Espero haberle servido de ayuda. Y supongo que puedo confiar en su palabra. Sé que no va a denunciarme.

Candil terminó de apurar la Brown Ale y se levantó con parsimonia del sofá. Ahern le acompañó hasta la salida. El periodista cruzó el vano de la puerta, pero antes de bajar los tres escalones que daban paso al jardincillo de salida a la calle se volvió hacia el irlandés.

—Muchas gracias por su información. Tenga cuidado. Yo en su lugar ya habría desaparecido de la zona.

—Adiós, Candil —le dijo con frialdad Ahern  viendo como el periodista bajaba los escalones. Después entró de nuevo en la casa, abrió los visillos de un ventanal que daba al jardín y se dispuso a disfrutar con el espectáculo.

Sentado en su Volvo C70, Gary Niño de Mamá Molony observó como Mario Candil salía al exterior del hotel y subía  a su Opel Meriva de alquiler. Eran las ocho y media de la mañana. Llevaba allí esperando desde las siete. No quería que se le escapase. Una orden de Tony no podía dejar de cumplirse. El periodista parecía ser madrugador. Le había visto desayunar en el buffet del hotel hacia apenas quince minutos, sobre las ocho y cuarto.

El periodista metió su coche en el tráfico de la carretera que conducía a Alicante. Él le seguía en su Volvo C70 a cierta distancia, dejando un par de coches por delante. Era un experto en seguimientos en coche. Su víctima dejó Torrevieja a su derecha siguiendo por la circunvalación en dirección a Alicante. Allí le vio aparcar delante de El Día de Alicante, el principal periódico local. No tardó en salir más de quince minutos. Quizá había ido a ver a alguien que aún no había llegado. Volvió a coger su coche y salió de nuevo en dirección a Torrevieja. Allí entró en el bar de Dalaigh Dunphy. Parecía que el periodista aquél sabía moverse. Informaría de todo ello. Después de la entrevista con Dunphy se dirigió a Alcoy y aparcó delante de una casa bastante antigua, de los años treinta al menos, dentro de una urbanización bastante moderna. Una aberración arquitectónica de las muchas de la zona. Pero a Molony no le escandalizaban esas cosas. La casa tenía un pequeño cartel de presentación de lo que debía ser una empresa. En efecto. Teatro de Títeres Alejo Quintanejo vio que decía cuando se acercó hasta él con toda la discreción que pudo. ¿Qué coño hacía aquél tonto en una empresa de titiriteros? El pobre idiota se sentía seguro y no sospechaba que nadie pudiera seguirle. Volvió a su Volvo C70 y se dispuso a hacer una espera que no duró más de treinta minutos. El periodista subió a su coche y condujo en dirección a Torrevieja, la sobrepasó y se dirigió a la urbanización Los Balcones. El corazón le dio un vuelco, ¡el lugar en que vivía Tony!  Le vio llamando al video portero del chalet. Desde dentro debían tardar un poco en responder. Oyó el rumor de las palabras de Betty, la criada de Tony. No sabía qué le estaba respondiendo al plumífero, allí plantado, delante de la casa, con autosuficiencia, una bonita cartera de cuero colgada en bandolera. De repente, sonó su teléfono móvil. Era su hermano Donald.

Hola Gary. Escúchame con atención. Me acaba de llamar Tony. El plan ha cambiado. Orden de liquidar al tipo.

—Sí, sí, Donald, estoy ya aquí justo frente a la casa de Tony. El periodista está en la puerta.

Lo sé, lo sé. Las instrucciones son que dejes pasar media hora y que luego llames a Tony, que le confirmes que estás preparado y que estás en disposición de ejecutar la orden. Pero tranquilo —continuó su hermano Donald—. Espera a que salga de la casa. En cuanto haya traspasado la cancela de salida a la calle desde el jardín. Ahí mismito te lo cargas. Son órdenes de Tony.  Después nos vemos. Nada más. Mucha suerte.

Niño de Mamá sintió un trallazo de adrenalina que le bajaba desde el cerebro por la columna vertebral, después pasaba por su trasero y se revolvía hacia sus partes más íntimas, produciéndole un placer sexual sin igual. Me pone cachondo matar, pensó. Y le hubiera gustado poder contárselo a su hermano Donald, como en otras ocasiones.

El sicario irlandés salió del Volvo con mucha calma, los ojos entornados, y abrió el maletero. De su interior extrajo una maleta de tamaño mediano Old Hunter de plástico extra resistente con cierre de apertura fácil, válvula de presión y juntas siliconadas que facilitaban su cierre hermético y que le permitían proteger las armas hasta incluso a casi treinta metros de profundidad bajo el agua. No había moros en la costa y abrió el cierre con delicadeza, con la misma suavidad que un cirujano maneja un escarpelo. Los dos cierres produjeron un sonido apagado y digno que acariciaba su oído. El sonido de la calidad. En su interior, tras un paño de color negro que cubría el conjunto, reposaba un subfusil Ingram M11 y su silenciador, un modelo de 1974 al que le tenía especial cariño. No fue el arma que había utilizado en el trabajo de los westies dos años atrás. No quería que relacionaran los proyectiles. Cerró el maletín de nuevo con suavidad, como en un rito iniciático que ya había repetido muchas veces y entró de nuevo en el Volvo. Enroscó el silenciador sobre la bocacha de la Ingram y colocó el conjunto sobre el regazo y lo tapó con el trapo negro. Nadie podía verle. Había aparcado frente a la casa de  Ahern, junto a una finca vallada con altas plantas arizónicas. Después miró su reloj. Eran las once. Espero hasta las once y treinta, cogió su móvil del salpicadero del coche y marcó el número de Tony. Tony no tardó mucho en responder.

—Estoy listo frente a tu casa Tony. Todo preparado —le dijo sin esperar a que le preguntara nada.

Sí, sí Adelante con ello. Más o menos en cinco minutos. Ya sabes que después nos encontraremos en Marruecos. Salgo hoy mismo de viaje para allí —le contestó Tony. Luego colgó.

Gary Niño de Mamá sonrió de forma abierta. Un niño pasó por la calle con una  bicicleta. Eran las once de la mañana y recordó que los niños estaban de vacaciones. Confió en que no apareciera ninguno más. Odiaba a los niños. Eran curiosos. La calle no iba a ser un lugar apropiado para niños curiosos dentro de cinco minutos. Comprobó que el seguro de la Ingram estaba activado y asió el arma acariciando el gatillo. Le bastaría un toque seco sobre él de no más de dos o tres segundos y la bocacha escupiría una balacera mortal a un ritmo de 900 disparos por minuto. Al menos diez o quince balas harían blanco sobre el periodista con toda seguridad a la distancia de 15 metros que se encontraba de la salida de la casa de  Ahern  cuya puerta, justo en ese momento, se estaba abriendo. Gary bajó la ventanilla del conductor. Un chorro caliente de agosto inundó la cabina del coche expulsando con rapidez el aire fresco producido por el aire acondicionado, que dejó funcionando a todo gas. Vio como Tony y el periodista se despedían sin mucho boato. El periodista le dio la mano a Tony. Luego se dio la vuelta. Tony entró en la vivienda. Te queda nada de vida. Bajó los tres escalones que conducían al jardín. Niño de Mamá esperó  a que llegase a la cancela de acceso a la calle. Un perro comenzó a aullar en el chalet contiguo. Buena señal. El animal podía intuir la muerte. El acre olor metálico del arma llegó nítido a su nariz. La deslizó con cuidado por sobre el borde de la ventanilla del conductor de su coche, la cubrió con el trapo negro, quitó el seguro y apuntó a la cabeza de Mario Candil mientras notaba como se le ponía dura de nuevo entre los muslos.

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Las mariposas sobre la tumba (Capìtulo 14)

December 1st, 2010

14

Dos compañeros para el viaje

al fin del mundo

 

Enero de 2004

Alicante

 

—¿Pueden valernos estos tíos Donald?

—Pueden valernos, Gary. Míralos. Parece que se van a venir abajo en un santiamén. Vamos a ver si acceden por las buenas —dijo Donald viendo a aquellos dos, el uno encorvado sobre el otro haciendo sus trapicheos.

El Barrio del Cementerio de Alicante se abría a los habitantes de la noche. El Suso oteaba la calle asomándose a la esquina con precaución, examinando con cuidado que nada se saliese de lo normal, los ojos inquietos, los pies pateando la acera. Era un mes de enero bastante frío el de ese año. Los cien gramos de chocolate que tenía encima ya preparados en sus dosis correspondientes, bien cortadas, no eran moco de pavo si la pasma se pasaba por allí a hacerle una visita. Debía colocar pronto el material para después comprar su propia dosis de jaco. Vio al Luismi venir desde el fondo de la calle, trastabillando sus pasos, un poco colocado. Cuando llegó a su altura, pudo observar sus dientes irregulares y picados de caries cuando abrió la boca para pedirle una china mientras alargaba la mano con un billete de veinte euros arrugado y sudado de su mano.

Justo en el momento en que El Suso le pasaba la china a El Luismi, aparecieron los dos hombres. Fueron muy rápidos en ponerse a su altura. Ni los vieron llegar. Y lo cierto es que daban miedo. Eran grandes y parecían muy fuertes.

—Tranquilos, tranquilos, chicos —dijo Donald—. No somos de la pasma, así que tranquilos, ¿no veis que somos de fuera de España?

—No llevamos nada, nada tíos, de verdad, se lo juro.

—Tranquilos que tan sólo venimos a proponeros un negocio. Os necesitamos. Y hay mucha pasta si decís que sí.

Los drogadictos se miraron el uno al otro, luego comprobaron que los hombres se habían colocado de tal modo que impedían cualquier ruta de escape con tan sólo alargar uno de sus enormes brazazos, y luego se volvieron a Gary y Donald, entregados a lo que quisieran aquellos dos. No tenían salida.

—Ustedes diréis, señores —murmuró temeroso El Suso.

—Es muy fácil. Tenemos dos kilos de farlopa en el coche.

—Joooder qué guapo. Pero no tenemos dinero señó —intervino El Suso con voz gangosa y temblorosa de heroinómano asustado —asín que me mejón se buscan a otros ¿no? —e hizo acción de escabullir el bulto y salir del aprieto.

—No, no. Tranquilos —le dijo Donald Molony sujetándole con suavidad por el hombro—. Nuestro problema es que no sabemos cómo colocarlo en el mercado. Somos nuevos por aquí y necesitamos a alguien que nos la distribuya poco a poco, con discreción. Gente experta como vosotros. En principio no pedimos dinero por adelantado. Sólo cobraremos cuando vosotros hayáis cobrado. Un treinta por ciento para vosotros… ¿qué os parece, tíos?

—Joooder, jefe. Pos dabuten. Vamo a vé er materiá ¿que no?

—Te lo dije Donald —intervino Gary—estos son los dos compañeros para el viaje al fin del mundo que estábamos buscando. Cien mil euros por aquí, veinte mil por allá,…la vida, hermano, la vida.

—Qué guapo lo que hablas colega —dijo El Luismi mientras echaba a caminar junto a su colega en dirección a donde aquellos dos desconocidos les habían dicho que tenían el coche aparcado con el polvo blanco en su interior.

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Las mariposas sobre la tumba (Capitulo 13)

November 30th, 2010

13

La misma receta

 

Julio de 2006

Torrevieja

 

Donald Molony observó el nombre de  Tony Ahern en la pantalla de su teléfono móvil. Esperaba la llamada. De común no hablaba por teléfono con Tony. Salvo en situaciones excepcionales como aquella. Sabía que no podía significar otra cosa más que lo que su hermano Gary deseaba hacer con todas sus ganas.

—Lo tengo aquí mismo —oyó que le decía Tony a través del auricular—en la puerta de mi casa. El capullo de Tusón tenía razón. Este tipo tiene cojones y va directo al grano sin ambages.

Ir directo al grano sin ambages. A Donald Molony Le sonaba la historia. Era la misma que planteó Martin O´Hagan, aquél periodista ex miembro del IRA que terminó trabajando para el Sunday Word y que acabó sus días tiroteado en Lurgan en el Condado de Armagh, cerca de Belfast. Desde que murió ninguno de sus colegas osó nunca más revolver en los pantanosos terrenos de las bandas montadas por los ex soldados de la causa unionista. Ni tampoco en los terrenos de los soldados del IRA que se habían quedado con el culo al aire, en el paro, después de los tratados de paz. Que se dedicaban a lo que se dedicaban, era una idea que flotaba en el ambiente, que todo el mundo sabía. Pero ningún periodista de mierda osaba meter sus narices en esos asuntos. Era demasiado peligroso, de verdad. A veces era mejor cortar por lo sano. Eso demostraba la experiencia. Recordaba que cuando murió  Greany, se produjo un gran revuelo en la República. Incluso se dictaron nuevas leyes para evitar que el dinero producto de los negocios más o menos sucios, convenientemente lavado, pudiera circular. Pero poco después las cosas volvieron a ser como siempre. Todo volvió a su cauce. Tan sólo había que ser cautos para no ir dejando rastros. Y quitar de en medio a molestos moscardones periodistas tocapelotas. Desde que él y su hermano salieron de Irlanda en 1990 con la pasta de la LVF, la Loyalist Volunteers Force en los bolsillos para asentarse en costa levantina española las cosas les habían ido de perlas. Desde luego que debían tomar las debidas precauciones. Sabían que estaban marcados y condenados por los responsables de su ex organización. Pero sabían también que tenían otras cosas más importantes en que ocuparse en Irlanda como para que enviasen a ningún pistolero a buscarles a la Costa.

La misma receta que a Martin O´Hagan —oyó que le decía Tony a través del teléfono—; que aprendan aquí en España que esto es también Europa.

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