16
Ding, Dong II
Julio de 2006
Torrevieja
DING, DONG. El interfono de la casa de Anthony Ahern era de esos con videocámara. Esperaba que hubiese alguien dentro. Eran apenas las once de la mañana.
—¿Dígame qué se le ofrese, señor? —oí una voz de mujer con un dulce acento sudamericano a través del interfono. Intenté componer una de mis mejores sonrisas a través de la videocámara mirando de frente a quién estuviese al otro lado.
—Disculpe —le dije—, busco al señor Anthony Ahern.
—¿De parte de quién, señor?
Bien. Sergio Tusón no me había engañado al darme la dirección de Ahern. Estaba de suerte. Al menos por el momento.
—Sí, mire, me llamo Mario Candil y soy un periodista de Madrid, de la revista Gente Magazine. Me gustaría hablar con el señor Ahern sobre un asunto de su interés —le dije.
No podía perder tiempo y además sabía que la Guardia Civil podía llegar a detener al sujeto de mi interés de un momento a otro. Taboada me había avisado la noche anterior en el transcurso de la cena, que no tocase a Ahern. Pero resistirse a hacerlo habría sido una imbecilidad por mi parte.
De repente la del acento sudamericano pareció desaparecer durante un momento. Supuse que estaba recibiendo instrucciones desde dentro. No sabía si de Ahern o de algún otro secuaz suyo. Ya dije que en circunstancias similares, hacía ya algunos años, la adrenalina me habría salido por las orejas. Ya no.
Por fin, la mujer con acento sudamericano dio señales de vida.
—Y dígame señor qué se le ofrese en concreto para el señor Ahern , así que yo le pueda informar.
—¿Pero está o no está el señor Ahern en casa? —volví a insistir haciéndome el pesado.
—Bueno, mire señor; mejor me dise que es lo que le trae en concreto y yo le informaré a él —contestó la sudamericana.
—¿Pero está o no está en casa el señor Ahern? —insistí cansino.
—Pues sí señor, está, pero está ocupado ahora. Insisto que si puede desirme algo más concreto yo se lo traslado al señor Ahern de su parte.
Perfecto. El pájaro estaba dentro. Seguí con mi táctica de ir directo al grano. No había tiempo que perder. Era lo mejor. Nada de lloros, como hacían otros compañeros de oficio, sobre todo los pipiolos que trabajaban para los magazines de mañana o tarde de las distintas cadenas de televisión o los becarios a los que les encargaban meterse en temas de muertos, como si fuera fácil, y que se venían abajo ante el primer no. Lo de los porfavores y los tonos pedigüeños y llorosos lo dejaba para ellos.
—Bueno —aposté por la vía rápida—, la verdad es que necesitaría hablarle sobre una nave industrial que tiene alquilada en Catral. Parece que han encontrado un par de muertos en ella.
Percibí a través del interfono como mi interlocutora se revolvía en un movimiento de inquietud. La mujer no dijo nada durante unos segundos. Aquello debí causarle alguna impresión. Después, supuse que cuando hubo reaccionado, volvió a contestarme, aunque note en su voz una clara inflexión de debilidad.
—Espere un instante señor. Ahora le atiendo.
Estuve parado en la puerta durante casi un minuto. Un minuto de tensión, claro. No porque pensase que estaba corriendo ningún peligro, por supuesto, sino porque para mí era del máximo interés poder hablar con Tony Ahern antes de que fuese detenido. El hecho de que Taboada me hubiese aconsejado que se los dejase a ellos, que no le tocase, quería decir que no tardarían en hacerlo. Al fin y al cabo, apenas habían pasado tres días desde el hallazgo de los cadáveres de los jóvenes dublineses en su nave industrial. Ya tocaba la hora de las detenciones.
Estando en estos pensamientos, se abrió la puerta y la sudamericana me franqueó la entrada. Me hizo pasar a un salón luminoso desde el que se contemplaba una piscina de buenas dimensiones.
Tony Ahern era de una estatura considerable, Debía rondar el metro noventa o el metro noventa y cinco de estatura. Todo un gigantón que podría haberme tumbado de una bofetada en un abrir y cerrar de ojos si ese hubiese sido su deseo. Tenía el pelo rapado al cero, apuntando a pelirrojo, lo que le daba un aspecto formidable a su cabeza. Vestía de blanco, con pantalones de algodón y una especie de sahariana. Calzaba unos mocasines de marca y lucía un enorme y hortera reloj de pulsera. Se sentía su peso en oro tan sólo con verlo.
—Buenas tardes señor…—me dijo en español con acento irlandés al tiempo que se levantaba para darme la mano, momento en que percibí lo formidable de su hechura. Su brazo derecho era tan grueso como mi cabeza, calculé, y lucía el tatuaje de un alambre de espinos rodeando su gigantesco bíceps. Era uno de esos sujetos que bien podría haber aparecido como modelo en uno de lo anuncios televisivos de aparatos gimnásticos de La Tienda en Casa a las cuatro de la madrugada. Y lo tenía allí, delante de mí, para mí solo. Esperaba no atragantarme.
—Candil. Mario Candil —le dije sintiéndome un poco ridículo por aquello de la similitud de mi presentación con la del espía de Su Majestad que todos conocemos—. Perdone que haya venido, así de sopetón, a visitarle, Ya sabe que los periodistas somos como muñecos de guiñol, de un sitio para otro sin parar. En la agenda se nos juntan las citas. También las imprevistas. En fin, que para qué disculparme más. En el fondo somos unos maleducados y aquí me tiene. Gracias por recibirme.
—¿De sopetón? —preguntó. Su conocimiento del castellano no había llegado hasta la lección en que se aprendía sopetón.
—De improviso —puntualicé.
Ahern me miró a los ojos. Le sostuve la mirada del modo más impertinente que me pude permitir. Pensé que quizá el hecho de que no me invitase a sentarme tendría que ver con eso. Pero me sentía seguro de mí mismo. Ya llevaba muchas batallas en el oficio. En un sentido, me sentía como si aquella historia, de repente, no me importase lo más mínimo y que lo único que importaba era el lugar que Ahern ocupaba en ella, que los muertos, si eran suyos, estaban bien muertos, que quizá se merecieran haber muerto. Y entonces ¿qué coño hacía yo allí molestándole? Para calmar esa comezón intelectual, más bien existencial, por decirlo de algún modo, y volver a la realidad, acaricié la pequeña Cannon Ixus 750 que llevaba sujeta al cinturón. Eso puso las cosas en su sitio y me recordó para lo que estaba allí.
—Bueno señor Candil —me dijo—, al menos pareces sincero. No todo el mundo te dice las cosas así. ¿A qué debo tu visita?
Decidí ir al grano. Parecía funcionar. Era lo mejor si quería saber si podía sacar algo de información útil en una situación en que, estaba seguro, el sujeto iba negar cualquier implicación en la muerte de los dos jóvenes irlandeses encontrados en su nave.
—Como creo que su tiempo es precioso, seguro, y el mío también, como habrá adivinado por la premura y la improvisación de mi visita, no me iré por las ramas —le dije sin dejar de mirarle a sus grandes ojos azules de fría mirada en donde parecía imposible captar ninguna emoción—. He venido a Torrevieja a hacer el reportaje sobre la muerte de de dos compatriotas suyos cuyos cadáveres han sido encontrados en una nave alquilada por usted en Catral.
—¿Y a ti qué te importa esta historia? —me espetó Ahern siendo también directo y sin andarse tampoco con demasiados rodeos. Se veía a las claras que no le gustaba que yo hubiese entrado en su casa como por las puertas de la mía. Percibí que su sentimiento hacia mí era hostil, pero me resultaba indiferente. Estar dentro de su casa, delante de él, ya era una victoria. Pírrica, pero victoria al fin y al cabo desde el triste punto de vista de un periodista en busca de un pedacito sustancioso de historia. Y esa, Dios, sí, podía serlo si sabía cómo llevar el asunto y no metía la pata. Aquél sospechoso de asesinato, o de haber participado en él, me había permitido entrar en su feudo incluso cuando él pensaba que ni la Guardia Civil podía relacionarlo con el crimen. No me sentí demasiado excitado por el hecho. Decidí impresionarle, hacer una finta en la que mostrarle mis sensaciones como reportero de sucesos ya muy de vuelta de todo, provocando que siguiera manteniendo un cierto interés sobre mí. Mostrarme ante él como me había mostrado cientos de veces antes en situaciones delicadas a otras personas que habían sufrido en propia carne el escarnio de un drama con resultado de muerte violenta: como si fuese un periodista al uso. Aquí era igual, sólo que a la inversa; me encontraba ante un presunto asesino, no ante una víctima. Pero la técnica, si es que puedo llamar así al estado mental que me provocan esas situaciones, funcionaba igual para ambos casos.
—Pues si le digo la verdad, me importa bien poco lo de las muertes de esos dos y los motivos por los que alguien decidió que tenían que morir. Considero que esos motivos son patrimonio del autor intelectual de las muertes. De hecho lo que me gustaría es estar en mi casa echando el rato con alguna amiguita o mirando el cielo de Madrid. Pero me pagan por escribirla. Y me pagan por escribirla porque mi revista puede cobrar un montón de dinero en concepto de publicidad si publica historias como estas y otras parecidas. Todas ellas se salen de lo común. Hay gente que las lee, gente a la que sí le importan estas historias. Si tuviera tiempo le contaría a usted la anécdota de un patricio romano que no quería nunca asistir al circo para ver como los leones destrozaban a los cristianos. Al final a todos los patricios termina por gustarles la sangre. Yo no soy sino un maestro de ceremonias del espectáculo. Pero no tengo tiempo. Así que debo preguntarle, en nombre de los lectores de mi revista y de los encargados de su departamento de publicidad, que cómo es que en la nave industrial que usted tiene aún alquilada en el Polígono de San Juan en Catral, han sido encontrados dos cadáveres y que si usted ha tenido algo que ver en ello. Nada más.
Ahern se quedó mirándome de modo muy fijo y tranquilo. Dios. Aquellos ojos claros infundían miedo de verdad. Si hubiera tenido una pistola en la mano apuntándome a la cara me habría desmayado. Por un momento se quedó pensativo, calibrando mis reacciones. Desde luego, concluí, había conseguido que cayese en la trampa que le había tendido para hacerle creer que no me comportaba como un periodista al uso.
—¿Y cómo sabes y das por hecho que yo soy el arrendador de esa nave?
Debía mostrarme rápido de reflejos.
—Lo sé —le dije.
—Lo sabes. Bien. Y si yo te dijese, vamos a suponer tan sólo, claro, que sí he tenido que ver con la muerte de esos dos, ¿crees que saldrías de,…a ver como dicen aquí en España… de rositas de mi casa?
Aquello era una amenaza que ya tenía prevista. Si aquél sospechoso de asesinato hubiera querido matarme, ya lo habría hecho. Y desde luego que si tuviese planeado hacerlo más adelante, no habría perdido el tiempo avisándome con antelación. Si pretendía asustarme no lo estaba consiguiendo. O al menos no al cien por cien. Podría contar tres o cuatro situaciones jodidas, por la que había tenido que pasar en la que ya empezaba a ser mi larga vida como periodista de sucesos, en las que sí había pasado miedo de verdad.
—¿Por qué no? —le espeté con la seguridad de mis hipótesis.
—¿Por qué no, Candil? —me contestó pisando mis palabras, elevando el tono de voz, intentando intimidarme, los enormes brazos cruzados delante de su descomunal pecho moldeado en cien gimnasios e intentando hacerme comprender que mi pregunta era una estupidez fuera de lugar digna de un pobre imbécil. Debía ser rápido. Y tenía preparada mi respuesta, claro.
—Yo no soy policía señor Ahern. Yo no voy a detenerle a usted, ni voy a salir corriendo de aquí hasta la primera Comisaría de Policía que encuentre para señalarle a usted con mi dedo acusador. No me sobrevalore. Tan sólo soy un tipo curioso.
Ahern se quedó pensativo un instante, valorando lo que le acababa de decir. Desde luego que debía haberle impresionado, o yo valía menos de lo que en me tengo.
—Siéntate Candil. ¿Te apetece tomar algo? —me dijo al fin. Había mordido el anzuelo.
—Una cerveza bien fresca me vendría fenomenal —y era cierto.
—¿Una pinta de Guinness auténtica, quizá una de Brown Ale?
—Mejor una pinta de Brown Ale. Gracias.
Ahern llamó a la empleada sudamericana que me había atendido a través del interfono y le encargó las cervezas.
—Una Brown Ale para el señor Candil y otra para mí. A ver si la sabes tirar bien, cariño —le advirtió alargando mucho las palabras—. Tengo mis propios barriles de cerveza irlandesa auténtica, como se puede imaginar. Y le he enseñado a Betty a tirarla. No se le da mal, pero estos indios no son buenos para esos menesteres —terminó de decir sin considerar si me podía o no me podía molestar su jodido comentario racista. Yo me limité a admirar las melosas redondeces de Betty, que no debía pasar de los veintidós años, y las preciosas y bien formadas piernas que lucían bajo una falda de uniforme a finas rayas azules y blancas bien planchado que subían un palmo por encima de sus rodillas. Luego me volví hacia Ahern y me quedé mirándole, esperando que respondiese a mi último reto. Los dos quedamos en silencio durante unos instantes. Ahern mostraba una expresión de apariencia divertida que era de todo menos divertida de verdad, supuse.
—Vaya —dijo por fin rompiendo el hielo, justo en el momento en que Betty llegaba con las dos jarras de cerveza, con apariencia de haber sido tiradas con total profesionalidad, sobre una bandeja—, ya veo que no eres policía ni un chivato. Y he de confesarte que me sorprende tu punto de vista sobre que podría confesarte que he tenido algo que ver con la muerte de esos dos y que después podría dejarte ir tan tranquilo. Puestas así las cosas, de verdad que me habría gustado tener algo que ver en esas muertes para darte gusto y así habría podido comprobar cómo te las habrías arreglado para narrar todos los detalles de esta historia sin salpicarme. Pero tengo que decepcionarte: no tengo ni idea de cómo llegaron esos dos a mi nave de Catral.
Se produjo un nuevo silencio lleno de matices valorativos entre Ahern y yo y aproveché para dar un largo trago a la cerveza.
—Ya veo —dije dando un respingo de placer tras sentir el frescor de la aromática Brown Ale bajarme por el gaznate—. Tampoco Sergio Tusón, su arrendador. Tampoco, seguro, tiene que ver en todo este tema que la Guardia Civil ya hubiese hecho un registro en otra nave de Tusón por un asunto de tráfico de drogas. Seguro que debo entonces suponer que usted realquiló la nave a un tercero, ¿cierto? —apoyé, dándole a entender sin ambages un cierto aire de credulidad artificiosa por mi parte.
En ese momento la mirada de Ahern se había suavizado, se había convertido, como decirlo, casi en paternal, a pesar de que él y yo debíamos tener la misma edad.
—Cierto —contestó—. Se la realquilé a un tercero. Y ahí acaba la historia. Pero de todos modos, ya que parece que puedo fiarme de ti, me placería informarte de cómo se habrían desarrollado los hechos si yo hubiera tenido algo que ver en esas muertes.
¡Cielos! Me iba a confesar cómo y por qué se habían cargado a los dos jóvenes dublineses.
—Adelante —le invité a hablar mientras me acomodaba más en el sofá y examinaba alguna ruta de escape rápida, por si acaso. Incluso valoré el efecto que mi cabeza podría causar sobre su estómago antes de que pudiera echarme el guante con sus hercúleas manazas.
—¿No tomas notas? —me insinuó aún sabiendo que en ese instante era lo menos importante.
—No las necesito; tengo buen disco duro —contesté.
—Pues graba esto en él. Imagina que un par de jóvenes han salido echando leches de Irlanda después de una guerra entre bandas. Son jóvenes, como te digo, y se creen fuertes. Se creen que pueden con todo, pasar por encima de los mayores y pisarles sus intereses sin más, porque son jóvenes. Podrían tener cabida, dado su valentía, en el reparto de la tarta, siempre y cuando respetaran unas reglas mínimas y mostraran afán por aprender dónde se puede meter el pié y dónde no. Imagina que estos chicos se vienen a la Costa a organizar su negocio y que no solo intentan romper el mercado a los que ya llevamos asentados aquí muchos años, sino que además enseñan los dientes a esos mismos que ya llevamos asentados aquí muchos años. Muchos, Candil. Y esa, si quieres que te diga la verdad, es mucha gente. Están los rusos, están los italianos, los franceses y albano kosovares, los marroquíes. Pero en fin, imaginemos que hemos sido los irlandeses, que, tal como te dije, imaginando por imaginar, he sido yo el encargado de organizar su desaparición en nombre de los irlandeses. Imagínate además, que esos jóvenes deben hacer frente a una deuda contraída por el préstamo de doscientos mil euros a cuenta para la compra de trescientos kilos de polvo blanco. Imagínate que la persona encargada de cobrar la deuda muere de forma natural. Sí, no te rías, de forma natural a causa de un infarto de miocardio, y que estos dos deciden quedarse con el dinero aprovechando la tesitura Imagina la mala leche ¿decís así? que se le queda al Boss. Y el Boss lo organiza todo para eliminarlos. Es justo ¿no es así? Se podría hacer un guión con todo ello si le metes algunos componentes más a la historia, Candil, seguro.
—Puedo imaginar —le confirmé en un hilo de voz mientras imaginaba lo que me contaba Tony Ahern porque era consciente de que me estaba confesando el móvil— y hasta casi puedo experimentar un sentimiento de empatía con lo que me dice —terminé, por continuar con mi vieja táctica de parecer cualquier cosa menos un periodista y aparentar estar del lado de los malos. Pero percibí en la expresión del gigantón irlandés, que no colaba. Quizá estaba siendo demasiado artificioso con él.
—No me engañes, Candil. No puedes sentir empatía con lo que estoy imaginando para ti que podría haber sucedido. No lo estropees.
Me quedé callado. Compuse una pose para hacerle ver, de nuevo, que me importaba bien poco su consideración sobre si mi empatía era real o fingida.
—En fin —continuó Ahern —, estos jóvenes vinieron buscando tener más espacio que nadie al sol de la Costa.
—Y se quemaron las alas, como Ícaro, ¿no?
—Exacto, por muy vulgar que te pueda parecer, mi comparación no es exagerada. En Corduff, el barrio del sudoeste dublinés de donde estos procedían, se echa mucho de menos el sol. En Irlanda, todos echamos de menos el sol. Aquí en La Costa hay sol para todos mientras no te metas en los pantalones del otro a tomarlo.
—Y entonces fue cuando alguien ordenó que esas alas debían ser cortadas y allí estaba la nave de Catral que le tenía alquilada a Sergio Tusón, ¿verdad? Y me pregunto, le pregunto ahora, todo imaginado, claro, ¿quién es ese alguien que se puso de muy mala leche por el engaño de los chicos? —decidí ya tomar el toro por los cuernos porque tampoco era cuestión de continuar alargando una conversación que no sabía hasta dónde podía llegar. Además, por primera vez en aquella historia, un sexto sentido me indicaba un cierto peligroso en aquella situación. A veces, pensé, haber hecho tantos reportajes delicados, haber cubierto tantos homicidios y asesinatos, me podían haber hecho perder la noción de la realidad. Y la realidad era que aquél hombre me estaba confesando haber tenido que ver con el crimen. La cuestión era, y ahora una cierta paranoia me hacía ponerlo en duda llevándome por un instante a llamarme imbécil a mí mismo, si había picado el anzuelo cuando le dije con total convicción que yo ni era un soplón ni era un policía que hubiese ido a su casa a detenerle, que sólo era un tipo curioso, un maestro de ceremonias que presentaba el espectáculo en el Circo de Roma y debía conocer bien los entresijos del espectáculo para no errar la presentación.
—Demasiada imaginación, querido Candil. Pero sí, claro que hubo alguien que decidió que había eliminar a esos dos molestos jóvenes y está allí, en Irlanda.
—Y ese alguien —le espeté lanzándome al vacío— tiene algo que ver con una tal Geraldine Griffin y su hija Tracey.
Ahern consideró un instante mi pregunta. Su mirada continuaba siendo dulce, lo que me descolocaba bastante.
—Sí —dijo endureciendo un poco el tono—. Tú lo has dicho. Veo que eres un chico listo. Para importarte poco esta historia, pareces estar muy metido en ella.
—Me está empezando a encantar la historia, señor Ahern —practiqué otra finta—. Ahora mi trabajo empieza a tomar sentido. En primer lugar, me puede creer, me esforzaré por dejarle a usted indemne —ahora el temor producto de la paranoia anterior me hacia reiterarle, de modo ridículo y patético, bien es verdad, que él podría confiar en mí, que podía estar seguro de que yo no era un chivato—. Tendré que citarle, claro está, con un nombre falso, pero puede creerme que respetaré su identidad real.
—Claro está —asintió Ahern mientras tomé conciencia por un instante de que aquél hombre podía tener más información sobre mi futuro que yo mismo, lo que me provocó una sensación muy inquietante.
—Entonces, si es así, continúe con su supuesto. Cuénteme quiénes son Geraldine Griffin y su hija.
—¿Conoces la historia de Verónica Greany?
—No —me sentí fuera de juego.
—Fue una periodista irlandesa que murió asesinada de seis tiros en junio de 1996 en Dublin —informó—. Metió demasiado las narices en los asuntos de alguien. Indaga sobre ella y sabrás quiénes son las Griffin —me dijo como si quisiera advertirme de algo, o eso pensé, y como si quisiera ir también zanjando el tema de repente, aunque el nuevo dato, desde luego, me resultaba muy útil a la hora de desvelar la autoría intelectual del asesinato de los jóvenes cuyos cuerpos fueron encontrados en su nave industrial.
—Greany —repetí aparentando más interés del que sentía en realidad—. Permítame que esto sí lo anote en mi cuaderno de notas.
Entonces el teléfono móvil de Tony Ahern comenzó a berrear.
—Discúlpame un momento, Candil —se excusó Ahern mientras yo anotaba el nombre de la tal Verónica Greany en mi cuaderno de notas—. Sí, sí Adelante con ello —oí que hablaba Ahern con su interlocutor telefónico—. Más o menos en cinco minutos. Ya sabes que después nos encontraremos en Marruecos. Salgo hoy mismo de viaje para allí.
Vaya. Se iba a Marruecos. Le había pillado de auténtica chiripa. Me quedé mirándole con cierta curiosidad mientras guardaba el cuaderno de notas en mi cartera de cuero. Supe que la entrevista, por llamarlo de algún modo, estaba llegando a su fin.
—Bueno Candil,…creo que hasta aquí hemos llegado —confirmó mis sospechas—. Otras obligaciones me reclaman. Espero haberte servido de ayuda. Y supongo que puedo confiar en tu palabra. Sé que no vas a denunciarme. Estoy seguro —recalcó con un cierto sarcasmo que no supe interpretar.
Terminé de apurar la Brown Ale y me levanté. Ahern me acompañó hasta la salida. Ya en la puerta, antes de bajar los tres escalones que daban acceso al jardincillo me volví hacia él.
—Muchas gracias por su información —le dije, y saliéndome del alma, tras tantos años de oficio ya tengo serias dudas sobre quiénes son los buenos y quiénes los malos, no pude dejar de advertirle: —Tenga cuidado. Yo en su lugar ya habría desaparecido de la zona.
—Adiós, Candil —respondió con frialdad Ahern, tras de lo cual entró de nuevo en su casa. Crucé el minúsculo jardín en dirección a la pequeña cancela de salida a la calle. Entonces, concluí para mí, sonriendo como un estúpido, que la paranoia que me había atenazado no hacía ni cinco minutos, no tenía razón de ser. Como todas las paranoias. Y me sentí ridículo, como tantas otras veces me había ocurrido, por haber sentido miedo. En un sentido, con mi advertencia a Ahern para que desapareciera, estaba traicionando a mis dos protagonistas, los muertos, mis chicos, pero volví a mi pensamiento anterior sobre que a aquellas alturas no sabía dónde estaba el bien y dónde el mal. En el fondo, pensé, tantos años de experiencia no me habían llevado sino a tener más dudas. Qué pérdida de tiempo. También me sentí ridículo por esto. El perro de la casa de al lado, aullaba con voz sorda en su jardín. Esperaba que no fuese un presagio de mal agüero. Empujé la cancela que daba acceso a la Calle del Mar.
Hacía un buen rato que Tony Ahern no había utilizado su móvil. La rutina y el tedio hicieron bostezar al guardia encargado de oír y de grabar sus conversaciones telefónicas desde uno de los despachos de la Comandancia de Alicante. Eran las doce y tres minutos del medio día y llevaba en este cometido desde las siete de la mañana. Salvo una conversación en la que el tal Ahern le decía a alguien que un tal Sergio Tusón empezaba a causar problemas y que debía vigilar a un periodista venido de Madrid, cosa que le pareció digno de reseñar y de comentarles a los de Judicial antes de pasarles el informe, toda la mañana el teléfono había permanecido mudo. Se rascó la calva con ojos perdidos en la pantalla del ordenador y se levantó un momento en dirección a la máquina de bebidas instalada en el pasillo. De todos modos el tipo aquél, pensó el guardia, no tardaría en estar en los calabozos de la Comandancia. Hacía ya media hora que los de la Judicial habían partido para organizar su detención. Justo cuando se levantaba de su silla buscándose unas monedas en los bolsillos del pantalón para sacar un café con leche de la máquina, Tony Ahern volvía a llamar a Donald Molony. De los auriculares de los cascos que reposaban sobre la formica de la mesa salieron unas voces metálicas y lejanas que el software diseñado para tal función grababa al disco duro del ordenador:
—Lo tengo aquí mismo en la puerta de mi casa. El capullo de Tusón tenía razón. Este tipo tiene cojones y va directo al grano sin ambages. La misma receta que a Martin O´Hagan; que empiecen a aprender aquí en España que esto es también Europa.
—¿Urgente?
—Muy urgente Don… Llama a Gary ahora mismo. Tiene que ser al salir de mi casa. No me puedo arriesgar a que de aquí vaya a la Guardia Civil con el cuento de que me ha encontrado para anotarse una medalla. Yo le entretendré un rato. Cuando salga que caiga delante de la puerta de mi casa. No debe ir más lejos. Después yo me largo. Cuando todo haya pasado nos veremos en Marruecos.
—Gary le ha estado siguiendo a todas partes desde que salió del Hotel La Zenia esta mañana temprano. Ha estado en Alcoy en la oficina de una empresa de teatro callejero. Averiguaremos a quién ha estado viendo y para qué más tarde. Estate tranquilo. Ahora Gary ya debe estar apostado fuera de tu casa. Quizá está a punto de llamarme.
—Lo sé. Pero antes llámale tú y transmítele las indicaciones pertinentes. Supongo que llevará toda la herramienta necesaria, incluyendo el silenciador.
—Toda la necesaria, Tony. No te preocupes. Considera a este mierda como historia.
—Ahora me voy a recibirle. Le he dicho a Betty que le haga pasar. Espero que a Donald se le de bien.
—No te preocupes por eso, Tony. A Gary no le tiembla el pulso. Recuerda qué bien resolvió el problema de los Westies.
—Espero que no haya perdido práctica. Dile que deje pasar media hora y luego, esté listo y en línea. Después de pasada esa media hora dile que me llame al teléfono móvil. Será el momento en que le confirme personalmente la orden y le de puerta al plumífero. Seré el primero en ver a través de mi ventana si el espectáculo ha tenido éxito. Adiós”.
Justo en el momento de ese Adiós, la pantalla de ordenador se quedaba en negro —estaba configurada para el ahorro de energía tras dos minutos de inactividad—, el guardia se sentaba de nuevo a su mesa, pegaba un sorbo al inmundo brebaje que la máquina expendedora llamaba café con leche, se volvía a poner los cascos en la cabeza con parsimonia y abría un ejemplar de una revista del corazón que había colocado esa mañana en su mesa de trabajo y que hablaba sobre los supuestos malos tratos que le infligió en vida a Carmina Ordóñez su ex marido, un bailarín de segunda fila. Al otro lado de la línea no oía sino silencio. Justo a las doce y treinta y cinco movió el ratón del ordenador de forma accidental, la pantalla cobró vida de nuevo y pudo ver las líneas de actividad de la conversación mantenida media hora antes desde el teléfono de Tony Ahern. Rebobinó a través del software encargado de la grabación y pudo oír la orden que Tony Ahern daba a Donald Molony para que se cargara a aquél periodista venido de Madrid. Joder qué fuerte, pensó. Pero ya era demasiado tarde.