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Hola, soy un fantasma (2)

No se preocupen. No les voy a aburrir contándoles toda mi vida. Sólo los hitos que la marcaron y que les ayudarán en la comprensión y desentrañado de este, ¿cómo llamarlo?, diario o crónica de ultratumba de mi devenir.

Soy detective privado, tal como les acaba de descubrir la inspectora Ferragut. Mejor dicho, era detective privado. Lo fui desde los veinticinco años hasta los treinta y seis en que…, bueno ya saben.

Había estudiado Derecho en la Complutense de Madrid y había acabado la carrera con veintitrés.  Mi familia no era rica, ni yo tenía madera de emprendedor, de modo que nunca monté bufete propio. Me especialicé en Derecho Penal y trabajé desde los 23 hasta los 25 en dos bufetes de abogados como pasante, sin pena ni gloria, hasta que un día, en el último, uno de los clientes choro de uno de mis jefes me insinuó que estudiase criminología. Mi jefe se me quedó mirando de soslayo con expresión de “ni puto caso”. Pero siempre me he fiado más del criterio de un choro que del de un jefe. Dicho y hecho. Me matriculé en criminología y terminé la diplomatura dos añitos después. Durante el primer curso, un bedel de la Facultad al que no sé cómo le caí tan bien como para que me invitase a todas las copas que fuese capaz de engullir en el bar, y como para estar al tanto de mis intereses por cambiar de ocupación, me informó de que alguien había colocado en el tablón de anuncios una oferta de trabajo de “La minuciosa. Agencia de detectives”. No tardé ni cinco minutos en llamarles por teléfono para concertar una entrevista personal. Fui aceptado sin demasiada minuciosidad, dicho sea de paso, y comencé a trabajar muy pronto para ellos en mi primer caso; vigilar al empleado de una empresa de brókeres que decía estar de baja por haberse roto las dos piernas en una de las pistas de esquí de Saint Moritz. No me fue demasiado difícil desenmascararle. Una semana después de haberse producido su supuesto accidente, me había presentado sin más en las oficinas del médico del seguro que había certificado lo de sus dos piernas rotas. Le acusé, sin anestesia, en nombre de la Policía Científica —el fulano se puso tan nervioso que ni se preguntó qué coño podía pintar la Policía Científica en un caso como aquél— de haber falsificado su informe médico en favor del bróker a cambio de una cantidad de dinero.

—Quinientos euros, pero por favor, no me denuncie. Ha sido la primera vez, me cago en mi suerte—dijo.

Extraje un documento que ya llevaba preparado y le hice firmar la confesión con la promesa por mi parte de que nunca se sabría nada de lo suyo y por la suya de que jamás volvería poner el cazo.  El tipo picó, pero además, para apoyar, saqué la cámara y le tiré una foto de la cara de gilipollas que se le había quedado. Todo eso, más la grabación oculta que había hecho de todo el proceso, sirvió para que el informe que elaboré fuese alabado por el cliente de mi jefe con grandes alharacas. Me largué de la consulta del galeno dejándole allí con los pantalones meados y esa cara suya. Por si todo eso había sido poco, al día siguiente grabé un video del bróker subiendo a un avión que le llevase de vuelta a Saint Moritz, quizá para procurar partirse los dos brazos esta vez, porque las piernas no las llevaba escayoladas. El trabajo estuvo hecho en cuarenta y ocho horas. El propietario de La Minuciosa me puso delante un contrato.

—Es indefinido. Firma —dijo lacónico.

 En la empresa éramos tres, contando con Purificación. Y así fue durante los diez años que permanecí en plantilla. Tres para encargamos de todos los casos que se le presentaban a Sigfredo Gálvez Sanz, el titular de La minuciosa. Agencia de detectives. Y tres, debo decir, contando también con él.

El sueldo no era generoso. Pero aunque lo hubiese sido, también habría puesto en práctica la idea que me vino a la cabeza a raíz de la pregunta que me hice en mi primer trabajo, cuando retrataba subiendo la escalerilla del avión de una low cost al bróker traidor; ¿cuánto me pagaría este capullo a cambio de que ocultase toda la información y los documentos probatorios de su estafa? Chantajista de mierda, dirán ustedes. Sí.

No me extenderé mucho en los detalles sobre aquellos maravillosos años. Baste decir que de cada cinco trabajos fallaba uno, y después uno de cada seis, para pasar a fallar uno de cada ocho, y volver a fallar uno de cada cinco. De este modo sería difícil que Sigfredo Gálvez Sanz  llegase a sospechar mis enjuagues. Fueron diez años que pasaron entre bares cercanos a hoteles de mala muerte en que tíos y tías ponían los cuernos a sus respectivos, bares frente a domicilios de gente víctimas de accidentes laborales, y bares frente a empresas a las que directivos de otras empresas pasaban información sensible. Nunca pasé del espionaje industrial. Estas labores siempre me permitían poner en práctica otra de mis actividades favoritas: beber. Beber largos tragos de ginebra con hielo y limón —nunca con pepino belga, eso es una horterada—. Y tirar un montón de fotos, elaborar un montón de informes que luego iban a parar a los bolsillos de nuestros clientes, y ocultar otros tantos a cambio de, según el caso, 1000, 500, 300, 200, o 100 €. No era mucha pasta, pero me ayudaban a pagar el alquiler.

Aunque no sea necesario extenderme en más detalles sobre aquellos maravillosos años, convendrán conmigo en que sí sería de rigor que les narrase con un poquito más de profundidad el caso que llevó a aquél tipo mal encarado a plantarme la negra bocacha de su pistolón entre mis bonitas cejas y apretar el gatillo sin más preámbulos. Pero eso, queridos mortales, será si estos torpes intentos míos por narrarles los pormenores de mi nuevo estado, no ha matado su curiosidad y se atreven a hincarle el diente a mi tercera comunicación desde el mundo de los muertos hacia el mundo de ustedes, los estúpidos vivos.

Pedro Avilés (C) 2012
Ilustraciones Victor Pintado (C) 2012

6 Comments

  1. No molestas en tanto y en cuanto tan solo opines sobre literatura y sobre esta novela por entregas.

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