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Hola, soy un fantasma (4)

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Primero de nada me veo en la obligación de explicarles en detalle la mecánica por la que  consigo contactar con ustedes desde el más allá y el porqué de tal obligación.

Como fantasma pronto descubrí dos cosas: uno, que los ángeles existen y dos, que los fantasmas también nos asustamos. Lo primero se lo paso a explicar a continuación. Lo segundo, también.

Dos días después de encontrarme en mi nuevo estado gaseoso estaba sentado en el banco de un parque a dónde las mamás llevan a sus niños a los columpios. Era una costumbre que había tomado durante muchas de las largas esperas que tuve que hacer como detective. No hay visión más reconfortante que los traseros de estas señoras en posturas imposibles cuando se afanan en que sus vástagos mantengan intactos los dientes al deslizarse cabeza abajo en los toboganes. No digamos nada si las susodichas mamás usan falda. Bien, dirán que soy un pervertido y un mirón. Sí, también. Ahora tengo una ventaja considerable sobre todos ustedes. Estaba en esas, como digo, cuando un tipo rubio, alto, de ojos azules y vestido con un traje blanco de cuello alto ribeteado en oro y pantalones campana tipo Elvis se sentó a mi lado. En principio no le hice el menor caso. A los fantasmas ya no nos impresionan los frikies. Mi experiencia como ente del más allá durante las últimas veinticuatro horas me enseñó que nadie puede ver a los fantasmas. Pero cuál no sería mi sorpresa cuando aquél dechado de belleza hortera me agarró amigablemente del antebrazo.

—Interesante ¿eh? —dijo sin quitar ojo a los traseros de las señoras en los toboganes.

—¡Coño! —di un respingo.

—Siempre pasa la primera vez.

—¿El qué?

—Que los fantasmas se asusten.

—¿Y tú quién coño eres? —le pregunté todavía cabreado por el sobresalto.

—Tu ángel de la guarda.

Una cosa es estar muerto y tener conciencia de ello, que ya es bastante traumático en cierto sentido, y otra muy distinta que te destrocen todos los esquemas y seguridades que habías dado como buenas estando en vida. La última vez que había echado mano del concepto “ángel de la guarda”, tenía cinco años y mi tía, a mi lado, me hacía arrodillarme a los pies de la cama mientras me dictaba aquello de lo de la dulce compañía y que no me desamparase ni de noche ni de día pues sin él me perdería y toda esa mierda.

—Demuéstramelo —dije sabiendo que, llegados a ese punto, seguro que me lo iba a demostrar.

—¡Shimmmm Shalabimmmm. Shimmmm  Shalabammmm, ahora maravillas verás! —dijo adoptando una inflexión de voz teatral de espectáculo barato de mago de circo de tercera fila.

—Sí, ya. ¿Y?

—Mira delante de tus narices, fantasma de poca fe.

Si los fantasmas tuviésemos sangre y alguien me hubiese pinchado –por ejemplo el hortera sentado a mi lado identificado como mi ángel de la guarda, que por el momento parecía ser el único con capacidad para tocarme- no habría soltado ni una gota. Allí, en los columpios, el grupo de madres continuaban en su afán de impedir que sus nenes se dejasen los dientes en la arena ¡completamente desnudas!

—¿Eh? —dijo con una sonrisa bobalicona autosuficiente.

Intenté contestar, pero solo balbucí una frase inconexa. Después de un pestañeo mi atención volvió al espectáculo de los toboganes, pero las mamás ya estaban vestidas otra vez. Miré a mi interlocutor con una súplica en la mirada.

—No hay más —dijo muy sobrado de sí mismo—. Pero esto es algo que tú podrás hacer en cuanto que practiques un poco, jé jé jé jé —añadió en un tono angelical y picarón mientras hacía ondular con un movimiento muy femenino la capita de Elvis que le cubría los hombros.

Coño, ¿gay además de ángel? ¡Todos los esquemas, todos, a tomar por culo.

—Ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares ni…

—Basta, basta, ya está bien, corta esa monserga —dijo impidiendo que continuase con la oración que mi tía me enseñó en la infancia y con la que  intentaba impresionar y caerle bien a mi ángel de la guarda porque, tengo que confesarlo, aquella manifestación de su magia angelical me había impresionado de verdad—. No es necesario que reces ni que hagas ninguna gilipollez similar. Ni que pienses si soy gay y todo ese rollo humano. La cosa es más simple. Los ángeles somos una manifestación superior de lo que queda de los humanos que se lo merecen cuando la palman —dijo—. Si me preguntas si Dios existe y todas esas pajas mentales que atenazan a los mortales, no te sé decir. Quizá los dioses seamos nosotros, porque la verdad, vivir como un ángel tiene sus ventajas…, y te sientes como dios. Puede que tú también lo seas algún día. Yo no lo sé, eso depende del jefe.

—¿Dios?

—¡Joder!, ¿qué te acabo de decir, eres tonto o qué?

—Ehhh…

—También aquí hay categorías, la más inferior de las cuales, todo hay que decirlo, la componéis tú y los otros fantasmas. Pero bueno, dejémonos de tonterías, que tengo algo de prisa. Si estoy aquí es porque tengo que pedirte un favor.

Lo cierto es que después de lo que me había ocurrido durante las últimas veinticuatro en mi existencia, como humano y como fantasma, ya había pocas cosas me pudiesen impresionar. Ni siquiera que mi ángel de la guarda se me presentara en un parque vestido de Elvis para pedirme un favor.

—Venga, dispara —dije como si todo fuese normal.

—Quiero que escribas tu investigación de ultratumba para averiguar quién coño te envió a este mundo. Ni siquiera los ángeles podemos saber esas cosas y además no nos interesan las cuestiones morales, pero es que tengo que hacerle un favor a un colega al que un humano le está dando la brasa todo el tiempo para que le eche un cable.

Antes mentí: mi capacidad de sorpresa, todo hay que decirlo, seguía intacta después de aquella petición.

—Pe…, pe…, pero…

—Se trata de un escritor. Es un tarambana y un tonto del haba, que dice que es escéptico y todo ese discurso de los intelectuales humanos, pero que no para de darle la barrila a este colega mío, su ángel de la guarda, con el rollo de que le convierta en un escritor famoso y de éxito. Mi colega me ha pedido el favor, yo te lo pido a ti. Tienes que ponerte en contacto con el escritor y pasarle la crónica semanal de lo que averigües sobre quien mandó matarte y el rollo ese de tu vida.

—Pero…

—Ná. No te preocupes.  Estas facultades te habrían llegado después de un año como fantasma, pero con otro Shimmmm Shalabimmmm. Shimmmm  Shalabammmm, eso sí, acabado en “ahora maravillas harás”, te ahorro el trabajo de todo un año para aprender a utilizar tus facultades fantasmales y te doto con un montón de cualidades nuevas de las que puedes hacer uso en cuanto que yo…

—¡Espera, espera! —rogué, porque todo aquello empezaba a desbordarme. Todo en vano.

—!Shimmmm Shalabimmmm. Shimmmm  Shalabammmm, ahora maravillas harás! —gritó igual de teatrero que la vez anterior mi ángel de la guarda.

—¿Y ahora qué? —pregunté. Pero, de repente, el banco estaba vacío.

—¡Joder! —dije. Y luego de un rato, estando un poco mohíno, volví mi atención sobre las señoras y sus niños— Shimmmm Shalabimmmm. Shimmmm  Shalabammmm, ahora desnudas os quedaréis —mascullé también teatralmente. Pero nada. Entre las cualidades de que me había dotado mi ángel de la guarda, no estaba la de poder desnudar al personal. O yo no había sabido utilizarla.

Me quedé pensativo sentado en aquél banco del parque y me quedo pensando ahora que tendría que haberles contado también, en esta tercera crónica de mi devenir, cómo fue mi entrevista en el Café Gijón con Matilde Sonsoles de Carvajal y Lucientes, la mujer del presidente del Banco Industrial de Santander y Guipúzcoa pero se me ha ido el tiempo y el espacio. Luego entonces, todo lo cual se lo narraré en la quinta entrega. Porque, además de lo dicho, también tendré que contarles el cómo me puse en contacto con el escritor en concreto al que le estoy ya pasando semanalmente estas crónicas y el susto que le di al encargarle que vaya publicando en su blog todas mis cuitas. Todavía me estoy descojonando.

Pedro Avilés (C) 2012
Ilustraciones Victor Pintado (C) 2012

 

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