12

Hola, soy un fantasma (1)

Hola, soy un fantasma. No. No uno de esos que se tiran el rollo delante de la gente, uno de los que podemos decir, con total propiedad, que son aprendices de todo y maestros de nada, de aquellos que cacarean ufanos entre su círculo de amigotes que se tiraron a la secretaria buenaza del jefe en un fin de semana romántico de Parador, cuando en realidad pasan sus horas de asueto sexual pelándosela, como titi histérico en zoológico,  pegado a la mejor página web pornográfica de su carpeta de favoritos. No. No soy de esos, aunque no puedo descartar que alguien de mi  círculo de conocidos me llamase  así a mis espaldas cuando estaba vivo.

Soy un fantasma de verdad. Ya sé que esto parece un contrasentido, y lo sería, si no  fuese porque es tan real como la miserable existencia que llevé en vida. Porque la idea de fantasma, de ente remanente de persona vivita y coleando que se piensa a sí mismo tras su probada defunción, resulta absurda…, o lo resultaba de manera inequívoca para alguien como yo, pobre imbécil materialista pegado al cientifismo radical hasta el límite de sostener con virulenta saña ante magos, videntes, mercachifles echa cartas,  magufos, brujos de medio pelo y fauna similar, que todo lo que la ciencia no puede demostrar no existe. Pues no. Aunque ellos no lo sepan, ni lo puedan saber, yo estaba equivocado. Ni la ciencia, ni esa tribu variopinta, pueden demostrar que exista algo después de la muerte. Yo sí. Lo supe de modo científico —menuda paradoja—, entre una hora y dos, más o menos, después de que aquél tipo me hubiese puesto el cañón de su pistola entre ceja y ceja y hubiese apretado el gatillo dándome pasaporte.

¿Por qué asevero con tanta seguridad que fue entre una hora y dos después cuando tuve conciencia plena de que era un ente fantasmal? Fácil. Había abierto los ojos, vamos, no los ojos tal como los conocemos, sino los de la conciencia, supongo, cuando un tipo gordo con bigote y una  chaqueta a cuadros, que olía a sebo de forma insoportable —los fantasmas no hemos perdido la capacidad olfativa —hurgaba con sus manos enguantadas de látex en el bolsillo interior de mi chaqueta en busca de mi documentación. Aquél tipo no podía ser más que madero. Sé que los de Homicidios suelen acudir al lugar del crimen más o menos entre una hora y dos después de haberse producido un delito, dependiendo del lugar en que se encuentre el occiso.

—¡Eh, oiga, qué hace, que estoy vivo! —fue mi primera reacción tras despertar de aquella guisa para descubrir también que,  al igual que los fantasmas no hemos perdido la capacidad olfativa, sí que hemos perdido la de comunicarnos con los demás de viva voz, lo que me hizo intuir en ese momento que, una de dos, o estaba afónico…, o muerto.

Como no estaba afónico, sino lo otro, es de comprender que aquella nueva situación me produjese una gran desazón hasta justo el momento en que entró en mi cerebro, nítido, como un caballo desbocado en una tienda de Porcelanosa, el recuerdo del tipo con la pistola en mi entrecejo y el sonido de la detonación en mi última décima de segundo de vida. No había duda de que tras un suceso como el descrito uno debe estar más que muerto. Pero por si este recuerdo era engañoso, como lo son casi todos los recuerdos, lo que terminó por confirmar mi estado gaseoso fue el hecho de haberme levantado del asfalto de aquella calle sacudiéndome el polvo para comprobar con estupor que mis despojos seguían siendo mancillados por aquél tipo y por una tía buenísima que se le acababa de unir en el empeño y que se inclinaba en cuclillas sobre mi cadáver, dejando entrever buena parte de la rabadilla de un culo de cine embutido en unos estrechos vaqueros de talle bajo que mostraban, también a las claras, el arranque de puntillitas de unas bragas color azul metálico bastante tentador.

—Ramiro Cardenal Llopis. Natural de Santa Pola, Alicante. Treinta y seis años residente en Calle del Besugo 35, 5º 2. ¿Cómo coño puede nadie vivir en una Calle del Besugo? —dijo el gordo leyendo mi DNI con bastante mofa.

—Hay que joderse —masculló la tía buena —. Desde que en los deneís se eliminaron las profesiones, nos quedamos con cara de gilipollas por saber a qué se dedicaban los interfectos que encontramos por la calle.

—No proteste, Ferragut. Aunque fuese así, en ese documento nunca diría “Traficante” o “Choro del altos vuelos”, sino abogado, o periodista o empleado de banca, ¿no le parece? Le he dado la filiación para que vaya echando hostias a comprobar al ordenador central si tenemos algo de este tipo, no para que conjeture nada. Y algo debemos tener, porque a la gente  decente no se la van cargando por ahí de un solo tiro en el entrecejo, como a este chicharro.

Pero no. No había nada. El madero se equivocaba. ¿No lo iba a saber yo?, pensé mientras me pasaba por encima el furgón de la funeraria que llegó por detrás de mí, lo que me dejó patidifuso. Aún no había tenido tiempo de asimilar la idea de que era de verdad un fantasma y de que ya nada podría volverme a matar.

—¿No ha llegao el juez todavía? —preguntó acto seguido el tipo que se bajó del furgón— hay que joderse, qué vida se pegan los muy putos—terminó su procaz aseveración, mientras encendía un pitillo, provocando un gesto de disgusto en el madero, por el humo y por la conversación.

Debo decir que mi estado emocional, aparte de la natural confusión inicial de aquellos primeros momentos de evanescencia corporal, rayaba en el Nirvana. Por ejemplo, no me importaba lo más mínimo estar muerto.  No tendría que morirme ya otra vez, que es algo que nos preocupa a todos en esencia, aunque no pensemos mucho en ello;  no tendría que preocuparme por cosas tan prosaicas como comer, amar, dudar, sentir irrefrenables picores sexuales o, lo que era más importante, trabajar para ganarme el pan con el sudor de mi frente. ¡Joder, es un chollo estar muerto!, pensé. Y además descubrí, con emoción incontenible, que podía volar. Bueno, no exactamente eso, sino más bien levitar o, para ser más exactos, teletransportarme. La primera vez sucedió casi de forma repentina e inconsciente. Sencillamente, mi cuerpo respondió al deseo de trasladarme al otro lado de la calle para tener una perspectiva más objetiva del lugar del crimen —del que yo era víctima— de manera cuasi automática. De súbito, me vi levitando por encima de las cabezas del madero, del bonito culo de la inspectora Ferragut, del empleado de la funeraria y de los bigotes de otro personaje que acababa de unírseles y que se identificó como secretario del juzgado de guardia. Cuando aterricé al otro lado de la calle, junto a unos curiosos que se afanaban en contemplar mi cadáver, llegaba la juez para levantarlo, lo que hizo que el de la funeraria compusiese un gesto de no disimulada alegría.

—No, jefe. El interfecto está limpio —vino diciendo en ese momento la inspectora Ferragut corriendo a toda pastilla desde el radiopatrulla—, pero tengo una buena noticia: era detective privado.

¿Lo ven?, como yo decía. Limpio. Limpio sólo a efectos de historiales policiales, desde luego.

Quizá sea mejor que les comience a explicar, ahora que la inspectora Ferragut me ha reventado la exclusiva, y mientras espero  que me destinen al infierno —he de decir que no creo que sea al otro sitio a donde me puedan trasladar—, el porqué se llegó a la situación en que un tipo decidió meterme un tiro entre los ojos, y las muchas y variadas aventuras que me han ocurrido formando ya parte de este mundo fantasmal, gaseoso, sin ser un pedo, en el que me encuentro. Pero eso será, si es que no se han aburrido ya de mis cuitas y se atreven con mi siguiente comunicación desde el otro mundo.

Pedro Avilés (C) 2012
Ilustraciones Victor Pintado (C) 2012

12 Comments

  1. Novela negra paranormal?? Ummm, interesante combinación! Buen comienzo! Ánimo y que los vampiros acechantes de mirada melosa respeten tu espacio y tu tiempo. ¡Sigue!

  2. Sí zeñó, negra y paranormal. Aunque ni el mismo prota, que es un descreido, se termne de creer nada 🙂 Continuaré! Gracias por tu coment.

  3. Mola. Es de lo mejor que te he leído, Pedro. La foto de la pipa la usé yo como portadilla de Fauces, je, je. Novela negra fantasmal… Buen giro.

  4. Pues muchas gracias, Diego. En cuanto a la foto, qué le vamos a hacer…. No es más para que la lectura sea un poco más fácil.

  5. Oye, Pedro, tío, esto está muy bien. Y lo de la Novela Negra paranormal, mola, lo mismo te inventas un género. Sinceramente, me he divertido leyéndolo. Te quedaría por resolver cómo puede contar tu personaje la historia si está muerto, pero por lo demás, me ha gustado. Un abrazo.

  6. Querido Paco, esa cuestión, la de cómo puede contar la historia el prota si está muerto, ya tiene solución, pero claro, habrá que leer la novela por entregas :). Muchas gracias por tu comentario.

  7. Bueno, ¿y ahora qué? Tenemos fiambre, polis, chica guapa y detective y un narrador atípico. Tengo curiosidad por ver cómo desarrollas la trama desde su perspectiva. ¡Adelante!

  8. Yo también quiero que sigas¡¡¡ jajajaja..Genial¡¡¡ Un beso.

  9. Excelente,Pedro. Te animo a seguir y esperó la siguiente entrega.

  10. Venga Pedro, sigue que parece que pinta muy bien. No conocía tu blog, la imagen de la cabecera es preciosa.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *