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Kehina

Kehina

(Un cuento de escritores)

Me dije: no podría soportar que esto no hubiese sucedido. Y me dije: pero podría igualmente no haber sucedido y ahora sería el mismo estúpido feliz que era antes de sentirme tan pleno, tan al borde del precipicio de la aventura. La aventura. Sólo una semana por delante. Tenía treinta y tres años menos que yo. Pero eso a ella no pareció importarle.

El apartamento que alquilé no tenía lavadora, pero el arrendador, un griego más interesado por los 300 euros que le pagaba al mes, que por mis problemas económicos, aseguró que podría usar la del piso de arriba, de dos habitaciones,  que aún no tenia  inquilinos en aquél momento.

—Si lo alquilo, yo avisaré de que usted tiene derecho a la lavadora —dijo adelantándose a la pregunta que le iba a hacer y ofreciéndome una copia de la llave del estudio y otra del piso de arriba. Pero no cumplió su palabra, como está estipulado que los caseros no cumplan su palabra.

Como sabía eso, cogí la costumbre de llamar a  la puerta del piso de arriba antes de meter la llave para usar la lavadora. Lo hacía cada viernes, día de mi colada, para evitar sorpresas. Al viernes siguiente descubrí que una jovencita lo había ocupado. Sobre la lavadora reposaban unas bragas usadas de niña joven. El bajo vientre me dio un vuelco y no tuve dudas: olisqueé con vehemencia sus flujos secos con aroma de mujer. Terminé masturbándome sentado en el borde de la bañera con aquellas bragas pegadas a la nariz.

El viernes de la semana siguiente ella estaba en el piso cuando llamé para recoger mi ropa. ¿Quién es usted?, preguntó viéndome con el barreño de plástico a la puerta. Yo no debía ofrecer el mejor aspecto, pero estaba dispuesto a hacerme valer.

—Verá —esbocé una absurda explicación sin mucha gana—…, alquilé el apartamento de abajo con la condición de poder usar…

—Vale, vale, pase —dijo sin más, ahorrándome el esfuerzo.

Cuando salí de su cuarto de baño con el barreño con la ropa recién lavada, le di las gracias y le tendí la mano.

—¿Desde cuándo vive usted en Atenas? Sólo llevo una semana en la ciudad. ¿Podría darme algún consejo? —preguntó.

—Tres meses. Tener cuidado, especialmente en el Metro. Hay muchos robos cuando los descuideros perciben a un extranjero.

—Me encantaría que usted me enseñase algo de la ciudad. No conozco a nadie.

—Eh, Ummm…, —volví a balbucir, porque su voz era tan joven como ella.

—¿Eso es que sí?

—Claro.

—¿Quiere tomar un café?

—Antes tengo que… —indiqué con la vista el barreño con mi ropa recién lavada.

—No se preocupe —contestó quitándomelo de las manos y colocándolo en el suelo de la cocina— Ahora mismo preparo el café— añadió dándose la vuelta. Pero no la dejé. La tomé por los hombros, la giré con suavidad y la besé sin más preámbulos. Esperé el bofetón de justicia. Pero acabamos con los últimos espasmos sobre el suelo, junto al barreño de la ropa, después de que me hubiese ceñido con fuerza de atleta la cintura con sus muslos, aupada sobre la encimera donde la había penetrado con una pasión que hacía años creía perdida. Tanta, que sentí miedo.

—¿Cómo se llama? —preguntó al acabar.

—Adiós— contesté. Me subí la cremallera del pantalón, recogí el barreño con la ropa y bajé a tenderla a mi pequeño apartamento.

Aquella noche en el hotel donde trabajaba discutí con un cliente que llegó borracho a las cinco de la madrugada. Si el tipo hubiese sido un poco discreto no le habría obligado a que la puta que lo llevó, la “Zri Finge”, pagase el peaje de la habitación. Me dejó tumbado tras el mostrador de formica de la recepción con sabor a sangre en la boca.

Confieso que al día siguiente me sorprendió verla ahí plantada en la puerta de mi estudio. Me había hecho a la idea de que no nos volveríamos a ver.

—Quiero que me lleve a lugares secretos de Atenas.

—Pasa.

—Su estudio me gusta más que mi piso.

—Pero el tuyo tiene lavadora.

Pasé al interior y me acurruqué sobre la cama del apartamento. Encendí un cigarrillo. La observé con detenimiento. Era muy bonita. Ummm. Con esa falda más, si cabe.

Se sentó a mi lado en la cama. Me miró con intensidad. Alcé la mano y le acaricié el cuello. Gimió, pero no bajó la mirada, firme, serena, escrutando qué había detrás de la mía. Bajé la mano hacia su camisa y la fui desabotonando poco a poco. No había nada que decir. Acaricié sus pechos. Eran como gorriones tímidos calentitos. Después la besé y metí la otra mano debajo de su falda. Tenía las bragas mojadas. Follamos como salvajes.

—Creo que usted esconde un gran dolor —dijo cuando acabamos.

Los días de aquella semana se fueron consumiendo uno tras otro como un ciquitraque. Y con ella nuestros encuentros diarios. El último día confesó que me amaba. Le contesté que no había lugar para nuestro amor. ¡Dígame su nombre, dígame a qué se dedica! suplicó con vehemencia.

—El amor es algo que dura hasta que el otro te dice que sí.

Cuando sacó la pistola no me impresionó demasiado. Hasta con los papeles perdidos estaba bonita. Oí el disparo.

El País/Agencias/6/2011

Muerte de novela negra en Atenas

El conocido escritor de novela negra Alberto Moravista, fue encontrado  muerto ayer en un apartamento de Atenas con un disparo en la frente. Moravista se había trasladado a la capital helena hace tres meses para documentarse en la que hubiese sido su décima novela. Para ello aceptó un trabajo en la recepción de un hotel de mala nota en la zona de Larissa, un barrio obrero y de inmigración hindú. Como consecuencia de estos hechos ha sido detenida una joven estudiante francesa de procedencia argelina de 22 años cuya identidad no ha sido facilitada. La joven cursaba una beca Erasmus de Historia del Arte en la capital griega desde hacía una semana.

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