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Las tres últimas

Mis impresiones, como lector, sobre mis últimas tres lecturas desde el 24 de febrero pasado:

En primer lugar, La muerte de Amalia Sacerdote, de  Andrea Camilleri. El viejo maestro creador del personaje Montalbano, el comisario italiano, cuyo nombre entresacó de la admiración que sentía por nuestro Manuel Vázquez Montalban, ha dado en el clavo.  Acabo de leer la novelita porque le han concedido el premio RBA de novela negra y, tengo que estar de acuerdo en que es una novelita de premio, aún sin saber qué otras buenas obras, seguro que algunas mucho mejores, han quedado aparcadas por el jurado.  Vale la pena su lectura

En segundo lugar El juego del ángel, de Ruíz Zafón. Bien por Ruíz Zafón. No defrauda, aunque en esta novela el ritmo decaiga y sea un tanto previsible su desarrollo y su final.

Y en tercer lugar, El Observatorio, (The Overlook, título original) de Michael Connelly. Que conste que es la primera novela de Conelly que he leído. He tenido la sensación de que estaba escrita por un negro. Seguro que me equivoco.  Simple como el mecanismo de un chupete. La simpleza en la escritura de una novela suele ser un mérito si la trama nos engancha y nos mantiene la atención. Pero es previsible, como la última parte de la novela de Zafón que he citado pero, claro, no hay color entre la una y la otra. La de Zafón está bien escrita.

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“Gomorra” y “Las mariposas sobre la tumba”

No creáis que no leo. Leo y mucho. El último libro que he leído ha sido “Gomorra” del periodista italiano Roberto Saviano. He tardado en leerlo casi dos meses porque he empleado el tiempo en volar en mi simulador de vuelo gracias al nuevo ordenador Dell que hemos adquirido en casa. Para escribir, perfecto, para “volar”, magnífico. Es decir que la tardanda en leer Gomorra no ha sido otra cosa que mi atención ha estado sujeta por lo dicho.

“Gomorra” está bien escrita. Pero no es otra cosa que una crónica sobre la Camorra napolitana, la tierra de donde él procede. En principio, el sabor de boca que me ha dejado, ha sido que  no me apetece visitar Italia. La sensación que el libro de Saviano deja, es que está podrida de  norte a sur, que está infecta. Y no es sólo una forma de hablar. Infecta de desechos industriales metidos en compost para la tierra en que los agricultores plantan patatas, tomates, pimientos, nacidos ya envenenados.

 La segunda sensación que me ha causado, muy fuerte además, es recordarme bastante a los protagonistas de “Las Mariposas sobre la tumba“, mi primera novela. En ella también se habla de mafia, aunque sea de mafia irlandesa y en España. En el fondo, todas las mafias, están relacionadas. Más aún en el mundo global que habitamos hoy día.

Recomiendo a todos la lectura de Gomorra.

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La princesa de hielo: dolor de muelas

Siempre he sostenido que escribir una novela, aunque sea una mala novela, tiene su mérito. Pero creo que la última que acabo de leer escapa a esta categoría con creces. La princesa de hielo, de una tal Camila Läckberg, una escritora sueca que se ha querido pegar a la moda de lo policial con el pretexto de escribir un Chick Lit de baja intensidad, es una auténtica porquería, así, sin más. De policial no tiene más que el nombre y la pretensión, y de Chick lit de baja esfofa, todo lo demas.

Una costumbre, idea más bien, que sostengo con brío desde mi época de lector en la niñez hasta ahora, es que para opinar sobre una novela, sobre un libro, hay que leer todas sus páginas desde principio a fin. Con La Princesa de hielo también lo he hecho, por supuesto, pero en ella, excepción es excepción, me he visto obligado a leer algunas de esas páginas en diagonal. Lo mejor de la lectura de La Princesa de hielo, ha sido, como cuando he tenido que ir al dentista con dolor de muelas, acabar.

No sé si la culpa es sólo de la autora, de la edición de la editorial original de su obra, de la edición de la actual editora en España (Maeva), o de una traducción deficiente. Puede que todo a la vez, pero La princesa de hielo está mal pergeñada, mal construida y con todo el andamiaje expuesto al viento. A la autora se le nota a la legua su intención de intentar impresionar al lector. Impresióname, sí, pero que no se te note.  Inútil empeño en este caso. La autora destroza su propia pretensión convirtiéndola en un erial de cosas previsibles para el lector en un ritmo pretendidamente tranquilo, copia de cómo  considera la propia autora que se debía escribir la novela negra británica, de la que he leido por algún sitio que es admiradora, y que finalmente no deja de ser más que eso: una mala copia de algo que no ha entendido en absoluto.

Camila Läckberg utiliza todos los tópicos del género negro, se deja más de la mitad en su tintero por omisión, y los que no, los utiliza mal. En lo técnico propiamente dicho, no tiene ni pajolera idea de cómo funciona la Policía, ni por supuesto la investigación policial (ni siquiera en el pequeño pueblo de Fjälbacka en donde ubica la acción) Nos encontramos así, por poner tan sólo un ejemplo, mezclado en una prosa simplista superada en calidad con creces por Marcial la Fuente Estefanía o por Corín Tellado, con que el policía protagonista descuelga el cadáver de un ahorcado simplemente porque hiere su sensibilidad. Imagino las lindezas que después le dirían los de la Científica, que en Suecia también existen, pero la autora lo omite, claro.  

Otra de las tonterías que contiene la novela, un ejemplo nada más entre otros muchos, son frases tópicas en situaciónes completamente prosaicas de esas del estilo de, mantuvieron un tenso silencio durante varios minutos antes de hablar. Durante varios minutos. Ahí es nada. Un tópico. Si alguien quiere hacer una práctica, que experimente con su segundero aguantar sin hablar, no ya varios minutos, sino tan sólo un par con un par de amigos enfrente. Esto no es más que un ejemplo. Luego tenemos la historia familiar de una escritora amiga de una asesinada, a través de la cual le vemos el pelo a la autora, todas sus confusiones mentales, y sus dudas existenciales (el andamiaje), y que al lector avezado se la trae floja, como vulgarmente se suele decir. Sinceramente, tener que leer la cuitas personales de una chica, o chico, en su diario pajomental, es algo que siempre me ha producido urticaria.

Los diálogos son insoportables y, al igual que el texto general, se han visto alargados hasta la saciedad, como si la autora pensara que cuanto más larga la novela, más calidad tendría, lo que es un engaño al lector.  Se equivoca, claro. Le ha faltado pasarle el detector de mierda que Hemingway decía que todo escritor que se precie debe tener siempre en perfecto estado de revista.

Lo que me asombra es que la edición que tengo en mis manos (afortunadamente por poco tiempo, ya que irá a parar a esa parte de mi biblioteca dedicada a la basura) va ya por su 14ª edición. Ya les vale.

¿Quién, cómo, al margen de la literatura, le da a gentes como Camila Läckberg  este marchamo de autoras de éxito? Sinceramente, no tengo ni la menor idea.

Normalmente tardo en leer una novela una semana, diez días a lo máximo. Leer La Princesa de hielo, me ha llevado más de un mes. Y eso gracias a que esta mañana, como cuando uno se toma una medicina muy amarga sin pensarlo, me he engullido sus últimas cuarenta páginas al tirón para acabarla. Y esto tan sólo para poder opinar con todas las de la ley sobre esta novela cuya lectura me ha hecho replantearme ese principio de no opinar de una obra escrita hasta que no la he leído al completo.

 

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Qué he leído últimamente

Bueno…, lo cierto es que no he sido perezoso a la hora de leer. Nunca lo soy. La pereza no entra en esa parte de mi vida que es ser lector compulsivo. Pero sí lo he sido a la hora de contar por aquí cuáles han sido mis últimas lecturas. De modo que, como el trabajo se me ha acumulado, contaré en este post, las cuatro  últimas novelas leídas desde la útima que cité aquí y que lo fue en julio pasado.

La primera fue una relectura: “Odessa“, del inefable Frederick Forsyth. Bien por la relectura.

La segunda fue “Tamburas“, del autor alemán Karlheinz Grosser en la edición de 1967 de círculo de lectores. Confieso que también es una relectura de esta novela histórica que cuentas las aventuras y desventuras de Tamburas, un joven ateniense que vive en la época en que reinaba Pisístrato. Hice aquella primera lectura cuando tenía quince años. En aquél momento me hizo amar la Historia aún más. Confieso que tenía ciertas reticencias ahora; no se encaja una novela lo mismo a los quince años que a los cincuenta y dos.  Perdí ese ejemplar en uno de mis inumerables cambio de domicilio.  Gracias a mi hermano Fernando, que encontró la misma edición del Círculo de Lectores en la RED y me la regaló de nuevo, he podido hincarle de nuevo el diente. No me ha defraudado.

La tercera ha sido “Chiquita“, del autor cubano Orlando Rodríguez. “Chiquita” es Premio Alfaguara de novela 2008. Y, sinceramente, aún a pesar de las reticencias que los premios de novela puedan levantar, creo que este es un premio merecido. Orlando Rodríguez sabe del oficio de escribir. Narra la historia de Espiridiona Cenda, un personaje pequeñito en tamaño, grande en voluntad, que existió realmente en Cuba a finales del siglo XIX y principios del XX y que realmente vivió en la imaginación del autor, que ha sabido transmitir toda una pléyade de sensaciones en una novela de 518 páginas. Una delicia. Aconsejo su lectura.

La cuarta, es “Los hombres que no amaban a las mujeres” del autor sueco tristemente fallecido Stieg Larsson. Esta es la primera novela de la trilogía “Millenium”, que terminó de escribir el autor sueco justo cuando le sorprendió la muerte a los cincuenta años. También una delicia de lectura. No es fácil escribir 665 páginas de una novela que nos mantenga la atención constante. Aún mantengo el infausto recuerdo de otra novela de casi las mismas páginas de una autora española novel que se cree la muerte y se cree también escritora de novela negra. De hecho la han invitado a la recién estrenada Semana negra de Getafe, como si tal fuese. Aunque la mona se vista de seda…, ya sabemos. Pero es lo que tiene publicar en una editorial de pro y haber sido también trabajadora de la misma editorial. Qué le vamos a hacer.

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Pólvora negra

Acabo de terminar de leer hoy Pólvora negra, del escritor Montero Glez. Habitualmente no tardo tanto en leer una novela.

Ta sólo puedo apuntar lo siguiente de su lectura:

Muy bien escrita desde el punto de vista de la forma.

Es como el aliento de un perro enfermo, como el plomo de los ojos del teniente Beltrán y tan confusa e imprecisa como la mente de los anarquistas descritos en sus páginas pero, repito, muy bien escrita. Tan sólo eso.

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Los crímenes de Oxford

Los crimenes de Oxford, sí. Acabo de terminarlo. Bueno, no ha estado mal. Ya había leído La muerte lenta de Luciana B, una novela del mismo autor, el argentino Guillermo Martínez, matemático y escritor de novela negra. Su estilo sobrio me gusta. Nada de alharacas. Y la sensación que me ha dejado esta última novela, al igual que la primera, es algo entre lo onírico y lo tópico. Lo onírico porque la literatura de Guillermo Martínez tiene la particularidad de adentrarnos en el mundo interno de sus protagonistas haciéndonos vislumbrar a través de ellos una sinfonía interiorista del Ser que no se hace nunca pesada al lector. El argumento de la novela es lo que me ha parecido un poco tópico; creado casi como para el guión de la película que Alex de la Iglesia ha hecho de ella. No he visto la película. Y sólo la veré cuando alguna vez la pasen por la tele y eso si ambos coincidimos en momento y lugar. Pero no es mucho riesgo el decir que seguro que el libro está mejor. Seguro.  Aconsejo la lectura SIEMPRE ante de ver ninguna película de cualquier libro. Primero el libro. Después…, qué más da.

Ahora estoy enfrascado ya en la lectura de “Pólvora negra” del autor español Montero Glez. Ya les contaré.

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Episodios nacionales. El 19 de Marzo y el 2 de Mayo de 1808, de Pérez Galdós

Sí. Acabo de releer esta obra de la serie de Los episodios nacionales de Benito Pérez Galdós. La primera vez que la leí debía tener catorce años. Me ha gustado de ella que Galdós me introdujese en el ambiente madrileño de los hechos acontecidos en marzo y mayo de 1808; el motín de Aranjuez en marzo y el levantamiento de cierta parte del pueblo en Madrid el 2 de Mayo.

Como lector inveterado y compulsivo que soy, he notado alguna carencia en la narración. En primer lugar, algunos hechos importantes de la novela quedan desligados de la correlación de hechos original y se vuelven a explicar más tarde de forma improvisada.

Un ejemplo claro es cuando Gabriel de Araceli, el joven protagonista, se reencuentra con su amada Inés en la casa de Madrid en la que la tienen presa sus tios. Este reencuentro, que el lector espera encontrar narrado con altas dosis de emoción, nunca llega a producirse, ya sea por omisión de su autor o, por lo que yo interpreto como una manifestación cultural del machismo reinante en la época en que se escribió el tal episodio, 1875. El caso es que, en general, el personaje de Inés queda deslavazado y sin fuerza, como si fuese nada más que una muñeca colocada allí para gusto del argumento siendo, como debería de ser, uno de los personajes esenciales de la pequeña novela.

La narración ofrece otra carencia cuando, ya en Madrid, Gabriel se reencuentra en su casa con Don Celestino, el sacerdote tutor de Inés que la había entregado en Aranjuez a los tíos que después serían sus carceleros. El autor explica, a toro pasado, de forma que parece también una total improvisación en el desarrollo de la narración, que si el cura citado había acudido al también citado domicilio, era porque Gabriel le había enviado una carta previamente. El momento de esa comunicación por carta explicando la difícil situación de Inés, debía haber sido resuelta muchas páginas atrás.

Tengo la sensación, no deja de ser un cálculo no sé si equivocado o no que me hago, de que el autor no releyó el texto y lo corrigió debidamente para inspirarle ese ritmo necesario e imprescindible que toda narración debe tener.
 

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Vida de este capitán Alonso de Contreras

Una auténtica joya de la narración pura. Ni un adjetivo. La vida de un soldado español del siglo XVII contada por él mismo, allá cuando ya rondaba sus buenos cincuenta años de edad y se veía necesitado de expresar sus vivencias, las de un bravo del siglo XVII. Con esa narración, el paradigma de la sencillez estilística, sin ninguna alharaca, es capaz de encender la imaginación del lector. No entiendo como es capaz de contar por escrito tantas y tan variadas vivencias sin utilizar apenas palabras. Eso es lo que se debe admirar de un escritor; no su verborrea ni su preciosismo por el preciosismo.
La narración de Alonso de Contreras, ese levente mata turcos, que buscó pendencia al tiempo que justicia para sí, que asoló la tierra del moro en busca de riqueza y para honor de Su Soberana Majestad, Caballero de Malta, nos tenían por hombres sin alma, dice,  nos lleva a percibir el perfume del salitre mezclado con el olor a agujas de pino en las islas griegas del riñón de Turquía en las que puso el pie, ya sea para cargar agua, defender a la cristiandad o para huir de un matrimonio regalado por los mismos padres y familia de la novia a los que nuestro capitán rescató un páter ortodoxo de las garras del turco.
Aconsejo la lectura de este libro a cualquier amante de la literatura del siglo de oro. El libro ha sido perfectamente editado por  Reino de Redonda, un acto heroico de Julián Marías, y tiene un interesante prólogo de Arturo Pérez Reverte y mantiene un excelente estudio por parte de José Ortega y Gasset publicado en la edición que se hizo de la obra en 1943.