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Hola, soy un fantasma (4)

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Primero de nada me veo en la obligación de explicarles en detalle la mecánica por la que  consigo contactar con ustedes desde el más allá y el porqué de tal obligación.

Como fantasma pronto descubrí dos cosas: uno, que los ángeles existen y dos, que los fantasmas también nos asustamos. Lo primero se lo paso a explicar a continuación. Lo segundo, también.

Dos días después de encontrarme en mi nuevo estado gaseoso estaba sentado en el banco de un parque a dónde las mamás llevan a sus niños a los columpios. Era una costumbre que había tomado durante muchas de las largas esperas que tuve que hacer como detective. No hay visión más reconfortante que los traseros de estas señoras en posturas imposibles cuando se afanan en que sus vástagos mantengan intactos los dientes al deslizarse cabeza abajo en los toboganes. No digamos nada si las susodichas mamás usan falda. Bien, dirán que soy un pervertido y un mirón. Sí, también. Ahora tengo una ventaja considerable sobre todos ustedes. Estaba en esas, como digo, cuando un tipo rubio, alto, de ojos azules y vestido con un traje blanco de cuello alto ribeteado en oro y pantalones campana tipo Elvis se sentó a mi lado. En principio no le hice el menor caso. A los fantasmas ya no nos impresionan los frikies. Mi experiencia como ente del más allá durante las últimas veinticuatro horas me enseñó que nadie puede ver a los fantasmas. Pero cuál no sería mi sorpresa cuando aquél dechado de belleza hortera me agarró amigablemente del antebrazo.

—Interesante ¿eh? —dijo sin quitar ojo a los traseros de las señoras en los toboganes.

—¡Coño! —di un respingo.

—Siempre pasa la primera vez.

—¿El qué?

—Que los fantasmas se asusten.

—¿Y tú quién coño eres? —le pregunté todavía cabreado por el sobresalto.

—Tu ángel de la guarda.

Una cosa es estar muerto y tener conciencia de ello, que ya es bastante traumático en cierto sentido, y otra muy distinta que te destrocen todos los esquemas y seguridades que habías dado como buenas estando en vida. La última vez que había echado mano del concepto “ángel de la guarda”, tenía cinco años y mi tía, a mi lado, me hacía arrodillarme a los pies de la cama mientras me dictaba aquello de lo de la dulce compañía y que no me desamparase ni de noche ni de día pues sin él me perdería y toda esa mierda.

—Demuéstramelo —dije sabiendo que, llegados a ese punto, seguro que me lo iba a demostrar.

—¡Shimmmm Shalabimmmm. Shimmmm  Shalabammmm, ahora maravillas verás! —dijo adoptando una inflexión de voz teatral de espectáculo barato de mago de circo de tercera fila.

—Sí, ya. ¿Y?

—Mira delante de tus narices, fantasma de poca fe.

Si los fantasmas tuviésemos sangre y alguien me hubiese pinchado –por ejemplo el hortera sentado a mi lado identificado como mi ángel de la guarda, que por el momento parecía ser el único con capacidad para tocarme- no habría soltado ni una gota. Allí, en los columpios, el grupo de madres continuaban en su afán de impedir que sus nenes se dejasen los dientes en la arena ¡completamente desnudas!

—¿Eh? —dijo con una sonrisa bobalicona autosuficiente.

Intenté contestar, pero solo balbucí una frase inconexa. Después de un pestañeo mi atención volvió al espectáculo de los toboganes, pero las mamás ya estaban vestidas otra vez. Miré a mi interlocutor con una súplica en la mirada.

—No hay más —dijo muy sobrado de sí mismo—. Pero esto es algo que tú podrás hacer en cuanto que practiques un poco, jé jé jé jé —añadió en un tono angelical y picarón mientras hacía ondular con un movimiento muy femenino la capita de Elvis que le cubría los hombros.

Coño, ¿gay además de ángel? ¡Todos los esquemas, todos, a tomar por culo.

—Ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares ni…

—Basta, basta, ya está bien, corta esa monserga —dijo impidiendo que continuase con la oración que mi tía me enseñó en la infancia y con la que  intentaba impresionar y caerle bien a mi ángel de la guarda porque, tengo que confesarlo, aquella manifestación de su magia angelical me había impresionado de verdad—. No es necesario que reces ni que hagas ninguna gilipollez similar. Ni que pienses si soy gay y todo ese rollo humano. La cosa es más simple. Los ángeles somos una manifestación superior de lo que queda de los humanos que se lo merecen cuando la palman —dijo—. Si me preguntas si Dios existe y todas esas pajas mentales que atenazan a los mortales, no te sé decir. Quizá los dioses seamos nosotros, porque la verdad, vivir como un ángel tiene sus ventajas…, y te sientes como dios. Puede que tú también lo seas algún día. Yo no lo sé, eso depende del jefe.

—¿Dios?

—¡Joder!, ¿qué te acabo de decir, eres tonto o qué?

—Ehhh…

—También aquí hay categorías, la más inferior de las cuales, todo hay que decirlo, la componéis tú y los otros fantasmas. Pero bueno, dejémonos de tonterías, que tengo algo de prisa. Si estoy aquí es porque tengo que pedirte un favor.

Lo cierto es que después de lo que me había ocurrido durante las últimas veinticuatro en mi existencia, como humano y como fantasma, ya había pocas cosas me pudiesen impresionar. Ni siquiera que mi ángel de la guarda se me presentara en un parque vestido de Elvis para pedirme un favor.

—Venga, dispara —dije como si todo fuese normal.

—Quiero que escribas tu investigación de ultratumba para averiguar quién coño te envió a este mundo. Ni siquiera los ángeles podemos saber esas cosas y además no nos interesan las cuestiones morales, pero es que tengo que hacerle un favor a un colega al que un humano le está dando la brasa todo el tiempo para que le eche un cable.

Antes mentí: mi capacidad de sorpresa, todo hay que decirlo, seguía intacta después de aquella petición.

—Pe…, pe…, pero…

—Se trata de un escritor. Es un tarambana y un tonto del haba, que dice que es escéptico y todo ese discurso de los intelectuales humanos, pero que no para de darle la barrila a este colega mío, su ángel de la guarda, con el rollo de que le convierta en un escritor famoso y de éxito. Mi colega me ha pedido el favor, yo te lo pido a ti. Tienes que ponerte en contacto con el escritor y pasarle la crónica semanal de lo que averigües sobre quien mandó matarte y el rollo ese de tu vida.

—Pero…

—Ná. No te preocupes.  Estas facultades te habrían llegado después de un año como fantasma, pero con otro Shimmmm Shalabimmmm. Shimmmm  Shalabammmm, eso sí, acabado en “ahora maravillas harás”, te ahorro el trabajo de todo un año para aprender a utilizar tus facultades fantasmales y te doto con un montón de cualidades nuevas de las que puedes hacer uso en cuanto que yo…

—¡Espera, espera! —rogué, porque todo aquello empezaba a desbordarme. Todo en vano.

—!Shimmmm Shalabimmmm. Shimmmm  Shalabammmm, ahora maravillas harás! —gritó igual de teatrero que la vez anterior mi ángel de la guarda.

—¿Y ahora qué? —pregunté. Pero, de repente, el banco estaba vacío.

—¡Joder! —dije. Y luego de un rato, estando un poco mohíno, volví mi atención sobre las señoras y sus niños— Shimmmm Shalabimmmm. Shimmmm  Shalabammmm, ahora desnudas os quedaréis —mascullé también teatralmente. Pero nada. Entre las cualidades de que me había dotado mi ángel de la guarda, no estaba la de poder desnudar al personal. O yo no había sabido utilizarla.

Me quedé pensativo sentado en aquél banco del parque y me quedo pensando ahora que tendría que haberles contado también, en esta tercera crónica de mi devenir, cómo fue mi entrevista en el Café Gijón con Matilde Sonsoles de Carvajal y Lucientes, la mujer del presidente del Banco Industrial de Santander y Guipúzcoa pero se me ha ido el tiempo y el espacio. Luego entonces, todo lo cual se lo narraré en la quinta entrega. Porque, además de lo dicho, también tendré que contarles el cómo me puse en contacto con el escritor en concreto al que le estoy ya pasando semanalmente estas crónicas y el susto que le di al encargarle que vaya publicando en su blog todas mis cuitas. Todavía me estoy descojonando.

Pedro Avilés (C) 2012
Ilustraciones Victor Pintado (C) 2012

 

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Hola, soy un fantasma (1)

Hola, soy un fantasma. No. No uno de esos que se tiran el rollo delante de la gente, uno de los que podemos decir, con total propiedad, que son aprendices de todo y maestros de nada, de aquellos que cacarean ufanos entre su círculo de amigotes que se tiraron a la secretaria buenaza del jefe en un fin de semana romántico de Parador, cuando en realidad pasan sus horas de asueto sexual pelándosela, como titi histérico en zoológico,  pegado a la mejor página web pornográfica de su carpeta de favoritos. No. No soy de esos, aunque no puedo descartar que alguien de mi  círculo de conocidos me llamase  así a mis espaldas cuando estaba vivo.

Soy un fantasma de verdad. Ya sé que esto parece un contrasentido, y lo sería, si no  fuese porque es tan real como la miserable existencia que llevé en vida. Porque la idea de fantasma, de ente remanente de persona vivita y coleando que se piensa a sí mismo tras su probada defunción, resulta absurda…, o lo resultaba de manera inequívoca para alguien como yo, pobre imbécil materialista pegado al cientifismo radical hasta el límite de sostener con virulenta saña ante magos, videntes, mercachifles echa cartas,  magufos, brujos de medio pelo y fauna similar, que todo lo que la ciencia no puede demostrar no existe. Pues no. Aunque ellos no lo sepan, ni lo puedan saber, yo estaba equivocado. Ni la ciencia, ni esa tribu variopinta, pueden demostrar que exista algo después de la muerte. Yo sí. Lo supe de modo científico —menuda paradoja—, entre una hora y dos, más o menos, después de que aquél tipo me hubiese puesto el cañón de su pistola entre ceja y ceja y hubiese apretado el gatillo dándome pasaporte.

¿Por qué asevero con tanta seguridad que fue entre una hora y dos después cuando tuve conciencia plena de que era un ente fantasmal? Fácil. Había abierto los ojos, vamos, no los ojos tal como los conocemos, sino los de la conciencia, supongo, cuando un tipo gordo con bigote y una  chaqueta a cuadros, que olía a sebo de forma insoportable —los fantasmas no hemos perdido la capacidad olfativa —hurgaba con sus manos enguantadas de látex en el bolsillo interior de mi chaqueta en busca de mi documentación. Aquél tipo no podía ser más que madero. Sé que los de Homicidios suelen acudir al lugar del crimen más o menos entre una hora y dos después de haberse producido un delito, dependiendo del lugar en que se encuentre el occiso.

—¡Eh, oiga, qué hace, que estoy vivo! —fue mi primera reacción tras despertar de aquella guisa para descubrir también que,  al igual que los fantasmas no hemos perdido la capacidad olfativa, sí que hemos perdido la de comunicarnos con los demás de viva voz, lo que me hizo intuir en ese momento que, una de dos, o estaba afónico…, o muerto.

Como no estaba afónico, sino lo otro, es de comprender que aquella nueva situación me produjese una gran desazón hasta justo el momento en que entró en mi cerebro, nítido, como un caballo desbocado en una tienda de Porcelanosa, el recuerdo del tipo con la pistola en mi entrecejo y el sonido de la detonación en mi última décima de segundo de vida. No había duda de que tras un suceso como el descrito uno debe estar más que muerto. Pero por si este recuerdo era engañoso, como lo son casi todos los recuerdos, lo que terminó por confirmar mi estado gaseoso fue el hecho de haberme levantado del asfalto de aquella calle sacudiéndome el polvo para comprobar con estupor que mis despojos seguían siendo mancillados por aquél tipo y por una tía buenísima que se le acababa de unir en el empeño y que se inclinaba en cuclillas sobre mi cadáver, dejando entrever buena parte de la rabadilla de un culo de cine embutido en unos estrechos vaqueros de talle bajo que mostraban, también a las claras, el arranque de puntillitas de unas bragas color azul metálico bastante tentador.

—Ramiro Cardenal Llopis. Natural de Santa Pola, Alicante. Treinta y seis años residente en Calle del Besugo 35, 5º 2. ¿Cómo coño puede nadie vivir en una Calle del Besugo? —dijo el gordo leyendo mi DNI con bastante mofa.

—Hay que joderse —masculló la tía buena —. Desde que en los deneís se eliminaron las profesiones, nos quedamos con cara de gilipollas por saber a qué se dedicaban los interfectos que encontramos por la calle.

—No proteste, Ferragut. Aunque fuese así, en ese documento nunca diría “Traficante” o “Choro del altos vuelos”, sino abogado, o periodista o empleado de banca, ¿no le parece? Le he dado la filiación para que vaya echando hostias a comprobar al ordenador central si tenemos algo de este tipo, no para que conjeture nada. Y algo debemos tener, porque a la gente  decente no se la van cargando por ahí de un solo tiro en el entrecejo, como a este chicharro.

Pero no. No había nada. El madero se equivocaba. ¿No lo iba a saber yo?, pensé mientras me pasaba por encima el furgón de la funeraria que llegó por detrás de mí, lo que me dejó patidifuso. Aún no había tenido tiempo de asimilar la idea de que era de verdad un fantasma y de que ya nada podría volverme a matar.

—¿No ha llegao el juez todavía? —preguntó acto seguido el tipo que se bajó del furgón— hay que joderse, qué vida se pegan los muy putos—terminó su procaz aseveración, mientras encendía un pitillo, provocando un gesto de disgusto en el madero, por el humo y por la conversación.

Debo decir que mi estado emocional, aparte de la natural confusión inicial de aquellos primeros momentos de evanescencia corporal, rayaba en el Nirvana. Por ejemplo, no me importaba lo más mínimo estar muerto.  No tendría que morirme ya otra vez, que es algo que nos preocupa a todos en esencia, aunque no pensemos mucho en ello;  no tendría que preocuparme por cosas tan prosaicas como comer, amar, dudar, sentir irrefrenables picores sexuales o, lo que era más importante, trabajar para ganarme el pan con el sudor de mi frente. ¡Joder, es un chollo estar muerto!, pensé. Y además descubrí, con emoción incontenible, que podía volar. Bueno, no exactamente eso, sino más bien levitar o, para ser más exactos, teletransportarme. La primera vez sucedió casi de forma repentina e inconsciente. Sencillamente, mi cuerpo respondió al deseo de trasladarme al otro lado de la calle para tener una perspectiva más objetiva del lugar del crimen —del que yo era víctima— de manera cuasi automática. De súbito, me vi levitando por encima de las cabezas del madero, del bonito culo de la inspectora Ferragut, del empleado de la funeraria y de los bigotes de otro personaje que acababa de unírseles y que se identificó como secretario del juzgado de guardia. Cuando aterricé al otro lado de la calle, junto a unos curiosos que se afanaban en contemplar mi cadáver, llegaba la juez para levantarlo, lo que hizo que el de la funeraria compusiese un gesto de no disimulada alegría.

—No, jefe. El interfecto está limpio —vino diciendo en ese momento la inspectora Ferragut corriendo a toda pastilla desde el radiopatrulla—, pero tengo una buena noticia: era detective privado.

¿Lo ven?, como yo decía. Limpio. Limpio sólo a efectos de historiales policiales, desde luego.

Quizá sea mejor que les comience a explicar, ahora que la inspectora Ferragut me ha reventado la exclusiva, y mientras espero  que me destinen al infierno —he de decir que no creo que sea al otro sitio a donde me puedan trasladar—, el porqué se llegó a la situación en que un tipo decidió meterme un tiro entre los ojos, y las muchas y variadas aventuras que me han ocurrido formando ya parte de este mundo fantasmal, gaseoso, sin ser un pedo, en el que me encuentro. Pero eso será, si es que no se han aburrido ya de mis cuitas y se atreven con mi siguiente comunicación desde el otro mundo.

Pedro Avilés (C) 2012
Ilustraciones Victor Pintado (C) 2012

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Mata al presidente, para abrir boca

Lee su primer capítulo.  Te garantizo que te va a enganchar.

En más o menos tres o cuatro semanas, publicaré a través de la editorial Bubok “Mata al presidente“, una novela interactiva en la que quien decide el final es el lector. Se trata de la actualización de una novela que tenía ya perfilada en 1985 y que ahora he rehecho completamente. Una novela diseñada como un juego, basándome en la denominadaba hiperficción. ¿Qué es? Sencillo: la novela tiene 21 finales diferentes y en tan sólo uno el lector consigue llegar a la conclusión deseada.  Por no andarme más por las ramas, lo mejor es es que reseñe la sinopsis:

Rodolfo Barea es un periodista español que trabaja para la CIA y que, tras años como “durmiente”, recibe instrucciones de la organización para participar en una operación de gran calado que revertirá el resultado de las últimas elecciones generales celebradas en España.

Su sorpresa inicial se verá incrementada cuando su contacto le cuente el cometido que se le ha asignado: matar al presidente del Gobierno antes de que retire las tropas de Kirguizistán.

Mata al presidente” es una novela repleta de suspense en la que decidirás qué pasos debe seguir el agente secreto para lograr su objetivo. Según las decisiones que tomes, Barea alcanzará el éxito… o caerá en el más estrepitoso de los fracasos.

Diseñada como un puzle infernal, “Mata al presidente” proporciona al lector horas y horas de divertimento y emoción, ya que de los 21 finales propuestos tan sólo uno culmina con el triunfo de la misión.

Todo un reto. Y, aviso para navegantes, “Mata al presidente” también contiene una  ácida crítica  al mundo laboral del periodismo, un terreno que  conozco bien.

Mata al presidente” se podrá comprar online y ser recibida a domicilio con total comodidad desde Bubok, la propia editorial. 

Como veréis, a “Mata el presidente” le he abierto un blog para ella solita. Creo que se lo merece.

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El whisky del muerto
(Déjame que acaricie tu culo con mi barba)

 

Podéis leer el comienzo del Whisky del muerto aquí

Sinopsis

Dos de los más conocidos periodistas del corazón del panorama televisivo español aparecen brutalmente asesinados en extrañas circunstancias en Palma de Mallorca y Málaga, respectivamente.

Mario Candil, un reportero free lance especializado en tribunales y sucesos, es encargado de hacer un reportaje sobre los macabros crímenes  por Gente Magazine, la revista para la que colabora habitualmente.

Candil, un tipo completamente desencantado del periodismo, se enterará muy pronto de que el asesino no ha tenido suficiente con dos muertes. Por su parte, los investigadores policiales descubren, perplejos, que se enfrentan a un asesino en serie de periodistas del corazón y se toparán en sus pesquisas con una dificultad añadida: una lista casi interminable de sospechosos.

Mientras, el colectivo de periodistas del corazón se siente amenazado y los medios de comunicación para los que trabajan comienzan a presionar al Ministerio del Interior para que detenga al asesino lo más pronto posible.

Las gestiones de Candil le conducen al tempestuoso, competitivo y espurio mundo del periodismo del corazón, en donde prima la consecución de audiencia y contratos publicitarios a costa de cualquier principio moral o periodístico.

En una carrera desenfrenada en pos del asesino, el periodista descubre no sólo que siente una especial empatía con él, sino también su verdadera identidad y los motivos últimos que le han impulsado a cometer los crímenes.

El whisky del muerto entrelaza tres esferas distintas: por una parte, la vida del asesino; por otra, el trabajo del periodista para conocer sus motivaciones y dar con él y, por último, las gestiones de la Policía para detenerle, todo ello enmarcado en una sociedad que se tambalea ahíta de estupidez.

Mi pequeña explicación sobre la génesis de esta novela

 

Una tarde de marzo de 2007, no me preguntéis por qué, porque no suelo ver mucha televisión, estaba “zapeando” en busca de no sé qué, cuando el dedo imprudente me dejó en uno de esos programas del corazón de una de las cadenas generalistas del panorama nacional. Alguien hablaba por teléfono con esos ínclitos que se llaman a sí mismos periodistas. Los ínclitos “periodistas” estaban crucificando a quien fuera que estuviese al otro lado del teléfono. Pronto me di cuenta de que esa persona era una persona normal, con un oficio normal, con una vida normal, con unos problemas normales como todos tenemos en nuestra vida, alguien de vida anónima, como la de todos,  y que estaba siendo masacrado literalmente por la verborrea barata y contumaz de los populares “contertulios” de turno esa tarde. Todos ellos eran sobradamente conocidos por la audiencia. Recuerdo que apreté el botón de apagado de la tele con rabia, como si hubiese sido el gatillo de una pistola. Y me sorprendí a mí mismo mascullando con bastante rabia un si yo fuera este pobre, me cargaría a esa panda de capullos.  Dicho y hecho. Un año y medio después, aquí está  El whisky del muerto como prueba de mi crimen.

 

Segunda novela de la saga

El whisky del muerto continúa la saga que el periodista de sucesos Mario Candil inició en Las mariposas sobre la tumba. El argumento de El whisky del muerto tiene que ver con la denominada prensa del corazón, asesinatos y un final sorprendente. Este final sorprendente tiene mucho que ver con los conceptos éticos y morales del propio Candil a quien, cada vez que se va haciendo mayor, le atenazan más todos los fantasmas del nihilismo. Ese nihilismo podría muy bien ser confundido  por los moralistas de las iglesias cristianas y de la derecha más recalcitrante, que aún queda, con el relativismo moral que tanto denostan. Resulta curioso comprobar que las sociedades más conservadoras del mundo islámico, también coinciden en esa crítica de nuestro mundo lleno de dudas, pero como dice Candil al final de la novela, Ubi dubium ibi libertas, donde hay duda hay libertad.

Pero no debo equivocar al futuro lector. Candil sí es un hombre de principios, claro, aunque él no lo sepa. Es la ventaja que tengo yo sobre él. No todo iban a ser ventajas suyas sobre mí. Que se joda 😉

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“Las mariposas sobre la tumba”, para 2009

La editorial que se ha puesto en contacto conmigo me dice que publicaría Las mariposas sobre la tumba para comienzos de 2009. Estos son los plazos normales. De todos modos aún estoy a la espera de formalizar la relación con ella. Hasta que no haya firma, no hay nada seguro.

Las editoriales cierran sus programaciones anuales con muchísima antelación. Ya les hablaré más adelante de qué editorial se trata. Es duro para un novelista tener que esperar tanto tiempo a que su primer niño vea la luz. Hasta ese momento, Las mariposas sobre la tumba, sigue siendo eso, mi niño. Pero estoy deseando que transcurra ese tiempo. Sólo cuando esté en sus manos, la novela será lo que debe ser y pertenecerá a todos ustedes, nunca más a mí. Porque en una novela hay tantas aventuras como lectores tenga. Tantos rincones, como lectores tenga. Se hará mayor y madura conforme ustedes, lectores, la alimenten. Será convertirá así,  lo hace cada novela, a imagen y semejanza de ustedes y dejará de ser mía.

El parto de una novela primeriza es largo. Comencé a concebir Las mariposas sobre la tumba en el verano de 2006. En marzo de 2007 ya la estaba acabando. Nueve meses, qué casualidad, de gestación creativa. Pero sólo casualidad. Desde ese momento en que comencé a teclear sus primeras páginas hasta comienzos de 2009, fecha de su publicación, habrán pasado casi tres años.

En la actualidad estoy acabando ya la segunda novela en la que el reportero de sucesos Mario Candil, el protagonista de la primera, anda inmerso en la elaboración de otro reportaje en el que investiga los asesinatos en serie de varias personas de una determinada corporación profesional. En esta segunda novela ya llevo un año de trabajo y aún no la he acabado, pero no le falta mucho. No debo adelantar más detalles aún. Estoy seguro de que esta segunda novela tendrá bastante aceptación por parte de ustedes.  Sólo decir que estoy entusiasmado también con este nuevo trabajo.

Hablar de los reportajes de Candil es hablar de sus investigaciones. Mario Candil investiga porque el hacer un reportaje se le queda corto. Siempre va más allá del reportaje,  como esa estúpida subdirectora de Gente Magazine le dice a Candil. Hoy en día,  ir más allá del reportaje, deja condenado al reportaje a la oscuridad del cajón del redactor jefe de cualquier medio. Pero Candil no va más allá de cada reportaje para publicarlo. Candil suele publicar en los reportajes tan sólo los tópicos de la noticia, que es lo único que se pemite en el periodismo hoy en día. Va más allá siguiendo una imperiosa necesidad personal muy íntima, una necesidad entre filosófica y bastante prosaica: sigue siendo un tipo curioso, pero no sabe aún cuanto tiempo aún podrá seguir siéndolo.  Candil hace reportajes porque tiene que ganarse la vida. E investiga porque aún mantiene la curiosodad por los porqués.  Pero Candil está cansado del periodismo. Lo ha amado hasta la saciedad, pero es un amor que agoniza. Y no ha sido él el responsable de esta agonía.