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Hola, soy un fantasma (4)

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Primero de nada me veo en la obligación de explicarles en detalle la mecánica por la que  consigo contactar con ustedes desde el más allá y el porqué de tal obligación.

Como fantasma pronto descubrí dos cosas: uno, que los ángeles existen y dos, que los fantasmas también nos asustamos. Lo primero se lo paso a explicar a continuación. Lo segundo, también.

Dos días después de encontrarme en mi nuevo estado gaseoso estaba sentado en el banco de un parque a dónde las mamás llevan a sus niños a los columpios. Era una costumbre que había tomado durante muchas de las largas esperas que tuve que hacer como detective. No hay visión más reconfortante que los traseros de estas señoras en posturas imposibles cuando se afanan en que sus vástagos mantengan intactos los dientes al deslizarse cabeza abajo en los toboganes. No digamos nada si las susodichas mamás usan falda. Bien, dirán que soy un pervertido y un mirón. Sí, también. Ahora tengo una ventaja considerable sobre todos ustedes. Estaba en esas, como digo, cuando un tipo rubio, alto, de ojos azules y vestido con un traje blanco de cuello alto ribeteado en oro y pantalones campana tipo Elvis se sentó a mi lado. En principio no le hice el menor caso. A los fantasmas ya no nos impresionan los frikies. Mi experiencia como ente del más allá durante las últimas veinticuatro horas me enseñó que nadie puede ver a los fantasmas. Pero cuál no sería mi sorpresa cuando aquél dechado de belleza hortera me agarró amigablemente del antebrazo.

—Interesante ¿eh? —dijo sin quitar ojo a los traseros de las señoras en los toboganes.

—¡Coño! —di un respingo.

—Siempre pasa la primera vez.

—¿El qué?

—Que los fantasmas se asusten.

—¿Y tú quién coño eres? —le pregunté todavía cabreado por el sobresalto.

—Tu ángel de la guarda.

Una cosa es estar muerto y tener conciencia de ello, que ya es bastante traumático en cierto sentido, y otra muy distinta que te destrocen todos los esquemas y seguridades que habías dado como buenas estando en vida. La última vez que había echado mano del concepto “ángel de la guarda”, tenía cinco años y mi tía, a mi lado, me hacía arrodillarme a los pies de la cama mientras me dictaba aquello de lo de la dulce compañía y que no me desamparase ni de noche ni de día pues sin él me perdería y toda esa mierda.

—Demuéstramelo —dije sabiendo que, llegados a ese punto, seguro que me lo iba a demostrar.

—¡Shimmmm Shalabimmmm. Shimmmm  Shalabammmm, ahora maravillas verás! —dijo adoptando una inflexión de voz teatral de espectáculo barato de mago de circo de tercera fila.

—Sí, ya. ¿Y?

—Mira delante de tus narices, fantasma de poca fe.

Si los fantasmas tuviésemos sangre y alguien me hubiese pinchado –por ejemplo el hortera sentado a mi lado identificado como mi ángel de la guarda, que por el momento parecía ser el único con capacidad para tocarme- no habría soltado ni una gota. Allí, en los columpios, el grupo de madres continuaban en su afán de impedir que sus nenes se dejasen los dientes en la arena ¡completamente desnudas!

—¿Eh? —dijo con una sonrisa bobalicona autosuficiente.

Intenté contestar, pero solo balbucí una frase inconexa. Después de un pestañeo mi atención volvió al espectáculo de los toboganes, pero las mamás ya estaban vestidas otra vez. Miré a mi interlocutor con una súplica en la mirada.

—No hay más —dijo muy sobrado de sí mismo—. Pero esto es algo que tú podrás hacer en cuanto que practiques un poco, jé jé jé jé —añadió en un tono angelical y picarón mientras hacía ondular con un movimiento muy femenino la capita de Elvis que le cubría los hombros.

Coño, ¿gay además de ángel? ¡Todos los esquemas, todos, a tomar por culo.

—Ángel de la guarda, dulce compañía, no me desampares ni…

—Basta, basta, ya está bien, corta esa monserga —dijo impidiendo que continuase con la oración que mi tía me enseñó en la infancia y con la que  intentaba impresionar y caerle bien a mi ángel de la guarda porque, tengo que confesarlo, aquella manifestación de su magia angelical me había impresionado de verdad—. No es necesario que reces ni que hagas ninguna gilipollez similar. Ni que pienses si soy gay y todo ese rollo humano. La cosa es más simple. Los ángeles somos una manifestación superior de lo que queda de los humanos que se lo merecen cuando la palman —dijo—. Si me preguntas si Dios existe y todas esas pajas mentales que atenazan a los mortales, no te sé decir. Quizá los dioses seamos nosotros, porque la verdad, vivir como un ángel tiene sus ventajas…, y te sientes como dios. Puede que tú también lo seas algún día. Yo no lo sé, eso depende del jefe.

—¿Dios?

—¡Joder!, ¿qué te acabo de decir, eres tonto o qué?

—Ehhh…

—También aquí hay categorías, la más inferior de las cuales, todo hay que decirlo, la componéis tú y los otros fantasmas. Pero bueno, dejémonos de tonterías, que tengo algo de prisa. Si estoy aquí es porque tengo que pedirte un favor.

Lo cierto es que después de lo que me había ocurrido durante las últimas veinticuatro en mi existencia, como humano y como fantasma, ya había pocas cosas me pudiesen impresionar. Ni siquiera que mi ángel de la guarda se me presentara en un parque vestido de Elvis para pedirme un favor.

—Venga, dispara —dije como si todo fuese normal.

—Quiero que escribas tu investigación de ultratumba para averiguar quién coño te envió a este mundo. Ni siquiera los ángeles podemos saber esas cosas y además no nos interesan las cuestiones morales, pero es que tengo que hacerle un favor a un colega al que un humano le está dando la brasa todo el tiempo para que le eche un cable.

Antes mentí: mi capacidad de sorpresa, todo hay que decirlo, seguía intacta después de aquella petición.

—Pe…, pe…, pero…

—Se trata de un escritor. Es un tarambana y un tonto del haba, que dice que es escéptico y todo ese discurso de los intelectuales humanos, pero que no para de darle la barrila a este colega mío, su ángel de la guarda, con el rollo de que le convierta en un escritor famoso y de éxito. Mi colega me ha pedido el favor, yo te lo pido a ti. Tienes que ponerte en contacto con el escritor y pasarle la crónica semanal de lo que averigües sobre quien mandó matarte y el rollo ese de tu vida.

—Pero…

—Ná. No te preocupes.  Estas facultades te habrían llegado después de un año como fantasma, pero con otro Shimmmm Shalabimmmm. Shimmmm  Shalabammmm, eso sí, acabado en “ahora maravillas harás”, te ahorro el trabajo de todo un año para aprender a utilizar tus facultades fantasmales y te doto con un montón de cualidades nuevas de las que puedes hacer uso en cuanto que yo…

—¡Espera, espera! —rogué, porque todo aquello empezaba a desbordarme. Todo en vano.

—!Shimmmm Shalabimmmm. Shimmmm  Shalabammmm, ahora maravillas harás! —gritó igual de teatrero que la vez anterior mi ángel de la guarda.

—¿Y ahora qué? —pregunté. Pero, de repente, el banco estaba vacío.

—¡Joder! —dije. Y luego de un rato, estando un poco mohíno, volví mi atención sobre las señoras y sus niños— Shimmmm Shalabimmmm. Shimmmm  Shalabammmm, ahora desnudas os quedaréis —mascullé también teatralmente. Pero nada. Entre las cualidades de que me había dotado mi ángel de la guarda, no estaba la de poder desnudar al personal. O yo no había sabido utilizarla.

Me quedé pensativo sentado en aquél banco del parque y me quedo pensando ahora que tendría que haberles contado también, en esta tercera crónica de mi devenir, cómo fue mi entrevista en el Café Gijón con Matilde Sonsoles de Carvajal y Lucientes, la mujer del presidente del Banco Industrial de Santander y Guipúzcoa pero se me ha ido el tiempo y el espacio. Luego entonces, todo lo cual se lo narraré en la quinta entrega. Porque, además de lo dicho, también tendré que contarles el cómo me puse en contacto con el escritor en concreto al que le estoy ya pasando semanalmente estas crónicas y el susto que le di al encargarle que vaya publicando en su blog todas mis cuitas. Todavía me estoy descojonando.

Pedro Avilés (C) 2012
Ilustraciones Victor Pintado (C) 2012

 

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Hola, soy un fantasma (3)

3

Ser un fantasma te permite tener, entre muchas otras facultades, una visión global del todo y, lo que es más importante, de sus detalles, por muy nimios que estos puedan parecer.

Purificación. Ese era el nombre de la secretaria de “La minuciosa”. Purificación era un pibón de tía. Pelo rizado negro como la brea, nariz excelsamente formada en línea recta que iba a descender sobre un hoyito suave encima de unos gruesos labios de esos que te están pidiendo que te los comas a la primera oportunidad. Y, además, para qué decir ya más, un cuerpo de una estética insultante en el que destacaba un redondo trasero levantado y robusto como una atalaya mora recién construida. Todos estos detalles vienen a cuento de que fue Purificación quien me dio aquella nota con la cierta displicencia que solía usar conmigo a sabiendas de que, siempre que yo tenía oportunidad, la invitaba a cenar.

—Aquí tienes un sobre a tu nombre y no, no voy a cenar contigo. Sabes que tengo novio.

—Algún día caerás —era lo que yo siempre le decía cuando Purificación sacaba a colación, como un salvavidas que no la iba a salvar de nada, a su novio Ulpiano. Ulpiano era un tipo bien parecido, todo hay que decirlo; se preparaba en una academia para ser miembro destacado de la Policía Nacional de los que pegan las hostias a los manifestantes en las manis. Por eso empleaba más horas en cultivar los muchos y variados músculos de su fornido cuerpazo que los de su cerebro. Nunca llegaría a ser comisario, pero sí que sería toda una sensación como buldog del Gobierno.

—Que haces ahí parado mirándome como un estúpido. Ya te he dicho que tengo novio.

¡Ah, sí, la nota!

Sentado ya a mi mesa de trabajo, justo frente a la de Purificación –el único despacho privado lo ocupaba Sigfredo Gálvez, el propietario de “La Minuciosa”-, y echando miradas subrepticias cargadas de lascivia bajo la mesa de nuestra adorable secretaria, por si le daba por descruzar sus preciosas extremidades inferiores bajo la escasa minifalda, cosa que me habría permitido entrever el color de la ropa interior a través de su entrepierna, abrí sin mucho énfasis aquél sobre.

Necesito hablar con usted urgentemente. Quiero que investigue los manejos de mi marido. Mi marido es alguien muy importante y muy conocido en nuestro país. Acuda al Café Gijón mañana por la tarde a las seis y le terminaré de reseñar los detalles. Seré yo quien llame su atención.

Maite

Joder, pensé.

—¿Joder, qué? —dijo Purificación, lo que me hizo sospechar que, o yo pensaba en voz alta, o que Purificación disponía de unos poderes similares a los que yo ahora, que estoy bien muerto,  disfruto sin limitación de tiempo o espacio.

—Joder, nada, Purificación.

Me guardé el sobre con la nota en el bolsillo interior de mi americana y luego me bajé a la tasca del Tono a tomarme una ginebrita con hielo y una rodajita de limón.

Allí, con el Tono poniéndome el beborcio y un platillo con panchitos, volví a leer la nota de la tal Maite. Lo cierto es que no había nada que destacar entre líneas, salvo aquella expresión rebuscada del “terminaré de reseñarle los detalles” o el de su gesto conminatorio en el “quiero que investigue”, lo que denotaba que la tal Maite era una mujer de armas tomar. Nunca jamás, en los años que llevaba trabajando en “La minuciosa”, me había topado con algo similar. El caso se presumía interesante y eso, de largo, es algo que difícilmente puede decirse de los cientos de trabajos que había tratado en la agencia en los últimos cuatro años.

—Ponme otra ginebra, Tono. Sin panchitos.

Esos recuerdos míos, sobre todo los de las ginebritas con panchitos que me metía entre pecho y espalda en la tasca del Tono me ponen un tanto melancólico ahora que soy un fiambre. Es decir que a los fantasmas sí nos afecta la melancolía.

He rememorado para ustedes todos estos detalles, para continuar teniendo una referencia de quien fui, y también, es evidente, para meterles en harina de  los detalles de mi muy prematura muerte a manos de un pistolero que, sí, ya les puedo adelantar, tenía que ver con el caso que Matilde Sonsoles de Carvajal y Lucientes -que como todos ustedes habrán ya adivinado, yo me enteré más tarde, no es otra que la esposa del presidente del Banco Industrial de Santander y Guipúzcoa- me vino a plantear al día siguiente en el Café Gijón.

Pero esto es algo que les contaré en mi próxima comunicación desde el más allá. Presumo que si han llegado hasta aquí, también tendrán interés por la siguiente entrega en la que detallaré por fin cual es el mecanismo por el que un fantasma se puede permitir la comunicación con el mundo de los vivos saltándose todos los preceptos de la lógica y la ciencia.

Pedro Avilés (C) 2012
Ilustraciones Victor Pintado (C) 2012

 

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Hola, soy un fantasma (2)

No se preocupen. No les voy a aburrir contándoles toda mi vida. Sólo los hitos que la marcaron y que les ayudarán en la comprensión y desentrañado de este, ¿cómo llamarlo?, diario o crónica de ultratumba de mi devenir.

Soy detective privado, tal como les acaba de descubrir la inspectora Ferragut. Mejor dicho, era detective privado. Lo fui desde los veinticinco años hasta los treinta y seis en que…, bueno ya saben.

Había estudiado Derecho en la Complutense de Madrid y había acabado la carrera con veintitrés.  Mi familia no era rica, ni yo tenía madera de emprendedor, de modo que nunca monté bufete propio. Me especialicé en Derecho Penal y trabajé desde los 23 hasta los 25 en dos bufetes de abogados como pasante, sin pena ni gloria, hasta que un día, en el último, uno de los clientes choro de uno de mis jefes me insinuó que estudiase criminología. Mi jefe se me quedó mirando de soslayo con expresión de “ni puto caso”. Pero siempre me he fiado más del criterio de un choro que del de un jefe. Dicho y hecho. Me matriculé en criminología y terminé la diplomatura dos añitos después. Durante el primer curso, un bedel de la Facultad al que no sé cómo le caí tan bien como para que me invitase a todas las copas que fuese capaz de engullir en el bar, y como para estar al tanto de mis intereses por cambiar de ocupación, me informó de que alguien había colocado en el tablón de anuncios una oferta de trabajo de “La minuciosa. Agencia de detectives”. No tardé ni cinco minutos en llamarles por teléfono para concertar una entrevista personal. Fui aceptado sin demasiada minuciosidad, dicho sea de paso, y comencé a trabajar muy pronto para ellos en mi primer caso; vigilar al empleado de una empresa de brókeres que decía estar de baja por haberse roto las dos piernas en una de las pistas de esquí de Saint Moritz. No me fue demasiado difícil desenmascararle. Una semana después de haberse producido su supuesto accidente, me había presentado sin más en las oficinas del médico del seguro que había certificado lo de sus dos piernas rotas. Le acusé, sin anestesia, en nombre de la Policía Científica —el fulano se puso tan nervioso que ni se preguntó qué coño podía pintar la Policía Científica en un caso como aquél— de haber falsificado su informe médico en favor del bróker a cambio de una cantidad de dinero.

—Quinientos euros, pero por favor, no me denuncie. Ha sido la primera vez, me cago en mi suerte—dijo.

Extraje un documento que ya llevaba preparado y le hice firmar la confesión con la promesa por mi parte de que nunca se sabría nada de lo suyo y por la suya de que jamás volvería poner el cazo.  El tipo picó, pero además, para apoyar, saqué la cámara y le tiré una foto de la cara de gilipollas que se le había quedado. Todo eso, más la grabación oculta que había hecho de todo el proceso, sirvió para que el informe que elaboré fuese alabado por el cliente de mi jefe con grandes alharacas. Me largué de la consulta del galeno dejándole allí con los pantalones meados y esa cara suya. Por si todo eso había sido poco, al día siguiente grabé un video del bróker subiendo a un avión que le llevase de vuelta a Saint Moritz, quizá para procurar partirse los dos brazos esta vez, porque las piernas no las llevaba escayoladas. El trabajo estuvo hecho en cuarenta y ocho horas. El propietario de La Minuciosa me puso delante un contrato.

—Es indefinido. Firma —dijo lacónico.

 En la empresa éramos tres, contando con Purificación. Y así fue durante los diez años que permanecí en plantilla. Tres para encargamos de todos los casos que se le presentaban a Sigfredo Gálvez Sanz, el titular de La minuciosa. Agencia de detectives. Y tres, debo decir, contando también con él.

El sueldo no era generoso. Pero aunque lo hubiese sido, también habría puesto en práctica la idea que me vino a la cabeza a raíz de la pregunta que me hice en mi primer trabajo, cuando retrataba subiendo la escalerilla del avión de una low cost al bróker traidor; ¿cuánto me pagaría este capullo a cambio de que ocultase toda la información y los documentos probatorios de su estafa? Chantajista de mierda, dirán ustedes. Sí.

No me extenderé mucho en los detalles sobre aquellos maravillosos años. Baste decir que de cada cinco trabajos fallaba uno, y después uno de cada seis, para pasar a fallar uno de cada ocho, y volver a fallar uno de cada cinco. De este modo sería difícil que Sigfredo Gálvez Sanz  llegase a sospechar mis enjuagues. Fueron diez años que pasaron entre bares cercanos a hoteles de mala muerte en que tíos y tías ponían los cuernos a sus respectivos, bares frente a domicilios de gente víctimas de accidentes laborales, y bares frente a empresas a las que directivos de otras empresas pasaban información sensible. Nunca pasé del espionaje industrial. Estas labores siempre me permitían poner en práctica otra de mis actividades favoritas: beber. Beber largos tragos de ginebra con hielo y limón —nunca con pepino belga, eso es una horterada—. Y tirar un montón de fotos, elaborar un montón de informes que luego iban a parar a los bolsillos de nuestros clientes, y ocultar otros tantos a cambio de, según el caso, 1000, 500, 300, 200, o 100 €. No era mucha pasta, pero me ayudaban a pagar el alquiler.

Aunque no sea necesario extenderme en más detalles sobre aquellos maravillosos años, convendrán conmigo en que sí sería de rigor que les narrase con un poquito más de profundidad el caso que llevó a aquél tipo mal encarado a plantarme la negra bocacha de su pistolón entre mis bonitas cejas y apretar el gatillo sin más preámbulos. Pero eso, queridos mortales, será si estos torpes intentos míos por narrarles los pormenores de mi nuevo estado, no ha matado su curiosidad y se atreven a hincarle el diente a mi tercera comunicación desde el mundo de los muertos hacia el mundo de ustedes, los estúpidos vivos.

Pedro Avilés (C) 2012
Ilustraciones Victor Pintado (C) 2012

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Hola, soy un fantasma (1)

Hola, soy un fantasma. No. No uno de esos que se tiran el rollo delante de la gente, uno de los que podemos decir, con total propiedad, que son aprendices de todo y maestros de nada, de aquellos que cacarean ufanos entre su círculo de amigotes que se tiraron a la secretaria buenaza del jefe en un fin de semana romántico de Parador, cuando en realidad pasan sus horas de asueto sexual pelándosela, como titi histérico en zoológico,  pegado a la mejor página web pornográfica de su carpeta de favoritos. No. No soy de esos, aunque no puedo descartar que alguien de mi  círculo de conocidos me llamase  así a mis espaldas cuando estaba vivo.

Soy un fantasma de verdad. Ya sé que esto parece un contrasentido, y lo sería, si no  fuese porque es tan real como la miserable existencia que llevé en vida. Porque la idea de fantasma, de ente remanente de persona vivita y coleando que se piensa a sí mismo tras su probada defunción, resulta absurda…, o lo resultaba de manera inequívoca para alguien como yo, pobre imbécil materialista pegado al cientifismo radical hasta el límite de sostener con virulenta saña ante magos, videntes, mercachifles echa cartas,  magufos, brujos de medio pelo y fauna similar, que todo lo que la ciencia no puede demostrar no existe. Pues no. Aunque ellos no lo sepan, ni lo puedan saber, yo estaba equivocado. Ni la ciencia, ni esa tribu variopinta, pueden demostrar que exista algo después de la muerte. Yo sí. Lo supe de modo científico —menuda paradoja—, entre una hora y dos, más o menos, después de que aquél tipo me hubiese puesto el cañón de su pistola entre ceja y ceja y hubiese apretado el gatillo dándome pasaporte.

¿Por qué asevero con tanta seguridad que fue entre una hora y dos después cuando tuve conciencia plena de que era un ente fantasmal? Fácil. Había abierto los ojos, vamos, no los ojos tal como los conocemos, sino los de la conciencia, supongo, cuando un tipo gordo con bigote y una  chaqueta a cuadros, que olía a sebo de forma insoportable —los fantasmas no hemos perdido la capacidad olfativa —hurgaba con sus manos enguantadas de látex en el bolsillo interior de mi chaqueta en busca de mi documentación. Aquél tipo no podía ser más que madero. Sé que los de Homicidios suelen acudir al lugar del crimen más o menos entre una hora y dos después de haberse producido un delito, dependiendo del lugar en que se encuentre el occiso.

—¡Eh, oiga, qué hace, que estoy vivo! —fue mi primera reacción tras despertar de aquella guisa para descubrir también que,  al igual que los fantasmas no hemos perdido la capacidad olfativa, sí que hemos perdido la de comunicarnos con los demás de viva voz, lo que me hizo intuir en ese momento que, una de dos, o estaba afónico…, o muerto.

Como no estaba afónico, sino lo otro, es de comprender que aquella nueva situación me produjese una gran desazón hasta justo el momento en que entró en mi cerebro, nítido, como un caballo desbocado en una tienda de Porcelanosa, el recuerdo del tipo con la pistola en mi entrecejo y el sonido de la detonación en mi última décima de segundo de vida. No había duda de que tras un suceso como el descrito uno debe estar más que muerto. Pero por si este recuerdo era engañoso, como lo son casi todos los recuerdos, lo que terminó por confirmar mi estado gaseoso fue el hecho de haberme levantado del asfalto de aquella calle sacudiéndome el polvo para comprobar con estupor que mis despojos seguían siendo mancillados por aquél tipo y por una tía buenísima que se le acababa de unir en el empeño y que se inclinaba en cuclillas sobre mi cadáver, dejando entrever buena parte de la rabadilla de un culo de cine embutido en unos estrechos vaqueros de talle bajo que mostraban, también a las claras, el arranque de puntillitas de unas bragas color azul metálico bastante tentador.

—Ramiro Cardenal Llopis. Natural de Santa Pola, Alicante. Treinta y seis años residente en Calle del Besugo 35, 5º 2. ¿Cómo coño puede nadie vivir en una Calle del Besugo? —dijo el gordo leyendo mi DNI con bastante mofa.

—Hay que joderse —masculló la tía buena —. Desde que en los deneís se eliminaron las profesiones, nos quedamos con cara de gilipollas por saber a qué se dedicaban los interfectos que encontramos por la calle.

—No proteste, Ferragut. Aunque fuese así, en ese documento nunca diría “Traficante” o “Choro del altos vuelos”, sino abogado, o periodista o empleado de banca, ¿no le parece? Le he dado la filiación para que vaya echando hostias a comprobar al ordenador central si tenemos algo de este tipo, no para que conjeture nada. Y algo debemos tener, porque a la gente  decente no se la van cargando por ahí de un solo tiro en el entrecejo, como a este chicharro.

Pero no. No había nada. El madero se equivocaba. ¿No lo iba a saber yo?, pensé mientras me pasaba por encima el furgón de la funeraria que llegó por detrás de mí, lo que me dejó patidifuso. Aún no había tenido tiempo de asimilar la idea de que era de verdad un fantasma y de que ya nada podría volverme a matar.

—¿No ha llegao el juez todavía? —preguntó acto seguido el tipo que se bajó del furgón— hay que joderse, qué vida se pegan los muy putos—terminó su procaz aseveración, mientras encendía un pitillo, provocando un gesto de disgusto en el madero, por el humo y por la conversación.

Debo decir que mi estado emocional, aparte de la natural confusión inicial de aquellos primeros momentos de evanescencia corporal, rayaba en el Nirvana. Por ejemplo, no me importaba lo más mínimo estar muerto.  No tendría que morirme ya otra vez, que es algo que nos preocupa a todos en esencia, aunque no pensemos mucho en ello;  no tendría que preocuparme por cosas tan prosaicas como comer, amar, dudar, sentir irrefrenables picores sexuales o, lo que era más importante, trabajar para ganarme el pan con el sudor de mi frente. ¡Joder, es un chollo estar muerto!, pensé. Y además descubrí, con emoción incontenible, que podía volar. Bueno, no exactamente eso, sino más bien levitar o, para ser más exactos, teletransportarme. La primera vez sucedió casi de forma repentina e inconsciente. Sencillamente, mi cuerpo respondió al deseo de trasladarme al otro lado de la calle para tener una perspectiva más objetiva del lugar del crimen —del que yo era víctima— de manera cuasi automática. De súbito, me vi levitando por encima de las cabezas del madero, del bonito culo de la inspectora Ferragut, del empleado de la funeraria y de los bigotes de otro personaje que acababa de unírseles y que se identificó como secretario del juzgado de guardia. Cuando aterricé al otro lado de la calle, junto a unos curiosos que se afanaban en contemplar mi cadáver, llegaba la juez para levantarlo, lo que hizo que el de la funeraria compusiese un gesto de no disimulada alegría.

—No, jefe. El interfecto está limpio —vino diciendo en ese momento la inspectora Ferragut corriendo a toda pastilla desde el radiopatrulla—, pero tengo una buena noticia: era detective privado.

¿Lo ven?, como yo decía. Limpio. Limpio sólo a efectos de historiales policiales, desde luego.

Quizá sea mejor que les comience a explicar, ahora que la inspectora Ferragut me ha reventado la exclusiva, y mientras espero  que me destinen al infierno —he de decir que no creo que sea al otro sitio a donde me puedan trasladar—, el porqué se llegó a la situación en que un tipo decidió meterme un tiro entre los ojos, y las muchas y variadas aventuras que me han ocurrido formando ya parte de este mundo fantasmal, gaseoso, sin ser un pedo, en el que me encuentro. Pero eso será, si es que no se han aburrido ya de mis cuitas y se atreven con mi siguiente comunicación desde el otro mundo.

Pedro Avilés (C) 2012
Ilustraciones Victor Pintado (C) 2012