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Necesidad

 
Necesidad imperiosa de sentir su delgadez y sus huesos bailar en mi abrazo cuando la acoja en él por primera vez. Ingrávida. Su fragilidad. Como un pastelillo de fresa y nata al que hay que mimar para que no pierda ni su compostura ni su prestancia. Tan tentador que no hay sino que pasarle la lengua con delicadeza para el deleite de todos los sentidos. Y así, al sur de su vientre, encontrar el norte de mi existencia.

Pedro Avilés © 2010

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Llegaré a tí (o el amante)

Tengo que estar allí, ocupando el lugar del que dice que te ama. Tocando, que no acariciando, tocando con delicadeza esas partes con las que te das placer. Yo, el que siempre espera debajo de tu ventana, viendo cómo se apaga la luz de tu dormitorio en la noche y musita un deseo que nunca se cumple. Y lo estaré, si lo tengo que estar, ocupando el lugar de ese tonto. Tarde o temprano. Serán mis manos tibias, no las suyas cargadas de inercia, las que tienten tu intimidad.

Pedro Avilés © 2010

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No va a pasar (un cuentito erótico)

Se dio la vuelta, me miró e intentó despistarme entre los repletos estantes. La seguí de cerca para no perder el rastro de su perfume, que se mezclaba con el aroma del papel de los libros de aquella librería de viejo, y porque tenía la fuerte presunción de que algo iba a ocurrir entre los dos, justo a esa hora absurda. Se detuvo a leer la contraportada de una novela de Balzac. Alguien intentó pasar por detrás de nosotros en el estrecho pasillo que formaban las estanterías. Me apreté contra ella para dejarle pasar. Al sentir contra mi entrepierna las firmes redondeces femeninas a través de su liviana falda, emití un respingo involuntario, como cuando uno entra en una piscina la primera vez en un verano que no ha hecho más que comenzar. Fue apenas un roce, pero era la primera vez que nuestros cuerpos entraban en contacto. Debió sentir lo mismo que yo, porque vi erizarse el suave vello de sus hombros. Volvimos a quedarnos solos, pero permanecí en aquella posición, muy pegado a ella, un contacto casi imperceptible, imantado, que no deseaba abandonar nunca. Aquella erección. Sabía que ella no protestaría. No era cosa de chiquillos. La idea de que pudiese disfrutar de su primera infidelidad me estimuló aún más. Así que el roce se fue haciendo más intenso mientras continuaba leyendo la contraportada del libro de espaldas a mí, como si no pasase nada. Me embriagué con la miel que emanaba de la parte posterior de su cuello de cisne atacado por mi convulsa respiración. El contacto se hizo más intenso, aun apenas perceptible, y ella volvió su carita hacia mí sin llegarse a dar la vuelta enteramente.Me atacó un intenso bocado en el hueco del estómago, como cuando se tiene mucha hambre, y tuve que contener el mismo gemido que sentí que ella sí exhalaba con aliento quemado de pasión contra mi boca entreabierta. Me clavó la mirada con sus ojos verde grises. Me temblaron las piernas. Y así estuvimos unos segundos que podían haber sido minutos largos. En silencio. Al borde.

Su mirada se llenó de preguntas que no queríamos contestar. Nuestros labios contactaron un ápice, eléctricos, y nos besamos; un roce apenas de las bocas entreabiertas, de la punta de una lengua contra la otra, mientras continuábamos aumentado la intensidad de los también discretos movimientos de nuestras caderas. Cuando el tono había subido a los límites del placer secreto que obnubila los sentidos, tuve la pírrica sensación de que aquello iba a acabar de un momento a otro.

— No va a pasar —se adelantó ella aún temblando como una hoja de otoño a punto de caer de su peciolo.
— Si tuviera que irme; ¿te acordarías de mí?—dije.
— No va a pasar —repitió.
— No va a pasar —convine yo.

Pedro Avilés ©

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Susurros de amor

El tipo iba cantando a pleno pulmón por la calle y no eran ni las nueve de la mañana. Una vieja gorrilla de visera y un abultado macuto de fieltro, junto con una barba cerrada y crecida hasta cubrir sus mejillas con descuido, mostraban a las claras la estampa de un fracasado. A pleno pulmón. Me quedé allí parado, viéndole pasar.

–Se llama Ernesto, Ernesto Arangüena. Mi nieto me contó que lo que va cantando a todas horas se titula algo así como Todo está lleno de amor.

El dato, venido no sabía de dónde, me sacó de estos pensamientos y del pasmo que me había causado la visión de aquel personaje.

–Vive ahí cerca, en el 53 de la calle de los Trigales, en el bajo B exterior –completó la información la voz cuando me di la vuelta y pude comprobar que no provenía del más allá, sino de un venerable jubilado que iba a reunirse con los que ya se solazaban junto a la valla protectora de las obras del nuevo centro de salud que estaban construyendo en el barrio.

–Ya –mascullé, y me dispuse a continuar mi camino, que tenía que hacerme un análisis de sangre esa mañana a las nueve y media en el centro de salud viejo.

–Está así desde lo de la Kenwood KM 262 Prospero –añadió el anciano.

Miré el reloj del campanario de la parroquia. Quería salir a escape. Pero no moví ni un músculo. El jodido abuelo había atrapado mi curiosidad y me había clavado sobre la acera en espera de su historia.
–¿Conoce usted la tienda de electrodomésticos La Chispa Eléctrica?

Puse cara de póquer.

–Es de mi hijo. No se preocupe, no le voy a entretener demasiado, que parece usted un joven muy atareado, así que iré al grano: Ernesto Arangüena había sido pasante en un prestigioso bufete de abogados de Madrid y perdió su empleo, su mujer y sus amigos después de lo de la Kenwood KM 262 Prospero.

Me crucé de brazos ya completamente rendido a escuchar lo que aquel buen hombre tuviese a bien contarme.

–Un día, Arangüena entró en La Chispa Eléctrica en busca de uno de esos aparatos que lo cocinan todo.

–La Kenwood…

-KM 262 Prospero –terminó de describir el abuelete–. Mi hijo Alberto, ¿le había dicho que se llama Alberto?, le terminó vendiendo una a Arangüena. Casi doscientos eurazos del ala. Días más tarde, Arangüena volvió por la tienda para decir lo contento que estaba con la compra. Contó que los guisos que hacía podían compararse con los mejores de Casa Eustaquio. ¿Conoce usted las comidas de Casa Eustaquio? No, ya veo que es usted nuevo en el barrio. El caso es que a partir de aquel día Arangüena visitaba cada mañana la tienda de mi hijo con la misma cantinela; lo encantado que estaba con la maquinita cocinera. Hasta ahí todo habría sido relativamente normal de no ser porque un día…

El abuelo paró en seco su narración, metió la mano en el bolsillo de la chaqueta, extrajo un paquete de picadura de tabaco y un librillo de papel de fumar, lió un cigarrote gordo y húmedo como un animal extinto, se lo llevó a la boca, lo encendió con harto aparato de humo y chispas y le metió una profunda chupada.

–De no ser porque un día –prosiguió por fin– le contó a mi hijo que había descubierto que la Kenwood KM 262 Prospero contaba entre sus funcionalidades con una que no aparecía en el manual y que no era otra sino que la máquina tenía la capacidad de susurrar. Algo ciertamente extraordinario, convendrá usted conmigo. No ponga usted esa cara. Mi Alberto también pensó que Arangüena le estaba tomando el pelo o que tenía su mañana graciosa, pero no. Hablaba completamente en serio. Así que mi chaval le preguntó a Arangüena con bastante coña que qué era lo que la maquinita le susurraba. Arangüena se puso muy circunspecto. Parecía que no le importaba que le tomasen por loco. ¿Qué cree usted que contó Arangüena que la maquinita le susurraba?

Como yo no estaba dispuesto a hacer públicas mis creencias a esas horas de la mañana, el viejo dio por fin la respuesta:

–Palabras de amor.

–¿Palabras de amor? –me vi abocado a preguntar en el mismo tono de rechifla que el hijo tendero del abuelo debió emplear con el tal Arangüena.

–De amor, sí. Se lo dijo más serio que un funeral Ernesto Arangüena a mi Alberto. Cuando le pidió que le explicase con más detalle qué tipo de palabras de amor le susurraba la Kenwood, el muy chalado le contestó que palabras de amor sencillas y tiernas, como en la canción; palabras del estilo de “si me dejas te haré el hombre más feliz del mundo” y “si me sintiera correspondida no sé lo que haría por ti”.

–Luego entonces –señalé–, la Kenwood KM 262 Prospero es mujer.

–Claro está. No se ría usted, que la cosa es seria. Arangüena regresó cada mañana y durante dos meses a la tienda de mi Alberto para contarle las nuevas palabras de amor que la máquina le iba susurrando y urgiéndole a contactar con el fabricante original para que le remitiesen el librito de instrucciones actualizado. Parece que por internet no había conseguido averiguar nada más sobre las misteriosas nuevas facultades de la amorosa maquinita. Al final, Arangüena dejó de acudir a La Chispa Eléctrica, cansado ya de los desplantes de mi hijo, que cuando le veía venir se refugiaba en la trastienda dejando al frente del negocio al aprendiz. Pero mi Alberto aún recuerda muchas de las palabras de amor que Arangüena le contó que le susurraba la Kenwood: Que si tengo que hacerte el hombre más feliz del mundo; que si comparado con lo que las geishas hacen a sus señores, mis caricias te harán gozar infinitamente más; que si te haré un hombre poderoso y estaré siempre a tu lado; que si nunca nadie te habrá hecho ni te hará el amor como yo… En fin, palabras dulces y halagos de mujer que, como le digo, terminaron por hacerle perder su trabajo, sus amigos, su esposa, de quién decía que no le quería como la Kenwood, y, finalmente, el sentido común. Y así, loco de remate por su amor, es como usted lo ha visto hace un rato cantando a pleno pulmón una canción de esas raras que hablan de cosas tecnológicas.

Cuando el abuelo me tenía completamente embelesado con su narración, carraspeó sonoramente un par de veces, cambió repentinamente de discurso –como si hubiese sido yo el que le hubiese importunado a él y no al revés–, se excusó de mala manera conmigo y fue a reunirse sin más explicaciones con los otros jubilados que le esperaban en la orilla de las obras. Me dejó allí como un pasmarote muerto de curiosidad.

–Adiós, hombre –le dije, pero ya no podía oírme.

Confieso que, a pesar de mi proverbial escepticismo, aquella anécdota me había dejado un tanto trastocado, quizá porque aún –por lo del análisis de sangre– no había tomado mi ración de cafeína matinal. La historia y la situación habían sido tan surrealistas como lo más surrealista que hubiese oído o experimentado hasta el momento en toda mi vida, incluyendo la absurda sensación de coitus interruptus narrativo que el viejo me había provocado. Vagué despistado por el barrio antes de dirigirme al centro de salud antiguo. Y así, sin saber aun cómo, me encontré de repente ante el número 53 de la calle de los Trigales. La ventana y la persiana del bajo B exterior estaban entreabiertas. Miré a un lado y a otro y luego metí las narices en el oscuro interior de la casa. No se oía nada y aún se veía menos. Me sentí avergonzado y pensé que era un imbécil por ser tan cotilla. Continué caminando sin rumbo fijo hasta que fui a toparme, también de pura casualidad, con La Chispa Eléctrica. Entré.

–Buenos días.

–Buenos días –respondió el que supuse era Alberto, el hijo del abuelo cebolleta–. ¿En qué puedo servirle?

–Estoy interesado en un robot de cocina.

–Ahora mismo le traigo nuestro catálogo especializado.

–No se moleste. Sáqueme la Kenwood KM 262 Prospero. No me importa lo que cueste. Me la llevo puesta.

(C) Copyright Pedro Avilés 2009